La mansión me recibe con su silencio exacto, ese que siempre me ordena la cabeza apenas cruzo la puerta. Las luces se encienden a mi paso con una precisión casi quirúrgica, como si el lugar supiera que necesito control, estructura, respuestas inmediatas. El mármol refleja mi figura sin distorsión: traje impecable, hombros rectos, expresión contenida. Todo está donde debe estar. Excepto yo. El beso vuelve sin permiso, con una claridad que me irrita. La presión de su boca contra la mía. El segundo exacto en el que no se apartó. El calor de su cuerpo respondiendo antes que sus palabras. No fue un error torpe ni una impulsividad pasajera. Fue una elección breve… y suficiente como para dejarme así. Subo las escaleras sin detenerme. Me deshago del saco con un gesto brusco, aflojo la camisa, d

