Despierto con la certeza de que algo no encaja incluso antes de abrir los ojos. La cama está demasiado fría a mi lado. El silencio no es el habitual. No hay respiración ajena marcando un ritmo distinto al mío, no hay peso, no hay rastro inmediato de la noche anterior más allá de la memoria todavía tibia bajo la piel. Abro los ojos y la habitación me devuelve una verdad incómoda: estoy solo. Dasha no está. Me incorporo despacio, como si hacerlo de golpe pudiera cambiar algo. Recorro el dormitorio con la mirada. Nada fuera de lugar. Ninguna prenda olvidada. Ninguna señal de prisa. Solo orden. El tipo de orden que deja alguien que decidió irse sin hacer ruido. No la eché. No se fue porque yo lo decidiera. Y eso me atraviesa con una violencia que no esperaba. Cruzo la casa con pasos fir

