La noche se instala en mi casa de una forma distinta. No por el silencio —mi casa siempre es silenciosa—, sino por el peso que trae consigo la presencia de Dasha sin la tensión habitual del juego, sin el filo de la conquista, sin esa electricidad que siempre termina llevándolo todo hacia lo inevitable. Esta vez no hay estrategia. No hay cálculo. Solo una calma frágil que podría romperse con cualquier palabra mal dicha. Le muestro una de las habitaciones de invitados, amplia, sobria, limpia como todo en esta casa. Sábanas impecables, luz tenue, cortinas que bloquean la ciudad. Dasha se queda en el umbral un instante, como si cruzarlo implicara admitir que está aceptando algo más que un techo. —Si necesitas algo… —empiezo. —Lo sé —me interrumpe, sin dureza—. Gracias. La palabra queda su

