19

2000 Palabras
La Diosa Te Trajo a Nosotros Ford aún estaba recostado contra el tronco, con los brazos cruzados, cuando escuchó pasos acercándose. Su primer impulso fue ignorarlos, pero el crujido constante en la nieve indicaba que quien fuera no pensaba pasar de largo. Alzó la vista con desgano, y entonces lo vio: Brady, con las manos en los bolsillos de su abrigo, mirando al suelo mientras caminaba, como si ensayara lo que quería decir.- ¿Vienes a ver si ya me fugué del bosque encantado? —murmuró Ford, con media sonrisa sarcástica. Brady lo miró, algo incómodo. Se detuvo a un par de pasos. —No... Vine a decirte que no tienes que preocuparte. Nadie va a hacerle daño a Sage. Ahora que... bueno, ahora que es el compañero de Ciara, tiene la protección de toda la manada. Del Alfa. Ford soltó una carcajada breve y seca. —¿La protección del Alfa? Mira, no quiero sonar desagradecido con el club del bosque mágico, pero Sage no necesita que lo cuiden. Y yo tampoco. Llevo cuidando de él desde antes de que ustedes supieran pronunciar su nombre. Es mi amigo. Mi jefe. Y no tengo intenciones de dejarlo solo en esta locura solo porque ahora le salió una marca brillante en la frente. Brady lo observó en silencio un momento. El respeto brillaba en sus ojos, pero también una pizca de algo más. Dolor, quizá. —No dije que no supieras cuidarlo. Solo... ahora todo es diferente. Para ustedes. Para ella. Ford apretó la mandíbula y giró el rostro, incapaz de sostenerle la mirada. Iba a responder con algo ácido, cuando un crujido más fuerte en la nieve llamó su atención. Arcus Collins emergió de entre los árboles como una sombra larga y silenciosa. Sus ojos grises recorrieron la escena, pasando de Brady a Ford. Se detuvo de golpe, clavando la mirada en el cuello de Ford. Ambos jóvenes se tensaron al instante. —¿Qué pasa? —preguntó Ford, desconcertado. Pero Arcus no respondió. Dio un paso más cerca, con el ceño fruncido, y extendió una mano con cautela, como si estuviera midiendo algo invisible en el aire. —Tu cuello —murmuró finalmente—. Muestra la misma marca que Brady. Y la misma que llevaban los descendientes del linaje mixto de Cielo Azul. Brady se giró hacia Ford de golpe, incrédulo. —¿Tienes una marca en el cuello? Ford retrocedió instintivamente, la confusión creciendo en su rostro. —¿De qué demonios están hablando? Arcus no parpadeó. —Mestizo... pero no sin lobo. Solo dormido. O sellado. El silencio cayó como un velo sobre los tres. El viento se llevó las últimas palabras de Arcus como un presagio, y Ford sintió que el frío ahora le calaba los huesos, aunque no fuese por la nieve. Brady lo miraba como si estuviera viendo un espejo. —¿Quién era tu padre? —preguntó. Ford negó con la cabeza lentamente. —Un cobarde. Uno que nunca regresó. Y por primera vez en muchos años, deseó haberle preguntado su nombre. Ford se quedó completamente quieto. Sus labios se entreabrieron como si fuera a replicar, pero ninguna palabra salió. La nieve crujió bajo los pasos lentos de Arcus, que se acercó hasta quedar frente a él. El hombre se desabrochó el abrigo con una lentitud solemne, como si lo que iba a mostrar no solo fuera una prueba, sino un pedazo de historia olvidada. Abrió la camisa a la altura del pecho y ahí, en el centro del torso, justo donde latía su corazón, brillaba una marca idéntica a la que Ford tenía en el cuello. Un patrón antiguo, tribal, casi grabado a fuego en la piel. —No lo es —repitió Arcus, su voz ronca por la emoción contenida—. Te busqué todos estos años, desde que supe que tu madre había muerto. Estuve en cada aldea del norte, en cada