Aquella mañana, Nicholas despertó somnoliento y cubierto por las sábanas de seda negra. Recordó la noche anterior y sonrió de lado ante la satisfacción que sintió en aquel momento. Y como vestigio de aquella apasionada noche, una oleada de leve ardor azotó su espalda marcada por las uñas de ella y aprisionada contra el colchón. Amira se había aferrado con tenacidad a él y él no había hecho otra cosa que aceptarla entre sus brazos, hacerla suya tanto como fuera necesario. Porque sí, para Nicholas, ella se había vuelto una necesidad inexplicable. Cómo el aire o tal vez como el agua. La necesitaba con todo su ser y ya no lo podía negar. Ella emanaba un calor adictivo, poseía un sabor exquisito. Cada gesto, cada palabra. Tal vez por su belleza o por el todo de voz, cualquier cosa que provin

