LO QUE QUEDA DE LA NADA

917 Palabras

La cocina amanece distinta cuando no estoy solo. La luz entra despacio por los ventanales, suave, casi tímida, como si también dudara de ocupar el espacio. Dasha está sentada en uno de los taburetes de la isla, con una taza entre las manos, el cabello aún suelto, los ojos cansados. No hay prisa en sus gestos. No hay tensión inmediata. Solo una quietud extraña, nueva. Yo preparo el desayuno sin pensarlo demasiado. Café, pan tostado, algo simple. El sonido de la cafetera rompe el silencio de manera amable, doméstica. No recuerdo la última vez que compartí una mañana así. No con una mujer que no se fue antes de que amaneciera. No con alguien que decidió quedarse sin que yo se lo pidiera. —No dormí nada —dice ella de pronto, sin mirarme. Es una confesión pequeña, pero honesta. —Yo tampoco

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