La puerta se cierra detrás de nosotros y el sonido queda suspendido en el aire, pesado, definitivo, como si la casa misma hubiera entendido que algo acaba de cambiar. No hay marcha atrás en ese clic seco que resuena más de lo que debería. No hay palabras. No las necesitamos. El beso vuelve a encontrarnos con una urgencia distinta, más cruda, menos calculada. Ya no es provocación ni advertencia; es una elección tomada demasiado tarde como para deshacerla. La boca de Dasha se abre bajo la mía sin resistencia, con una respuesta que no pide permiso ni lo concede. Sus manos suben por mi cuello, se aferran como si el equilibrio dependiera de eso, como si soltarme implicara caer en algo que no está segura de poder controlar. La levanto apenas, lo suficiente para sentir su peso, para confirmar

