La guitarra

2459 Palabras
Escribir era más difícil, al fin y al cabo, de lo que yo había imaginado en un principio. Luego de llegar del trabajo e intentar inútilmente ahogar la emoción de la madrugada entre el sueño, me detuve durante horas con un bolígrafo y un papel para empezar la que sería mi canción. Sin embargo, estuve dando vueltas al asunto alrededor de toda la mañana y ningún tema, ningún verso y ninguna nota salieron de mi mente. Me encontraba estancado entre el desorden de mis pensamientos y me maldije el día en que decidí dejar de escribir. -Lo que escribes, es realmente hermoso-. Me dijo en una ocasión Zara mientras le mostraba un poema que guardaba orgullosamente entre mis archivos. -Ni tanto, soy un poco loco en estas cosas y a veces sale algo destacable-. Le respondí modestamente. - ¿No has pensado en convertirlo en una canción? Quién sabe, puede que al final termine triunfando y convirtiéndose en un hit. -No lo creo, esto que escribo es con sinceridad, si lo uso para subir a la fama, no estando en ella, creo que sería como abusar de mi propia creatividad-. Le respondí sinceramente. Por aquellos días, escribir era otra de mis pasiones. Descubrí que la guitarra, las palabras y yo conformábamos un trio magnifico y frente al espejo me dedicaba a alzar conciertos para un publico que se alegraba al verme entrar. En mis épocas de universidad tenía demasiado tiempo para los sueños, y los tiempos en los que lograba mantener mi estabilidad mental los recordaba con una sonrisa, mientras que aquellos en los que me sumí en depresión el dolor me ayudó a olvidarlos. Sin embargo, toda aquella sinceridad y amor por la música habían desaparecido. Alrededor del medio día volví a caer en cuenta de este hecho y acredité a ello mi falta de inspiración. Tal vez si volvía a recabar en mi pasado encontraría los motivos por los cuales amé la música y, por qué no, los motivos reales que me llevaron a tomarle el desagrado que ahora mantenía. Comencé a buscar un instrumento que tocar y que me permitiese expresar todo aquello que la tarde en la vitrola de mi abuela me había transmitido unos meses atrás. Mis notas eran excelentes y me mantenía bastante adelantado en comparación con otros niños. Creía yo que aquel sería un buen impulso para que mis padres me permitiesen entrar en los cursos electivos que brindaba mi colegio en el aprendizaje de la música. No eran gran cosa, pero pensé que serían una gran oportunidad para hacerlo. A pesar de esto, mis padres se mostraron bastante reacios a mi idea de aprender el arte de la música, al cuál llamaron como una completa pérdida de tiempo. -En lo que hay que enfocar la mente-. Me dijo mi padre mientras jugueteaba con la bebé. -Es en los números y las letras, la música es bonita, pero solo escucharla. -Ya soy bueno en los números y en las letras. Soy el mejor de la clase y hasta del colegio, por qué no puedo aprender algo nuevo y que me gusta. -Insistí irritado ante la contestación. -Porque no tiene razón de ser. Uno nunca sabe demasiado de las cosas, así que no pierda el tiempo en tonterías-. Mi padre terminó con la conversación de un modo tajante. A pesar de ello, no me rendiría en mi cruzada por la música. En secreto asistí durante mis tiempos libres a observar cómo los profesores de música impartían sus clases a los afortunados que asistían a los pequeños conciertos bajo los que practicaban. Contrario a lo que yo creía, la banda escolar no se dedicaba tan solo a la música folclórica o marchas marciales, sino que interpretaban, con todo tipo de instrumentos, innumerables canciones de todos los tipos. Me enamoré de todos y cada uno de los instrumentos que resonaban en cada nota desafinada de niños que pretendían seguirse el paso unos a otros. De todos ellos, el violín fue el instrumento que más logró cautivarme y el que en un principio me decidí aprender, por lo menos, a través de la vista. Todos los días, después de la escuela, cuando se supone que me quedaría estudiando, me dedicaba a escaparme y observar aquellas desordenadas clases de música en las que se perdían mis pensamientos y se reavivaban mis ilusiones. Una tarde, el profesor que se había costumbrado a encontrarme, se acercó y me habló. -Es raro ver aquí a un niño solo observando cómo otros ensayan, en condiciones normales o se está ensayando o no se está-. El profesor rio ante, lo que creyó una ingeniosa broma, pero era difícil hacerme reír, por lo que añadió. -Está aquí por una niña ¿no? -No-. Me abochorné ante el comentario. -Solo vengo porque quiero aprender a tocar el violín, suena muy bonito. - ¿Verdad que sí? Cuando aprendes a escuchar cada nota empiezas a escuchar voces más allá que te van hablando-. El