Capítulo 18: La ciudad no perdona

2419 Palabras
Helena El bus olía a gasolina, plástico caliente y desinfectante barato. No era la primera vez que viajaba a ese pueblo, pero sí la primera vez que lo hacía con el estómago tan atado en nudos que ni siquiera pude mirar por la ventana para distraerme. Tenía las manos entrelazadas sobre la falda, apretando fuerte el rosario que me había quedado de él. No era por fe. Era por la maldita costumbre de tener algo para sujetar que no fuera mi propia culpa. Llevaba también una bolsa pequeña con flores envueltas en papel de diario. No eran las más lindas del mercado, pero sí las que a él le gustaban. El bus dio un salto en un bache y casi se me resbaló una de las flores. —Perdón —murmuré al ramo, como una tonta nerviosa. El pueblo, que era más grande que el mío, se fue levantando frente a mí: edificios grises, tiendas, carteles, coches que no sabían lo que era frenar. El ruido fue subiendo de volumen a medida que nos acercábamos. Esa era la diferencia, allá el silencio era sospechoso, aquí directamente no existía. Bajé en la terminal de autobuses con el corazón acelerado y la sensación ridícula de que todo el mundo podía verme. No por quién era… sino por lo que venía a hacer. «Enterrado en su pueblo natal. Rectoría San Miguel. 14 de noviembre.» La dirección seguía grabada en mi mente… y en mi pecho. Caminé hasta la parroquia como alguien que sigue un mapa que ya conoce de memoria pero pretende olvidar. San Miguel estaba exactamente igual que la primera vez que lo vi: fachada vieja, pintura descascarada, un campanario que parecía cansado de llamar a gente que ya no escuchaba. En el patio lateral estaba la entrada al pequeño cementerio parroquial. Empujé la reja que chilló como si se quejara, como si nadie hubiera pasado por allí en siglos. El aire adentro estaba frío, quieto. Cada paso sonaba demasiado fuerte sobre la grava. Encontré la lápida donde la dirección indicaba. "ANDREI IVANOV Fiel servidor hasta el final.” La primera vez que leí esa frase casi vomité. «Hasta el final» Me arrodillé frente a la piedra, dejando las flores a un lado, sin saber por dónde empezar. Había ensayado qué iba a decir, pero no conté con que el cuerpo decidera que lo mejor era guardar silencio. —Hola —dije al final, sintiéndome ridícula. El viento se llevó la palabra como si no quisiera cargar con ella. Toqué el borde de la lápida con la punta de los dedos. Estaba fría, firme, real. No como los recuerdos, que todavía se sentían… blandos. —Hoy hace un año —continué, con la voz baja—. Y sigo sin saber si darte las gracias o culparte por lo que dejaste atrás. Me senté sobre los talones. El frío de la tierra se me filtró por las rodillas. —Supongo que eso ya no importa —dije—. El caso es que no llegaste. La imagen de la iglesia vacía volvió como un golpe. Los bancos, el altar, el padre Claudius mirándome con lástima y reproche. Mi sí anclado en un dedo con un anillo que dejó de tener sentido en cuanto el reloj pasó la medianoche. —No llegaste… y yo construí una vida entera alrededor de esa ausencia —susurré. Pasé el pulgar por encima del nombre grabado. Andrei. Mi sacerdote. Mi pecado. —Pensé que me habías abandonado —admití, porque nunca se lo había dicho en voz alta, ni siquiera cuando oraba en su nombre—. Que elegiste quedarte. Que fui yo la que te pedía demasiado. Tragué saliva, dejando escapar un par de lágrimas rebeldes. Apenas llegué a casa me enteré que Andrei había muerto esa misma noche, camino a encontrarse conmigo. Una historia perfecta para dejarme con dos cosas: culpa y un vacío. —No me mentiste —murmuré—. Eso es lo peor de todo. Que no fallaste tú… pero igual me quedé sola. Sonreí sin humor. —Y ahora tengo un impostor usando tu sotana, tu lugar. —Sentí la rabia subirme por la garganta—. Ni siquiera se parece al padre Aleksandr verdadero, ¿sabes? Ese de la foto que encontré en el despacho. El recuerdo de la carta se me cruzó por la mente. La cara del verdadero Aleksandr: mayor, cansado, digno. Y luego el otro… el que llenaba la iglesia con su presencia, no con sus sermones. El que me miraba como si yo fuera un área de estudio, una amenaza, una tentación… todo al mismo tiempo. —No sé quién es —admití, casi en un suspiro—, pero sé que no es sacerdote. Y no sé qué me asusta más: que sea un criminal o que… —me callé. «O que me guste esa parte de él.» Apreté