ciudad donde se rumoreaba sobre un niño sin familia, un mestizo... sin manada. Siempre llegaba tarde. Siempre te habías ido. Brady miraba a ambos con los ojos abiertos como platos, incapaz de intervenir. Ford seguía en shock. Su respiración era irregular, como si le costara mantenerse de pie. —Estás diciendo... —murmuró, con la voz quebrada— que tú... ¿Tú me buscaste? —Desde que perdí tu rastro. Tu madre no me dejó criarte —dijo Arcus con voz firme pero triste—. Me culpaba por no haber renunciado a la manada, por no quedarme con ustedes. Pero no era tan simple. El Alfa de entonces me dio a elegir entre el deber y ustedes. No me dejó llevarte. —¿Por qué no volviste? —preguntó Ford con amargura en los ojos. Le costaba mirarlo de frente—. ¿Por qué no me buscaste antes? —Lo hice. Pero cuando volví, ya se habían ido. Cambiaste de apellido. Entraste al sistema. Tupe que esperar... esperar a que la sangre te trajera de vuelta. Y lo ha hecho. —Los ojos de Arcus brillaron—. El lazo no miente. Tú eres mi hijo, Ford. Brady dio un paso atrás, abrumado por el peso del momento. Ford temblaba ligeramente, como si su cuerpo entero se negara a aceptar lo que su sangre empezaba a gritarle. —No necesito una manada —susurró, más para sí que para los otros—. No necesitaba un padre. —Quizá no. Pero eso no cambia lo que eres —dijo Arcus con suavidad—. Y lo que puedes llegar a ser. El silencio los envolvió de nuevo. La nieve caía lentamente, como si también ella escuchara el pasado revelarse entre los árboles. Ford se giró, dándole la espalda a ambos. Se llevó una mano al cuello, tocando inconscientemente la marca que nunca había entendido. Respiró hondo. —¿Y ahora qué demonios se supone que haga con esto? Arcus dio un paso más cerca. —Quedarte. Por ahora. Por él —miró hacia la casa, hacia donde Sage dormía—. Y para ti. Ford no respondió. Pero tampoco se marchó. Y eso, para Arcus, era más que suficiente. La respiración de Ford se entrecortaba. El aire helado parecía no entrar en sus pulmones, como si su cuerpo estuviera atrapado entre el impulso de huir y la necesidad de quedarse. Brady y Ford permanecían en silencio, uno frente al otro, como si la mirada del otro fuera un espejo incómodo que no sabían cómo sostener. Arcus, con el ceño fruncido, se paró entre ellos. La luz tenue de la lámpara creaba sombras duras en su rostro. - Tengo que decirles la verdad. Los dos merecen saberla - dijo con voz firme. Ford cruzó los brazos, aún reacio, como si ya esperara una historia ridícula. Brady, en cambio, frunció el entrecejo, visiblemente incómodo. - ¿La verdad sobre qué? - soltó Ford con ironía - ¿Sobre engañaste a dos mujeres para asegurar tu puesto? Arcus dio un paso adelante. No lo esquivó. - Sobre ustedes dos. - ¿Nosotros? - Son hermanos - dijo Arcus sin rodeos - De sangre. Mis hijos. Tu madre fue una loba noble, unida a mí por razones políticas. El consejo me presionaba… y yo acepté. Pero antes de eso… - miró a Ford, con una mezcla de dolor y orgullo - amé a tu madre. Una humana. La única que realmente quise marcar. Ford sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. - ¿Entonces por qué no estuviste ahí? - Porque ella no quiso entregar a su hijo a la manada. No quiso renunciar a su mundo humano, ni aceptar lo que yo era. Yo… traté de mantenerme cerca. Pero el consejo empezó a sospechar y si se enteraban, te habrían reclamado como descendiente de linaje. Sin protección por no tener un lobo, era peligroso. Así que… hice lo único que podía para protegerte. Me alejé. Brady retrocedió un paso, herido. - ¿Y yo? ¿Fui solo un reemplazo? Arcus negó con