profesor pareció detenerse a pensar por un segundo y continuó. -Bueno, pero para tocar uno no puede aprender solo observando, hay que ensayar. -No estoy inscrito acá y no tengo ningún instrumento con el que tocar-. Contesté decepcionado. -No importa. Ojalá la mitad de mis estudiantes hicieran por aprender de esa manera. No tengo un violín, pero me sobra una guitarra, por si desea aprender. La emoción se apoderó de mí y sin pensarlo dos veces acepté la invitación. Desde aquel día, teniendo unos catorce años empecé a practicar la guitarra, a pesar de mi especial gusto por el violín. Todas las tardes ensayaba una hora con la banda musical del colegio y, a pesar de mi gran introversión, empecé a sentirme cómodo y a gusto frente aquel grupo de personas. Se convirtió en mi momento favorito del día, y me a pasaba las mañanas tan solo pensando en los ensayos. Aprender no fue nada fácil, en los primeros días estuve tentado a dejar la guitarra ante mis innumerables fallos con el instrumento y luego de romper dos de las cuerdas en mi primera semana. Sin embargo, con el pasar de los días logré hacerlo cada vez mejor. -No se puede mejorar en algo si no se ensaya por más tiempo y todos los días-. Me comentó el profesor de música un día al terminar el ensayo durante una clase especialmente dura. -No tengo un instrumento con el que ensayar en mi casa y mis padres no están muy de acuerdo con que aprenda música-. Le respondí al adulto mientras guardaba cuidadosamente la guitarra en el estuche. -Eso sí que es un gran problema-. El hombre se mantuvo pensativo por algunos minutos y luego sugirió. -Pareces un muchacho muy responsable. Si prometes cuidar la guitarra bien, te la prestaré para que ensayes lo que quieras en los recreos, así avanzarás de una mejor manera para la tarde. -Sería una gran ayuda para mí. Muchas gracias-. Realmente me encontraba emocionado y agradecido por aquella inesperada ayuda. Durante los recreos traté de ensayar, pero era más difícil y desafiante de lo que había pensado en un inicio. Los recreos no solo eran ruidosos, sino que un chiquillo gordo y de baja estatura era bastante llamativo de por sí, ahora con una guitarra parecía llevar un letrero en la cara que decía “pégame”. -Jonás ahora les canta a las sirenas para seducirlas-. Se burló Andrés, que por aquellos días había empezado a utilizar unos ridículos lentes. -Se supone que las que seducían a los marineros eran las sirenas, no lo contrario-. Corregí divertido, pues aún en aquel momento, luego de las constantes humillaciones, seguía creyendo que aquel grupo de adolescentes eran mis amigos. -En este caso la ballena es la que seduce, quién lo diría-. Se mofó Andrés haciendo reír a carcajadas a su grupo de amigos. Aunque me dolían los comentarios, tan solo los dejaba pasar con una sonrisa y cambiando de tema, continuando con mi ensayo matutino. Al principio, Andrés solo se limitaba a una burla contra mí o mi aspecto físico para luego dejarme en paz. Sin embargo, con el paso de los días las burlas y los comentarios se fueron haciendo más fuertes y molestos, hasta que un día simplemente no lo soporté. -Jonathan, mandan a decir que, si también cantas en idioma cetáceo, todos queremos oír ese recital-. Murmuraba Andrés a mi espalda durante una clase de matemáticas. -uuuuuuuunnnnn amiiiiiiigooooooooouuu eesssss uuuuuuuunnaaaaaa luuuuuuuuuuu-. Balbuceaba mi amigo en mis espaldas con un tono insoportable y que terminó por desesperarme. -Déjame en paz, o no respondo-. Dije tranquilamente esperando que dicha advertencia vacía lograra realizar un cambio, sin embargo, intensifico aún más las burlas. -Pero qué va a hacer ¿llamar con la guitarra a las sirenas? ¿Sacar a todos los del salón y ponerlos a bailar cuando empieces a cantar? ¿rompernos los tímpanos en idioma cetáceo? -. Continuó con las burlas y sacando calladas carcajadas de los niños que se sentaban a nuestro alrededor. -Andrés, por favor, necesito entender esto-. La irritabilidad de mi compañero y la complejidad del ejercicio me tenían con los nervios de punta. -Es muy fácil, yo ya lo resolví. Puedo explicarte si lo deseas-. Sus palabras parecieron sinceras, además que el chico realmente era alguien bastante inteligente. -Eso sí, no sé explicar en cetaseoooooo. Terminé por perder los estribos y me levanté violentamente del puesto ante la sorpresa de mis compañeros y de la profesora. No estaba en mis casillas y, siendo más ancho y pesado que el flacucho de mi compañero, lo tomé con fuerza de la camisa para mandarlo al otro lado del salón de clases. En mi mente tan solo resonaba una violenta sinfonía que me obligaba a continuar con mi toma de justicia ante aquel flacucho que no tenía derecho