La violinista

2311 Palabras
Mientras me encontraba esperando el autobús para dirigirme al bar pensé en lo difícil que se me había hecho volver a escribir. En un pasado, era uno de los dones por los cuales muchos de mis compañeros del colegio y de la universidad alcanzaron a envidiarme. Claramente, ese pasatiempo solo lo podía disfrutar en el más profundo secreto, debido a las altas exigencias de mis padres. Ellos nunca bajaron la rigurosidad respecto a mi educación, y mi adolescencia y juventud terminaron pasando en un abrir y cerrar de ojos. Cuando por fin me di cuenta de que los últimos meses de la escuela habían pasado en un abrir y cerrar de ojos, que permanecía completamente aislado en los recreos, con una libreta en mis manos y mi espalda contra la pared, empecé a sentir un sentimiento de vacío. Entre los muchos libros que tuve que estudiar para la escuela de medicina, uno hablaba de la manera en la que la escuela primaria y secundaria forjaba el carácter de los infantes gracias a la creación de lazos de compañerismo, me pregunté a mí mismo si lo había logrado. El tiempo pareció permanecer muerto y estático y cuando me di cuenta, me levantaba con un diploma y un birrete frente a una multitud de gente de la cual no volvería a saber nada. El sentimiento de ansiedad nació desde aquellos días y a pesar de los muchos intentos por forjar un carácter más maduro, de socializar y compartir con las personas que me rodeaban en infinidad de espacios jamás lo logré. No lo logré ni con mis pasajeros amigos de copas, ni con mis familiares o con quienes me rodeaban. Tan solo lo logré cuando le di una nueva oportunidad a la música en un viejo teatro lleno de instrumentos, jóvenes extravagantes y música clásica. Fue allí donde finalmente conocí a Zara, la chica que jamás se saldría de mi cabeza. Me encontraba aburrido, sentado en una banqueta en el campus de la universidad con una carpeta llena de fotocopias y una maleta pesada por los libros y los manojos de hojas. Solitario, volví a escribir en una vieja agenda algunas rimas que nunca le habría de leer a nadie y que se perderían entre el fuego junto a la demás papelería que conservaba en aquella tarde. Era una tarde hermosa e inspiradora y el rojo del cielo me hizo sentir bastante bien. Los demás universitarios que permanecían en el campus fumaban y tomaban plácidamente, otros hicieron una fogata y alrededor de ella cantaban y bailaban como si aquella fuera una ocasión especial. Al final, el sol resultó traicionero y para resguardarme de la lluvia tuve que correr por todo el campus mientras sorteaba charcos y proyectiles de agua en el cielo. Luego de correr por algún rato, y de que mi azul uniforme quirúrgico se convirtiera en un pantalón color cuero vaquero, me encontré en un edificio que no había tenido, hasta ahora, el placer de conocer. De entre sus ventanales salieron hermosas melodías que me recordaban mis días escuchando la banda escolar desde la distancia del teatrino, sin embargo, en esta ocasión las notas eran mucho más coordinadas y la música más clara. El gigantesco teatro acomodaba cada nota, cada instrumento y cada sonido como si se tratase de músicos profesionales. Olvidé por completo la lluvia y me decidí entrar a observar el concierto del que, al parecer, no me encontraba enterado. Las puertas principales permanecían cerradas y estuve a punto de desistir a mi ambición, pero una pequeña puerta, acompañada de un letrero que contenía la leyenda del grupo de música de la universidad, permanecía abierta aún. Dándome cuenta de que no se trataba de ningún concierto profesional, sino solo de un ensayo, decidí entrar y presenciar la manera en la que aquellos músicos interpretaban a Beethoven. Nadie me impidió la entrada y logré entrar a la zona de la escenografía del teatro, donde pude encontrar a los casi cincuenta músicos concentrados cada uno en su cuaderno pentagramado y con sus manos en violines, violas, chelos, trompetas, saxos, tambores y pianos. Era un espectáculo hermoso y que, a su manera, iluminaba el recinto ante la oscuridad del ambiente. Permanecí de pie por espacio de unos minutos tratando de no llamar la atención, hasta que noté la mirada de juicio de una de las jóvenes que permanecía sentada en su sitio observando al extraño que observaba detrás de una viga. De nuevo la música inició y para mi sorpresa se trataba de aquella melodía que descubrí una tarde lluviosa