El día amanece con una claridad que no promete nada extraordinario. Me levanto antes de que el sol termine de ganar altura, con el cuerpo aún tenso y la mente demasiado despierta. La noche no dejó descanso real; dejó certezas incómodas. La rutina vuelve a imponerse como una armadura conocida: agua fría, café n***o, traje oscuro. Me observo en el espejo el tiempo justo para confirmar que nada se nota. Que nadie podría adivinar lo que arde por debajo. Salgo de la mansión con la misma puntualidad de siempre. Miami ya está en movimiento, húmeda, ruidosa, indiferente. El tráfico avanza, las agendas se cumplen. Yo también. En la empresa, el día se despliega con normalidad quirúrgica. Reuniones, llamadas, decisiones que no admiten pausa. Hablo con firmeza, escucho lo justo, corto donde hay que

