La mañana siguiente al cumpleaños de Marcos, la chica de cabello rosa se encontraba caminando entre saltitos rumbo a la Papelería en busca de nuevos colores para su uso personal, el día anterior había visto dos caras muy graciosas que necesitaba plasmar en dibujo porque si no ¡moriría! Puesto que cada que se le metía una idea a la cabeza la tenían que plasmar, era su más preciada ley.
Sus antepasados, dos de ellos artistas plásticos, le habían obsequiado el don de dibujar, pintar y diseñar. Nunca quería alardear, pero sus dibujos eran demasiado buenos. Ella siempre soñaba con tener su propia galería, era su única petición: graduarse, abrir su galería y seguir nadando en las famosas curvas, líneas, ondas y colores del arte.
Mientras lamía una paleta, al llegar finalmente a la papelería se dio cuenta de que aún seguía cerrada.
—Son las ocho en punto... —Susurró después de ver su reloj y acercarse lentamente a los vidrios que formaban la fachada del lugar.
—¡Boo! —Gritó una voz causando que la chica diera un brinco e hiciera caer su paleta.
—¡Idiota! ¡Ábreme! —Comenzó a darle golpes a la puerta de vidrio al ver a un chico de melena rizada carcajearse dentro mientras la señalaba.
El chico abrió la puerta con una sonrisa burlona, Roxana lo quería matar, no solo por el susto, si no por la paleta que yacía hecha pedazos en la suelo.
—¿Quién eres? ¿En dónde está el tío de Marcos? —Cuestionó viendo con recelo al chico que la detallaba.
—Puedo ser tu tío si quieres, muñeca.
—¡Ay! —Roxana sintió un escalofrío por el disgusto —Eco, lárgate de aquí —Le dio un empujón adentrándose mejor al lugar, en busca del estante de los colores.
—Me largo entonces, pero no tendrás quien te atienda si lo hago —El chico se alzó de hombros mientras ella lo miraba con los ojos abiertos mostrándole que no le importaba lo que decía.
—Te puedes ir...
—Si se pierde algo, es tu culpa so... ¡Bye bye! —El chico desapareció.
Roxana no lo conocía pero tampoco quería hacerlo, le parecía irritante.
Tarareando alguna canción de Dua Lipa encontró los colores con la marca de su preferencia y sonrió cuando vio que habían llegado algunos juegos de escuadras de varios colores. Tomó el juego de escuadra de su preferencia junto a sus colores y dos marcadores fosforescentes y con una sonrisa, segura de que se encontraría al tío de Marcos, se dirijo a la caja; no obstante, para su sorpresa, el hombre no estaba allí, de hecho... nadie estaba.
—¡Mierda! —Expresó, no tenía idea de cómo usar el punto inalámbrico, no podía hacer un pago rápido porque gracias a la delincuencia de la ciudad salía de casa sin su teléfono ¡Estaba fregada!
—¡Hola de nuevo!
—Jamás te saludé —Siguió mirando la caja al escuchar la voz del chico a sus espaldas.
—Pues tienes que hacerlo porque si no lo haces no te daré esto, ¡vamos! ¡Mírame!
En cuanto la chica se giró se encontró con una paleta exactamente del mismo color y forma que la que le había dado su padre.
—¿No le echaste alguna droga? —Le preguntó mientras de un tirón se la quitó y la observaba con cautela en busca de algo malo.
—No tengo las drogas encima ¿estás loca? —Le sonrió él mientras se adentraba al cubículo en donde podría cobrarle.
—¿Cómo te llamas? —Lo observó mientras le daba una lamida lenta a la paleta en busca de algún sabor extraño.
—Aquiles —Volvió a sonreír tras con una gorra ocultar en gran parte su melena —Aquiles Arteaga, hijo adoptivo de Adrian, el tío que estabas buscando —Ella dio otro lametazo ya confiada de que no había nada raro y le entregó lo que pagaría —¿Conoces a Marcos? Es que lo... nombraste.
Roxana intentaba observar el aura del chico, pero por alguna razón algo se lo impedía. Había perdido los demás sentidos, pues solo se concentraba en verlo; tenía la piel tostada, algunos músculos se podían ver en sus brazos por encima de su sudadera estrecha, sus manos se veían limpias, las uñas igual, desde allí no olía mal...
—A ver, acércate —Le pidió, el chico extrañado se acercó con cautela hasta quedar a pocos centímetros de su cara —A ver, exhala —El chico frunció el entrecejo pero al ver la seriedad de la más baja obedeció con temor.
Bien, allí tampoco olía mal. Era un chico guapo.