los dientes. —Por lo menos tú, Andrei, no llevabas máscara —seguí—. Eras lo que decías ser. No tenías doble vida. No jugabas con nadie. Me incliné un poco más sobre la lápida. —No te preocupes. No voy a olvidar tu nombre —prometí. Me sorprendió mi propia voz—. Solo… necesito saber quién es. Qué quiere. Y si está ahí por casualidad… o por mí. Porque cuando me mira, lo siento demasiado personal. El viento se levantó un poco, moviendo las flores. —Vine a despedirme —susurré—. A decirte que lo que tuvimos… se queda aquí. Con tu nombre grabado en mi corazón. Pero no puedo seguir viviendo pegada a una sombra mientras… —me detuve, irritada conmigo misma—. Mientras pasan cosas. Cosas... Como la mano de ese hombre demasiado cerca de mi cuello, su respiración en mi oído, su voz diciéndome que estaba cansada o que ciertas cosas me afectarían más de la cuenta. Me puse de pie despacio porque las piernas se me habían dormido. —Te traje flores —dije, aunque ya las había dejado—. Son tus favoritas. Me incliné y rocé el borde superior de la lápida con los labios. Una despedida sin gloria, sin palabras grandes, sin finales bonitos. Solo un “ya es suficiente sufrimiento”. —Adiós, Andrei —susurré—. Sé que esto es lo que hubieras querido para mí: no sentir la culpa por tu muerte. Cuando salí del cementerio, el ruido del pueblo me cayó encima como una ola. Coches, pasos, voces superpuestas. Un perro ladrando en alguna parte. Un niño llorando. Una mujer riéndose demasiado fuerte. La ciudad no perdonaba. No daba espacio para lutos prolongados. Te trituraba en movimiento. La rectoría de San Miguel quedaba a la vuelta. Podría haberme ido directamente, fingir que no necesitaba nada más, pero la necesidad de confirmar la identidad del padre nuevo me empujó hacia la puerta, tirando de mí como una cuerda invisible que se cerraba alrededor del pecho. Toqué dos veces antes de que el padre Claudius abriera. Tenía el mismo aspecto de siempre: pelo blanco revuelto, ojos cansados pero vivos, manos manchadas de tinta. —Helena —se sorprendió—. No esperaba verte hoy. —Hoy es… —empecé. —Lo sé —me interrumpió con suavidad—. Pasa. Entré y nos sentamos en una mesa llenísima de libros abiertos. Él me miró con esa mezcla de afecto y preocupación que solo alguien que vio tu peor día puede sostener sin agachar la vista. —Fuiste al cementerio —afirmó. Asentí. —Tenía que hacerlo. —Me alegra —dijo, y lo decía en serio—. Andrei te quería mucho. El pecho me dolió un poco. —Padre —dije, apretando las manos entre mis rodillas—. Necesito preguntarle algo… sobre el padre Aleksandr. Lo vi fruncir el ceño, confundido. —¿Aleksandr? —repitió. —Sí. —tragué saliva. El rostro del padre Claudius se ablandó. —Ah —asintió con tristeza—. Aleksandr Petrov. Viejo cabezota. Tuvimos nuestras peleas, nuestras charlas eternas… —Sonrió con ternura—. Murió hace… ¿qué? ¿tres años ya? Sí. Un infarto. Estaba muy cansado. Lo extrañamos mucho. Lo dijo con la naturalidad tranquila de quien habla de un amigo de toda la vida, pero solo estaba confirmando mis sospechas. —¿Tiene alguna foto de él…? —seguí—. Creo que alguna vez escuché a Andrei hablar de él... Él asintió despacio. —Sí, creo que debo tener alguna por aquí —se levantó despacio y fue hasta una biblioteca a mi espalda—. Aquí está, justo en la congregación del padre Andrei. Intenté mantener el control de mis manos cuando volvió a mi lado y me entregó la foto. —Entonces… —me aclaré la garganta al mirar la foto. Era la misma foto que había visto en la iglesia, dentro de los documentos—. Esto no puede ser... —¿Qué no puede ser? —preguntó. El mundo se me achicó un poco. ¿Cómo podría el padre actual tener toda esa información? ¿Quién diablos era en realidad? —Esto... —empecé, pero me callé. No podía explicarle todo. El padre Claudius, sin embargo, me observó con esa paciencia celestial que siempre me molestó y me salvó en partes iguales. —¿Pasa algo en tu parroquia, hija? —preguntó—. ¿Con el nuevo sacerdote? Miré mis manos. —Creo… que no. No es nada. —sentencié al fin. Él no indagó más. No dudó de mí. Solo frunció el ceño, serio. —Ten cuidado —dijo—. Sabes que, si hay alguna irregularidad puedo ayudarte... Si estás en peligro... —Gracias —murmuré, levantándome—. No se preocupe… todo está bien. Gracias por su tiempo. La realidad era que ya estaba mejor. Salí de la rectoría con la cabeza llena de