de burlarse de mi con esas estúpidas gafas redondas que lo hacían parecer un personaje de ficción. Los gritos de mis compañeras y de mi maestra se fueron perdiendo en la orquesta de mi cabeza y que me obligaba a golpear al irritante niño. Corrí hasta donde se trataba de levantar con dificultad y lo tiré directo contra el muro dejándolo sin aire. Se retorció trabajosamente sobre el suelo y pidiendo ayuda al tiempo que buscaba a tientas sus lentes que permanecían en el suelo. No tuve piedad, de una patada le rompí los lentes y puse mi rodilla sobre su cara mientras le gritara que me rogara perdón. -perdón, perdón Jonás ¡Era molestando! -. Trató de gritar, pero la falta de aire en su organismo le impedía articular por completo la palabra. Estuve a punto de darle una patada en el estómago, pero la maestra se puso a mis espaldas con el fin de detenerme. Cuando logré reaccionar y darme cuenta de lo que había hecho, la maestra me agarraba fuertemente del puño y otro compañero me detenía por delante evitando que volviera a iniciar la pelea. Varias de las amigas de Andrés, incluyendo Rocío, la chica que, a pesar de los bochornosos hechos, continuaba gustándome, fueron en auxilio de la presunta víctima. Sentí las miradas de juicio de todos y cada uno de mis compañeros, así como de la maestra sobre mí. Todos me trataron con desprecio, pero no entendían. No lo entendieron nunca. Los pensamientos malos regresaban una y otra vez a pesar de que mis historias mentales iniciaban con lindos recuerdos. Ya no tenía sentido continuar pensando en ello si la inspiración para la canción no regresaba. Se supone que aquel sería un momento para encontrarme con la música, pero cuando recordaba los buenos momentos, aquellas historias donde, según yo, yo era la victima regresaban a mí. ¿Cómo fue que alguna vez pude amar algo que me trajo tantas desgracias? Me comencé a preguntar a mi mismo al tiempo que daba vueltas por la habitación en busca de alguna respuesta. después de mucho tiempo, el sentimiento de odio hacia todos aquellos que estuvieron en mi infancia se reinició y la canción tuvo que esperar una vez más. Era hora de prepararme de nuevo para mi empleo y el mal humor regresó a mí como lo había hecho los anteriores días. No tenía ganas de ver a nadie de nuevo, y mientras me preparaba, me alimente de odio recordando lo siguiente que ocurrió aquel día. -Me los tendré que llevar a ambos para la dirección-. La maestra me miró y gritó con un tono acusador. -Jonathan, no puedo creer que usted se ponga en estas, es una vergüenza. -Pero, él comenzó, yo solo me defendía-. Traté de explicarme. - ¿Defenderse? Todos vimos como usted se levantó de la nada y lo reventó contra el muro-. intervino Rocío defendiendo a su amigo. -Yo no quería… No era mi intención-. Estaba a punto de llorar. -No, eso ya no importa, que porque sea muy bueno en el colegio no quiere decir que toleremos estas cosas. No sé qué se va creyendo. -Ya, por favor. No fue nada, no es su culpa-. Andrés se levantó trabajosamente del suelo mientras se limpiaba el polvo del uniforme. -Solo estábamos jugando maestra, por favor no lo castigue, no fue nada. -Pero, Andrés, eso no fue pelea, y no voy a aguantarme esto en mi clase-. La maestra estaba confundida, al igual que yo, de la actitud tan despreocupada del chico. -Jonathan no lo volverá a hacer, ni tampoco yo, por favor, continue con su clase-. Siempre tan persuasivo se colocó los lentes rotos y se sentó sobre la silla ante la mirada atónita de todos en el salón. La maestra no tuvo más remedio que continuar con su clase mientras que mis compañeros me continuaban mirando como depredadores frente a su nueva presa. No presté atención durante la clase, hasta que la anciana me pidió acompañarla a llevar los libros luego de que esta terminase su lección. No importó en lo absoluto las palabras con las que trato de invitarme a manejar mi ira y mis emociones. De tantas veces que mantuve la compostura, solo aquella vez que no logré medir mis nervios importó y la conversación se convirtió en palabras acusadores casi tan dolientes como las de mis padres. Al volver al salón llegué resuelto a desafiarme a mí mismo y pedir perdón frente a todos por mi actitud tan salida de sitio. Me avergonzaba, de corazón, lo que había hecho, y estaba preparando mis palabras para darme a entender. Sin embargo, al entrar al salón encontré la guitarra sobre mi silla, con las cuerdas reventadas y llena de dibujos obscenos. Más que irá, las ganas de llorar regresaron y no las pude contener cuando encontré una nota en el cuaderno, firmada con unas decenas de firmas, que grababa: “Todos te odiamos, rarito”
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