Esa noche hago lo que siempre hice, o al menos eso intento decirme mientras dejo atrás el edificio de la empresa con la agenda cumplida y la cabeza saturada de números que no logran cubrir lo que no debería estar ahí. No vuelvo directo a casa. Giro el volante hacia el sur casi por inercia, hacia uno de esos bares donde nadie hace preguntas y donde las miradas se cruzan con la misma facilidad con la que se olvidan al día siguiente. Es territorio conocido, seguro, predecible; un espacio donde el deseo funciona como una transacción simple y donde nada se arrastra más allá de la madrugada. Entro y el ambiente me recibe con luces bajas, música calibrada al punto exacto entre lo íntimo y lo impersonal, cuerpos que se mueven con una cadencia ensayada. Es el tipo de lugar donde nadie espera demas