ecos. Tenía hambre y un comienzo de dolor de cabeza anunciándose justo encima de la ceja derecha. La cafetería de la esquina me recibió con olor a café fuerte y comida casera. Era pequeña, con mantelitos de plástico y una televisión vieja colgada en una esquina, siempre encendida en algún canal de noticias que nadie miraba. Pedí un plato del día y un café. Me senté cerca de la ventana, observando los titulares en la televisión: economía, política, un incendio en algún barrio de la capital, un partido de fútbol. No estaba prestando atención… hasta que vi una foto. —…la gala anual organizada por el magnate ruso Alexei Dragunov contará con la presencia de empresarios y filántropos de varias partes del mundo. Entre ellos, se rumorea la asistencia del heredero de la familia Markov… No aparté los ojos de la televisión aunque seguí removiendo el azúcar en el café como si no me importara, pero mi pulso empezó a martillear en el cuello. La voz del presentador continuó: —…Gavril Markov, conocido por sus inversiones en Europa del Este y por su… polémica reputación. Mi mano se detuvo. Gavril. La cucharita hizo un pequeño ruido contra la taza cuando la solté. En la foto no estaba con la sotana ni parado frente a un altar. Vestía un traje oscuro, una corbata a juego y una expresión seria. El fondo parecía una alfombra roja o la entrada de algún edificio importante. Había flashes, micrófonos dirigidos hacia él, gente alrededor. Pero el rostro… era el mismo que había tenido a centímetros del mío en el pasillo de la iglesia, la misma mandíbula fuerte, los mismos ojos fríos, la misma forma de imponerse, como si el mundo entero fuera un escenario que ya conocía de memoria. La voz del presentador siguió hablando, pero las palabras se volvieron un murmullo distante. Gavril Markov. No Aleksandr ni mucho menos un sacerdote. Gavril. Markov. —Se le ha vinculado en varias investigaciones, aunque nunca se han presentado cargos formales —decía el periodista—. Su aparición en la gala de Dragunov podría ser la confirmación de una alianza entre ambas familias… La imagen cambió a un panel discutiendo. Pero yo ya no los veía. Volví la vista a mi café, pero las manos me temblaban. No era solo el descubrimiento de que no era sacerdote. Era la bomba de descubrir que era peor de lo que imaginaba. Que no estaba frente a un simple impostor, sino frente a alguien que pertenecía a un mundo del que había escuchado las peores historias: frío, violento, estructurado, capaz de borrar personas como si fueran errores administrativos. Y ese hombre… estaba en mi iglesia. En mi pueblo. Al lado de mis niños… En mi vida. Mi corazón reaccionó de dos formas opuestas y simultáneas: una mitad se encogió, asustada y la otra latió más rápido, atraída sin escuchar razones. Me odié por lo segundo. Llevé la taza a los labios, pero no bebí. Cerré los ojos un segundo. «Gavril» El verdadero nombre detrás de la sotana. Significara lo que significara, una cosa estaba clara: yo no podía volver esa noche al pueblo como si nada. No podía mirarlo a los ojos sabiendo lo que acababa de ver, escuchando a un periodista describirlo como “heredero de una familia peligrosa”, imaginándolo entre trajes, armas, acuerdos que se cierran con sangre y no con firmas. Saqué el teléfono del bolso. Tenía mensajes: Ludmila: “¿Dónde estás?” Emil: “¿Saliste del pueblo?” Adrian: “Avisame cuando llegues”. Respondí solo a Adrian. “Me quedo en la ciudad. Vuelvo mañana.” Tardó segundos en contestar. Adrian: “¿Estás bien?” Miré el mensaje. No. No estaba bien. Pero estaba más segura aquí, en una pieza barata de pensión, que durmiendo a pocos metros de un hombre que ocultaba su nombre, su pasado y sus intenciones… y que, aun así, lograba que mi cuerpo reaccionara cuando se me acercaba demasiado. “Sí. Solo necesito estar sola hoy”, escribí. Guardé el celular y le di un sorbo al café. Ya no me importaba lo frío que se había quedado. «La ciudad no perdona. Te muestra las verdades más dolorosas para que tomes una decisión de vida o muerte en un segundo...» Y ahora que conocía el verdadero nombre de quien ocupaba el altar de mi iglesia, solo tenía dos opciones: fingir que no había visto nada… o aceptar que, desde el primer momento, algo en mí ya sabía que él no era un hombre de Dios… era un hombre de… Algo más oscuro, más peligroso…
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