Dentro de las instalaciones de la universidad Marcos se encontraba buscando desesperadamente a su amiga Bianca; tenía que contarle lo que le había pasado esa madrugada, se sentía ansioso y avergonzado, pero debía decírselo a su amiga para que esta pudiera calmarlo.
—¡Bianca! ¡Biaanca! —Gritó mientras corría al localizarla hablando con un hombre, pero al ver que se trataba del padre de la misma se detuvo y comenzó a caminar decentemente.
El señor Luis Colmenares no era egocéntrico ni un imbécil como la mayoría de las personas que tenían su estatus social, pero era admirador de las personas que sabían comportarse adecuadamente en cualquier lugar; defendía el buen comportamiento y la educación como si fueran sus propios hijos, de hecho, una vez Marcos le había escuchado decir que “ser parte del monte no te hace parte del montón”, desde ese día y por otras cosas más Marcos lo admiró.
—¡Marcos Andrés que gusto verte! —Le despeinó el cabello con cierta familiaridad y el chico le sonrió —Hay algo que quiero comentar contigo pero es que ni siquiera se lo he dicho a Bianca ¿quieres venir a cenar hoy a la casa?
—¡Por supuesto! —Respondió con alegría pero al ver a su amiga su sonrisa disminuyó.
Bianca no estaba contenta con la presencia de su padre en la universidad, de hecho, la irritaba. Antes de llegar al lugar un par de periodistas los habían rodeado para hacerle algunas preguntas relacionadas con algún dinero de una de las muchas fundaciones de las que era parte con el tramposo del Director Chacón.
Eran muchas las cosas que la hacían pensar que el nombrado solo estaba en ese cargo formando fundación tras otra solo por el dinero; Bianca tenía miedo de que su padre se viera envuelto en algo peligroso por culpa del hombre.
—Bueno, muchachos, entonces los veo en la noche ¡Cuídense y pórtense adecuadamente!
El padre de Bianca desapareció tras entrar al despacho del director y Bianca se cruzó de brazos mostrando molestia.
—¿Estás molesta porque me invitó a cenar?
—Cómo vas a pensar eso, no seas pendejo, Marcos... —Su mirada seguía fija en el despacho.
—¿No te parece como raro que tu papá quiera que vaya a cenar?
—No, está tramando algo, ya sabes cómo es, se la da de misterioso —Suspiró mientras se alejaban del lugar.
—Mejor no hablemos de misterios —Marcos se apresuró en decir —Porque para eso hablamos de ti —Bianca le sonrió echando a un lado su cabello liso n***o mostrando una cara misteriosa, ambos rieron —No, mejor hablemos de mí, tuve un sueño húmedo... y no me vas a creer con quién.
—Uhm... déjame pensar —Se llevó el dedo a la sien, pensando —¡La profe Sonia! Ayer después de la conferencia no dejabas de hablar de lo hermosa que era.
—Shhhhhhhhhhhh —El chico sintió los nervios atacar cada parte de su cuerpo —¿¡Qué te pasa pendeja!? ¡Te pueden escuchar!
—¿Ah no? —El chico negó rápidamente con la cabeza pero después comenzó a asentir con cara de preocupación —¿Qué soñaste, cochinito?
—No te puedo decir ahora, porque voy tarde a la clase de Salud Colectiva por tu culpa —Le reprocho aunque no seriamente.
—Quieto quieto borreguito, tranquilo, tendremos tiempo en la noche para discutirlo; llévate ropa para que te quedes, y no vayas a invitar a la apestosa de Roxana, ya la soporté ayer, hoy no tengo ánimos.
Tras despedirse de su mejor amiga el chico se dirigió a la su clase favorita; el primer año había estudiando Salud Colectiva I y había quedado encantado con los proyectos comunitarios en los que la profesora los hacía ser parte, de hecho, la profesora Valeria Campos era su profesora favorita, puesto que no solo hacía a la clase trabajar en equipo mejor que otros, sino que también abordaba todo tipos de temas con facilidad, haciendo que él hubiese corrido tras ella cada que tenía dudas por otras materias.
Entusiasmado por lo que sería lo que se avecinaba, con una sonrisa Marcos abrió la puerta adentrándose tras un “permiso, disculpe la tardanza” a la clase. Pero el silencio que se formó entre todos cuando él llegó hizo que dejara de visualizar lo que sería su pupitre y girara lentamente hacia la pizarra.
—¿Quién le dijo que podía entrar a mi clase después de llegar diez minutos tarde?
Sus sentidos se salieron de control.
Era la mujer con la que había tenido aquél sorpresivo sueño alocado, era la profesora Sonia Chacón.