firmeza. - No. Nunca. Tú eres mi hijo también, Brady. Eres el hijo que tuve que tener para mantener un equilibrio, para que el consejo me dejara en paz… Pero eso no significa que te quiera menos. Solo… que todo lo que hice fue para que, algún día, ustedes pudieran tener un lugar seguro donde estar. Juntos. Aunque no se conocieran. Ford cerró los ojos. La marca en su cuello seguía ardiendo como un sello de algo que aún no entendía del todo. Arcus lo miraba, sin moverse. No quería forzarlo. Sabía que esas palabras pesaban como un muro derrumbándose sobre su hijo. - Tu madre... no me dejó acercarme después. - Su voz era grave, cargada de memoria - No porque no me amara. Porque no podía entender por qué me casé con otra. Ford apretó los dientes. No se giró, pero estaba escuchando. - Ella era mi compañera elegida, pero nunca quiso ser marcada. No quería ataduras, no quería vivir bajo las reglas de la manada - continuó Arcus con tono calma. - Yo... tampoco quería perderla. Pero cuando el Consejo descubrió que tenía un hijo con una humana sin vínculo oficial, empezaron a presionar. Ford lo fulminó con la mirada por sobre el hombro. - ¿Y entonces te casaste con otra? Arcus asintió, con una expresión endurecida por la culpa. - Era una unión política. Solo eso. La única manera de mantenerlos a salvo. Me dieron una elección: unirme a una loba de sangre pura y sentar cabeza... o perderlos por el rechazo de tu madre a pertenecer a la manada y entregarte. Ford lo miró con incredulidad, sacudiendo la cabeza. - ¿Y ella lo aceptó? ¿La mujer con la que te uniste? - No. - La respuesta fue inmediata, cargada de dolor - Murió al dar a luz a Brady. Nunca fue una unión real. Ella sabía por qué aceptaba. Brady se quedó inmóvil, atónito. No sabía que su madre había muerto por darle la vida. Mucho menos que él formaba parte de un pacto tan amargo. - Intenté volver por ti. Pero tu madre... ya se había ido. Cambió tu nombre, tu ciudad, tu historia. Me dejó sin rastros, sin forma de encontrarte. Ford respiró hondo, como si cada palabra abriera una herida distinta. - ¿Y ahora qué? ¿Quieres que te agradezca? - No - dijo Arcus en voz baja - Quiero que entiendas que no te abandoné. Que cada decisión fue para protegerte, aunque doliera. Un silencio tenso llenó el aire. Solo el viento entre los árboles. Ford se pasó la mano por el rostro, con los ojos llenos de rabia y algo más que no quería admitir: una tristeza antigua, enterrada, que por fin tenía un rostro. - Yo crecí pensando que no era suficiente. Que era el error de alguien que no quiso quedarse. Arcus dio un paso más cerca, con la voz apenas un susurro. - Fuiste mi razón para resistir. El plan era traerte cuando te encontrara... Pero tu madre desapareció y no me quedó nada. Ford tragó saliva. Se sentía como un niño de nuevo, perdido entre los adultos que tomaban decisiones sobre su vida sin preguntarle. - Brady es tu hijo legítimo. Él tiene tu nombre, tu mundo, tu manada. Arcus negó suavemente. - Y tú también lo eres, Ford. Eres mi hijo también. No hay nombre ni reglas que puedan cambiar eso. Regresaste. - No lo hice... - Tal vez tu no, pero la diosa te trajo. El viento los envolvió. Brady miraba a ambos con una mezcla de compasión y desconcierto. - No espero que me perdones. Pero si estás aquí, si estás en esta tierra, es porque tu destino no está tan lejos del mío y el de tu hermano como creías. Ford lo miró en silencio. Y aunque no dijo nada, el que no se marchara, el que no soltara más palabras llenas de rencor, fue la respuesta más clara de todas.
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