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1814 Palabras
¿Quién le Dirá La Verdad? La habitación estaba en silencio cuando los médicos se retiraron. Solo quedaban Ferris, Aksel y Brady. Ciara yacía aún inconsciente, envuelta en la manta, su cuerpo acurrucado contra el de Sage como si incluso en el sueño su instinto se negara a separarse. Ferris permanecía junto a la ventana, la espalda recta, los ojos clavados en el exterior como si pudiera atravesar la noche con la mirada. Aksel se sentó al borde de la cama, observando la marca en la frente de su amiga, intentando comprender cómo algo tan imposible había sucedido. Un suave golpe en la puerta lo sacó de sus pensamientos. —Adelante —dijo Ferris, sin girarse. Arcus Collins entró. Alto, de hombros anchos y expresión grave. El beta de la manada traía barro en las botas y el abrigo manchado de hojarasca. Sus ojos —gris oscuro, como acero mojado— se clavaron en Ferris antes de hablar. —Lo encontramos —dijo, cerrando la puerta detrás de él—. Era una trampa humana. De las viejas, oxidadas, pero aún funcionales. Alguien la colocó en la ruta que conecta con los miradores del este. Aksel apretó la mandíbula. —¿Campistas? —Eso dicen —gruñó Arcus—. Pero no huelen como campistas. No usan bloqueadores solares ni insecticida. Usan armas. Tienen herramientas de caza especializadas, binoculares de visión nocturna y un mapa de la zona con marcadores cerca del bosque del norte. Son cazadores. Humanos. Ferris se giró por fin, el rostro endurecido como piedra. —¿De los lagos? —Eso creemos. Han estado entrando por los caminos secundarios desde hace semanas. Pasan por turistas, pero tienen carpas bien camufladas y caminan con cuidado, como si esperaran no espantar a sus presas. —¿Qué clase de presa buscan? —preguntó Brady, aunque todos sabían la respuesta. —Nosotros —dijo Ferris con voz áspera—. Nos están cazando. Arcus asintió. —El lugar donde cayó Ciara estaba marcado con yeso. Una señal para que ellos pudieran rastrear desde lejos. Si no fuera por Brady, la habrían encontrado antes que nosotros. Aksel se levantó de la cama, furioso. —¿Y cómo demonios entraron tan cerca? Esa zona debería estar protegida. —Lo está —respondió Arcus—. Pero están usando senderos por donde no pasamos hace años. Caminos antiguos, cerrados… salvo que tengas un mapa viejo o información de alguien que ha estado aquí antes. Ferris se quedó en silencio. Luego se giró hacia Arcus. —Pon vigilancia doble. Patrick y Lys en el perímetro este. El resto, distribuidos en grupos de tres. No quiero ni una hoja moviéndose sin que lo sepamos. —Sí, señor —respondió Arcus con un asentimiento firme. Antes de irse, miró de reojo a la cama. La forma en que Ciara se aferraba a Sage, incluso en el sueño, le erizó la piel. —¿Y el vínculo? —preguntó—. ¿Qué hacemos con eso? —Lo protegemos —dijo Ferris, sin dudar—. Cueste lo que cueste. Arcus asintió una última vez y desapareció en la oscuridad del pasillo. Aksel pasó una mano por el cabello, visiblemente alterado. —Si sabían dónde estaban las rutas… alguien les ayudó. Alguien de aquí. —O de otra manada —murmuró Brady—. Garret tiene contactos en todo el maldito estado. Ferris cerró los ojos por un momento. —Entonces es peor de lo que creímos. En la cama, Sage se agitó levemente, y Ciara emitió un suave suspiro, como si sus cuerpos aún estuvieran unidos por hilos invisibles. La puerta se cerró detrás de Arcus con un clic suave, pero el silencio que quedó fue más pesado que un portazo. Ferris volvió a su lugar junto a la ventana, los brazos cruzados, mirando hacia el bosque donde las sombras se movían entre los árboles como si respiraran. Aksel no podía dejar de observar a Ciara. Su pecho subía y bajaba con un ritmo más tranquilo, pero seguía pegada al cuerpo de Sage como si su vida dependiera de ello. Y quizás así era. La marca brillaba en su frente y, por momentos, parecía latir con una luz apenas perceptible. Ford estaba apoyado contra la pared, los brazos cruzados, pero sus ojos no dejaban de moverse. Evaluaba. Medía. Sopesaba posibilidades. Finalmente, rompió el silencio. —¿Y ahora qué? Aksel levantó la vista hacia él, desconcertado. —¿A qué te refieres? Ford caminó despacio hacia la cama, sin acercarse demasiado, como si algo lo contuviera. Tal vez la marca. Tal vez el miedo. —¿Quién le va a decir? —preguntó con tono firme, y entonces miró directamente al alfa—. ¿Quién le va a explicar a Sage qué diablos está pasando? Ni Ferris ni Aksel respondieron. La tensión en la habitación se volvió más densa. Ford continuó, la voz baja pero afilada. —Ese hombre es un empresario. Analiza datos, números, contratos. Cree en el trabajo, en la lógica, en la ciencia. No en lobos que caminan como hombres. No en vínculos mágicos. No en almas que se marcan con solo tocarse. Brady desvió la mirada, incómodo. Aksel bajó la cabeza y apretó los dientes. Ferris, sin embargo, no se inmutó. —Lo sabrá cuando despierte —dijo el alfa. Ford soltó una risa sin humor. —¿Y van a esperar que lo