en medio de la nada. Era “Fate”, allí de nuevo, como un juego del destino empezó con sus notas de terror para pasar luego a su hermosa melodía que parecía sonar aún más bella ante esa multitud de músicos primerizos. La chica me miró nuevamente desafiante mientras agitaba con violencia y amor violín, un tanto pequeño para ella, interpretando la sinfonía como si se tratase de una pelea a puño limpio. La melodía continuó sonando por alrededor de algunos minutos y mi mirada y la de aquella chica no se perdía salvo en los instantes en los que desviaba sus ojos al cuaderno y al director de la orquesta. Sin darme cuenta, me encontraba sentado en las cómodas sillas del teatro presenciando una grandiosa interpretación de la que era mi canción favorita. A pesar de mis días como rockero, como metalero y como “SadBoy”, aquella canción jamás podría salir de mi cabeza, y ahora se alimentaba frente a mí en un teatro casi vacío. La canción continuaba y la chica misteriosa continuaba mirándome desde su puesto en la zona oriental de la orquesta. Me sentía incomodo y abochornado ante las miradas de la desconocida que continuaba su un rostro pícaro y a la vez implacable. No era muy atractiva, no más que muchas chicas que compartían a diario salón conmigo, pero su mirada era profunda y su sonrisa implacable con aquellos hoyuelos sobre sus mejillas. Deje de prestar atención a la canción y le preste atención a ella. La melodía al fin terminó y con ella el ensayo de la orquesta sinfónica de la universidad. Noté que había estado observando solo a aquella chica y traté de huir en cuanto pude del teatro esperando no tener que confrontarme con los comentarios de la violinista. Para mi desgracia, el recinto estaba completamente vacío a parte, claro está, de la orquesta, de una joven pareja que parecía querer salar las sillas distantes del teatro y de mí. No había muchos lugares por los que huir y la chica guardaba con velocidad el instrumento sin despegar sus ojos de un joven alto que batallaba con las estrechas filas del escenario. Me llamé a mí mismo idiota cuando noté que tendría que pasar junto al escenario si quería salir del teatro, aquella era la única puerta aparente. Después de mucho meditarlo, concluí que no había motivos para que ella viniese a confrontarme, por lo que me mantuve sentado y limpiando con dificultad del uniforme embarrado por la lluvia. Era un lugar bastante cómodo y podía pasar como cualquier joven en busca de un momento de paz. - ¡Hola, señor acosador! -. Escuché una voz amable y bromista junto a mí mientras trataba de limpiar mis zapatillas manchadas. Miré sorprendido la figura de aquella chica de pie junto a mi lado con unos jeans rotos, un buso oscuro y un largo cabello claro que se sorteaba por sus hombros y tapaba la figura de sus senos. La correa del cajón de su violín permanecía en su hombro izquierdo mientras que se sostenía a las sillas con su mano derecha pareciendo cerrarme el paso ante un inesperado escape de mi parte. A pesar de su baja estatura parecía imponente y llena de una energía que me obligo a permanecer sentado y sin habla. -Bueno, dudo que seas mudo, señor acosador-. La chica me miró con mayor profundidad y me vi obligado a responder. - ¿Es delito venir a un concierto de la orquesta? Hasta hace una media hora no sabía siquiera que existía-. Dije tímidamente esperando no demostrar el nerviosismo. -No, no es delito. Sin embargo, según la ley de nuestro país sí es delito acosar a una dama-. La chica empezó a reír y su hermoso rostro se transformó por completo en una expresión graciosa que, a pesar de ser fea, no le restaba su belleza. -En eso estoy de acuerdo, en ese caso tendría que denunciarte por acosarme mientras disfrutaba de la música-. Traté de decir con ingenio. -No tuerzas las cosas, señor acosador. Yo vengo acá todas las semanas, pero nunca vi a nadie que se quedara mirándome con tanto esfuerzo-. Ella descargó el violín y me tendió la mano a modo de saludo. -Me llamo Zara, mucho gusto. La conversación había tomado un camino muy diferente y me decidí que podía relajarme y seguir la corriente ante mi nueva amiga. -Jonathan Acosta, encantado-. Me levanté de la silla y estreché su mano sin pensar que aquel sería el inicio de una relación que nos exprimiría por completo. Aquella tarde, a pesar de la lluvia y el frio, continuamos caminando por las calles de la facultad hasta que el rojo cielo se