Capítulo Tercero

1910 Palabras
Lejos estaban las cosas de mejorar. Aquella noche, Amira volvió a la mansión con un sentimiento agrio en la boca. Tenía miedo de sus propias reglas, de que Nicholas se las haya tomado tan enserio. Cuando ingresó, sintió que el alma se le había desplomado al suelo en el momento en que notó el excesivo silencio, tragó saliva e hizo acopio de valentía antes de caminar hasta la sala. De pie, sirviéndose un vaso de wiski escocés, Nicholas la oyó entrar y no necesitó girarse a verla para saber que de su esposa se trataba. El tenue aroma que desprendía las prendas y todo el cuerpo de Amira inundaron la sala. Una exquisita fragancia a flores silvestres que sorprendió a su esposo. Desde que había acorralado a Amira en la cocina de aquella casa de los suburbios, había podido percatarse que olía muy bien. Ahora parecía confundido porque el vago recurso de aquella tarde le perseguía como un fantasma capaz de percibirse con aquel sentido. Comprendió entonces, que había estado esperando a que regresará para poder comprobar que aquel recuerdo nítido de hace un par de otras atrás era el correcto. Anhelaba comprobar si realmente no se había confundido. Y eso le molestaba de una manera inexplicable. Detestaba la idea de tener algún deseo hacia ella, aunque sea simplemente volver a sentir su aroma. - Te estaba esperando. –dijo él, rompiendo el silencio– - ¿Para qué? –preguntó con la voz algo temblorosa– - Para cenar. Debemos cenar juntos ¿No es acaso lo que las parejas normales hacen? - No tengo hambre. –sentenció, incapaz de saber cómo abordar tal situación– - No seas niña. –soltó girándose hacia ella y bebió de su trago. Ella se tensó de inmediato– - ¿Y Carmen? –preguntó, desviando la mirada. Él se encaminó al gran comedor, el cual jamás, en aquellos dos año, había usado– - Le di la noche libre, a ella y las demás también. –Dijo sonriendo gustoso de incomodarla.luego, ingresó al sitio – Amira lo siguió hasta el comedor. cuando entró, se dirigió a su sitio habitual y se encontró con un plato dispuesto frente a él. Ella suspiró tomando asiento. Nicholas la observó detenidamente. Pudo descubrir que su esposa se había duchado en aquella casa porque su cabello se conservaba húmedo y la ropa holgada había sido cambiada por un vestido verde agua. Uno muy campestre para su gusto. - Envié a qué colocaran nuestras pertenencias en la habitación principal. –le informó él cuando ella estaba por introducir una rodaja de sushi en su boca– - ¿Qué? ¿Por qué?. –interrogó sorprendida– - Porque son tus reglas. –sentenció él, levantando la mirada hacia ella– ¿Acaso ya olvidaste? Amira no pudo decir más nada y él no pronunció palabra alguna lo que restó de la cena. Ambos, en silencio, comieron sin siquiera mirarse, rodeados de una tensión que podía tocarse con las manos. Acabada la cena, ella subió al piso superior y revisó la habitación que había estado ocupando los dos últimos años. La encontró completamente vacía de sus pertenencias, pero prolijamente ordenada. Desde el día de su boda, ambos habían preferido utilizar habitaciones de huéspedes, dejando olvidada la habitación nupcial. Ella, incapaz de usarla; y él, dispuesto alejarse lo más posible de la idea de “pareja felizmente casada”. Ahora, se veía caminando por el amplio pasillo hasta la última puerta. Cuando la abrió, se encontró con una gran cama king size y suspiró profundo ingresando y cerrando la puerta tras ella. Dio un par de pasos hasta la cama y acarició las finas sábanas de seda gris; entonces, se dispuso a buscar su pijama. Luego de asear sus dientes y cambiarse de ropa, apagó las luces y se metió a la cama. Intentó dormirse cerrando los ojos, esperando que le sueño le nublara la razón instantáneamente, pero no podía lograrlo si en su cabeza solo rondaba la idea de compartir la cama con él. Y más tensa se puso cuando lo oyó entrar. Le pareció eterno el ir y venir de sus pasos por toda la habitación, y por más curiosa que se sentía por ver qué hacia, no movió ni un milímetro de su cuerpo. Cuando Nicholas se recostó en la cama, la miró y suspiró acercándose a ella. Posó su mano en su pequeña cintura y ella se estremeció por la sorpresa y los nervios que le provocaba compartir la cama con él. Era su esposo y había soñado con eso muchas veces, pero ahora se sentía aterrada. Él se pegó a su cuerpo antes de deslizar su mano hacia el abdomen de Amira. Era una caricia lenta y muy leve, toda su mano rozaba apenas su cuerpo, podía sentir la suavidad de la tela más que otra cosa. Sonrió de lado al sentirla tiritar, no porque le diera gracias, más bien por incredulidad. - ¿Por qué me has exigido tanto si te doy tanto miedo? –le susurró al oído y ella se volvió a estremecer– - No te tengo miedo. - ¿A no? Puedo sentir como tu cuerpo tiembla. - Sólo... - ¿Acaso es porque te da miedo que te toque?. –soltó burlón y ella se ofendió. Giró todo su cuerpo hacia él, empujándolo un poco para alejarlo– - Pues, no quiero que se me pegue alguna enfermedad venérea, luego de que metiste lo tuyo en esa cualquiera que tienes de amante. –dijo molesta– Al acabar la frase, pudo apreciar su rostro en penumbras, gracias