acepte sin más? ¿Que diga “sí, claro, tiene sentido que haya sentido un calor en el pecho, caído inconsciente y despertado con una mujer desnuda marcada en la frente a juego”? —sacudió la cabeza—. Esto va a romperlo. —O lo va a transformar —murmuró Aksel, más para sí que para los demás. Ford lo miró con dureza. —Y si no lo hace. ¿Qué entonces? ¿Si decide que están todos locos y se va? ¿Se lo llevan arrastrado? ¿Lo encierran con un collar de plata hasta que ceda? Ferris lo encaró por fin, con los ojos fríos como hielo. —Nadie va a forzar a ese hombre. Pero tampoco vamos a esconderle la verdad. Se ha vinculado con una de las nuestras. Con una loba poderosa. Y el lazo se ha sellado por voluntad mutua, aunque ni siquiera lo comprendieran del todo. —¿Y si no cree en eso? —No necesita creer —dijo Ferris con gravedad—. Lo está viviendo. Ford lo miró por un segundo más. Luego suspiró, frotándose el rostro con ambas manos. —No me malinterpreten. No estoy en contra de ustedes. Solo… cuídenlo. Tiene un buen corazón. No lo dejen solo en medio de algo que no puede ni empezar a entender. Ferris asintió una vez. Aksel también. —Lo protegeremos —dijo el alfa—. De los cazadores. De Garret. De sí mismo, si es necesario. Ford no respondió. Solo miró a Sage, que dormía entre sueños agitados, y luego a Ciara, cuyo cuerpo desnudo seguía cubierto por la manta, aún inconsciente pero envuelta en su calor. —Pues más les vale hacerlo —dijo finalmente—. Porque ese hombre no cree en lobos. Pero por ella… podría llegar a hacerlo. Y salió de la habitación sin mirar atrás. La luna seguía subiendo. La caza había comenzado. La puerta se cerró tras Ford con un golpe seco, ahogado por el ruido de la noche que cubría el porche. El aire helado lo recibió como una bofetada, pero Ford no se inmutó. Lo necesitaba. El frío, la quietud del bosque, incluso el crujir de la madera vieja bajo sus botas le ofrecían un consuelo primitivo que las palabras no podían. Bajó los escalones con los hombros tensos y las manos en los bolsillos, caminando sin rumbo fijo entre los árboles que rodeaban la casa. Se alejó lo suficiente para no escuchar voces ni sentir la energía cargada de la casa, pero no tanto como para perderla de vista. Necesitaba espacio. Oxígeno. Cambiaformas. Lobos. Vínculos marcados con magia y carne para él. Nunca imaginó terminar en medio de una historia así. Él, que había construido toda su vida desde la lógica, la estrategia y el trabajo duro, se encontraba ahora atrapado entre secretos que lo hacían cuestionar cada decisión, cada verdad aprendida. Se apoyó contra un tronco, cerrando los ojos un momento. El silencio del bosque era casi perfecto, solo interrumpido por el viento y el lejano murmullo de un arroyo. De pronto, los recuerdos lo embistieron como un golpe seco. Su madre, joven y hermosa, de cabello dorado como el trigo y ojos cansados. Siempre sola. Siempre mirando por la ventana como si esperara algo... o a alguien. Nunca hablaba de su padre. O lo hacía con evasivas, con una mezcla extraña de amor amargo y resignación. Solo una vez Ford lo conoció. Lo vio a lo lejos hablando con su madre en el restaurant carretero donde trabajaba como mesera. Un hombre imponente. Alto, de ojos demasiado claros y movimientos depredadores. El tipo de hombre que dominaba una habitación con solo entrar. Recordaba su postura y la forma en que miraba a su madre… como si evaluara algo que no terminaba de entender. - No tiene el lobo. - había escuchado decir a su madre aquel día. Ford tenía 6 años. No entendió entonces lo que significaba, pero sintió como el hombre tembló al escucharlo. - ¿No me dejarás verlo? - le escuchó preguntar - Tuve que enterarme por uno de mis guerreros ¿Por qué no me lo dijiste? - No tiene lobo. De todas maneras no ibas a criarlo. - reclamó la mujer. No tiene el lobo. No era suficiente. No era uno de ellos. Había huido sin esperar respuesta. Desde entonces, Ford se juró que no necesitaría a nadie para validar su existencia. Que no importaba si tenía o no tenía un maldito lobo dentro. Él era fuerte. Era leal. Y se bastaba solo. Pero ahora, verlos… a Brady, a Aksel, a Ferris. Sentir la energía que compartían. Ver el vínculo floreciendo entre Sage y Ciara, el instinto reclamando, la magia aceptando… le dolía. No por envidia. Sino por lo que podría haber tenido, si alguien le hubiese dado una oportunidad. Se apoyó contra el árbol y levantó el rostro al cielo. Estaba cubierto de nubes, pero sabía que detrás, la luna llena los observaba. Lo hacía siempre. Implacable. - No soy como ustedes - susurró al aire, como si alguien pudiera oírlo - Pero estoy aquí. Y no me iré. No porque quisiera formar parte de su mundo. Sino porque Sage lo necesitaba. Y Ciara también, aunque aún no lo supiera. Alguien tenía que mantenerse con los pies en la tierra. Entre lobos, mitos y heridas invisibles, alguien tenía que recordarles lo que significaba ser simplemente humano. Aunque solo fuese a medias.
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