volvió n***o y las estrellas fueron tapadas por la contaminación lumínica de la ciudad. Lloviznaba, aun así, caminábamos lentamente cercanos como si se tratase tan solo de un día frio. Por algún motivo logramos conectarnos como difícilmente conectaba con cualquiera otra persona. Yo pasaba de ser Jonathan a “Señor acosador” y otros apodos que la alegre chica continuaba inventando a medida que gastábamos los zapatos contra el asfalto en interminables pasos. Hablamos de todo un poco, aún así parecieron quedar miles de temas de conversación, mundos por arreglar y gente de la que quejarnos. Ella estudiaba para maestra y yo para médico. Ella amaba los colores claros que a mí me producían tanto repudio como el amarillo, el blanco y el naranja, mientras que yo amaba el color n***o, el gris y el morado. Ella era fan de Harry Potter, de la magia y de las historias con finales falsos y felices, yo en cambio amaba las historias medievales, los temas bélicos y los finales impactantes. Ella amaba la música tranquila, el pop y lady gaga, yo variaba entre la agresividad del trash y los gritos de Corey Taylor. Éramos tan diferentes, pero por aquella razón podíamos pasar las horas discutiendo tan solo un punto sin poder llegar a un acuerdo y cambiando el tema a otra discusión. Ella era perseverante con sus ideas e inventaba cosas, personas, citas y fuentes que no existían para tener la razón, yo me limitaba a encontrar sus mentiras y vencerla. Reímos y caminamos hasta que fue tan tarde que nos obligaron a abandonar el campus. Aquella noche me enfermé como nunca lo había hecho antes. El frio, la lluvia, los charcos y la noche me habían pasado una dura factura, pero no me importó en lo absoluto. En medio de los delirios de mi fiebre sonó de nuevo aquella canción que retumbaba con violencia en mi mente y las manos que se movían por entre las cuerdas con regularidad. Observé a mi nueva amiga sonreír y bailar acompañada de la melodía y de la noche, como lo había hecho esa tarde. Fue aquella para mí una advertencia de lo que sucedería, y me aterré, pero no podía armarme ilusiones con una desconocida. Aún así, me enamoré de ella. A medida que el tiempo fue pasando nos hicimos cada vez más cercanos. Yo la esperaba a ella después de sus ensayos y sus clases, y ella me acompañaba en los que hasta el momento eran mis solitarios almuerzos. Poco a poco me di cuenta como me hacía dependiente a su compañía y la manera en la que la soledad me fastidiaba más que la compañía. Me asusté por completo, jamás había sentido algo parecido y no deseaba vivirlo hasta aquel momento. Los meses pasaron y nuestra amistad se hacía cada vez más fuerte. Me confundían sus expresiones, sus palabras y sus movimientos. No podía evitarlo, aquella chica de los cabellos claros me tenía loco por completo, pero yo no era capaz de expresar sentimientos ante algo que, según yo, no era algo correspondido. Cuando los comentarios hacían parecer evidente lo que era tan solo invisible a mis ojos, ella lo cambiaba con una broma. Después de un tiempo, me aferré a la idea de que ella tan solo jugaba conmigo y traté de mantener mis distancias frente aquellos comentarios. Mi vida, sin embargo, no se había hecho para nada fácil. A pesar de la felicidad de disfrutar de una grata compañía, de unos mensajes amistosos y de una relación completamente sincera, los problemas personales continuaban siendo el lastre de siempre. Odiaba la carrera. No lo aceptaba al principio, pero a medida que avanzaba cada vez mera más difícil llegar a clase, me era más difícil hacer más practicas y la desesperación se apoderaba de mí cuando el despertador me obligaba a asistir a la universidad. Tan solo aquella persona que me esperaba todos los días para desayunar, aquella persona que se preocupaba por mí y yo de ella me impulsó a seguir. Los únicos estimulantes para seguir adelante fueron las horas de la tarde en las que me reunía con una banda de desadaptados y practicábamos, cada uno a su estilo. Zara se enteró de mi proyecto con aquellos chicos y renuncio a la orquesta para unirse a nosotros. Así, dos veces por semana dedicábamos dos a cuatro horas a reventar instrumentos y cantar todo aquello que en los grupos oficiales no podíamos. La música estridente y desordenada que hacíamos se convirtió en mi vicio, así como los ojos y los hoyuelos de aquella chica del violín.
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