al gran ventanal abierto y las luces del jardín que se colaban tenuemente por él. Los ojos azules tan claros de Nicholas parecían ahora más oscuros, no supo si era producto de la intensidad de su mirada o por la escasa iluminación de la habitación. Ella bajó la vista avergonzada y cohibida, realmente sentía un dulce cosquilleo en la barriga cada vez que sus ojos de cruzaban y, si no quería actuar como una demente y asaltar sus labios por un beso, debía desviar la mirada. Lo que no sabía ella, era lo ansioso que estaba él por poder apreciar sus expresiones al tenerla así de cerca, pero no podía ver bien a contra luz y eso le estaba diciendo perder la paciencia. - ¿Por qué hiciste esto? –rompió el silencio que se había formado– - ¿Esto qué? - Todo. - ¿Te refieres al divorcio?. –indagó ella más confundida aún– - Me refiero a todo. Al matrimonio, a convivir, al divorcio. - Creí que podrías quererme algún día. - ¿No pensaste en que obligarme no sería la mejor decisión? - No te obligué. Tu me lo propusiste, en la cena de negocios con los socios de New York. - No seas hipócrita. Era tu estúpido deseo. –dijo con malicia y ella sintió que el nudo en su pecho aumentaba de tamaño a cada segundo– - ¿Qué? –dijo sentándose en la cama y encendiendo la farola de noche para verle a la cara– ¿Te has vuelto loco? Yo no exigí nada. - ¿Puedes dejar de mentir de una vez? –dijo sentándose él también, quedando los dos frente a frente– Bastaría con que admitieras tu desesperada jugarreta para casarte conmigo. La sonora bofetada que impactó sobre la mejilla de Nicholas se oyó por toda la amplia habitación. Los ojos de Amira se le llenaron de lágrimas y jadeó incrédula por tan viles mentiras. Se sujetó del pecho como si eso pudiera detener la angustia creciendo en su interior. - Cómo te atreves a decir tales cosas. Creí que te gustaba, que realmente me amabas. Por todos tus estúpidos regalos, por tus emails. Y cuando me lo pediste, creí que en verdad te hacía ilusión. –el frunció el ceño y ella aparto la mirada– - ¿De qué mierda hablas?. Jamás te envié nada, ni emails ni obsequios. - Sí, fui una idiota. Ya me di cuenta de que nada de eso era verdad. Cuando firmaste el acta matrimonial y tus ojos miraron por primera vez tan directo a los míos, me di cuenta que algo estaba mal y ni siquiera se qué es. Desde entonces, me culpas de todo y no tengo la más mínima idea de que hablas. - No puedo creer que inventes tantas mierdas. - Pues bien –se puso de pie y busco en su bolso, el cual estaba sobre el sofá cerca del ventanal. Regresó hasta la cama y arrojo el móvil a la cama, molesta– Busca tu mismo los estúpidos correos que me enviaste; tú o no sé quién. –se encaminó a la puerta pero antes de abrirla se volteó a verlo– Busca en el maldito apartado de favoritos. La contraseña es la fecha de nuestro aniversario. Amira salió de la habitación dando un sonoro portazo, y él tomo el móvil cuando se vio solo en el cuarto. Presionó el botón de bloqueo y observó la imagen que tenía de fondo. Era una foto de ellos en la sala del registro civil, él le colocaba el anillo con una expresión realmente seria y ella le miraba hacer, con devoción. Supuso que se la había tomado su hermana Eva, quien había hecho de testigo aquel día. No perdió más tiempo y rápido colocó la fecha de su boda y el móvil se desbloqueó al instante. Dejando ver en el protector de pantalla una fotografía de ella sosteniendo un gran ramo de rosas rojas en la oficina que su padre le había asignado cuando la nombró su secretaria. Buscó rápidamente la casilla de correos e ingresó al apartado de favoritos. Encontró un solo correo de mensajes destacado y tenía su nombre en él. Le dio “click” y de dispuso a leer desde el inicio. Se horrorizó mientras más avanzaba en la lectura y tuvo que detenerse a comprobar que fuera su correo original varias veces en el transcurso. Ya ni siquiera podía sentir el escozor en la mejilla, ahora solo podía percibir una sola sensación: impotencia. “Hoy te vi en la oficina, te veías tan linda”. “Me gustaría invitarte a salir, pero las políticas de la empresa son una porquería”. “Hoy te vi antes de entrar a la junta de accionistas, te veías hermosa” “Estoy en New York, la próxima vez te traeré conmigo aunque sea prohibido” Siguió leyendo realmente impresionado y sorprendido de lo que sus ojos veían. Pero, se detuvo en los siguientes mensajes al ver las fotos adjuntas que “ambos se enviaban”. De su correo se enviaban imágenes de joyas con pies de página diciéndole que se lo había comprado; después, ella los lucía en la siguiente imagen. Las flores que adornaban su escritorio cuando recibía flores o los bombones que recibiría pronto. Entonces palideció. Se encontró con la foto que ella había seleccionado como foto de pantalla y su respuesta le obligó a leerlo y releerlo. Este decía: “Eres hermosa. Creo que me estoy enamorando y ni siquiera puedes imaginarte todo lo que siento por ti". No podía hacer más que investigar. Necesitaba descubrir si todo eso era real y, si era así, quien había estado usurpando su identidad, inventando todo aquello.
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