—Entonces dijo con su sexy voz española: “Que sea la última vez que se os ocurra entrar como si nada después de haber llegado tarde.”
—¡Y olé! —Roxana aplaudió una vez y sus amigos rieron.
—¿Pero te dejó entrar?
—¡Me sacó, wey! —Respondió Marcos sintiéndose aún molesto —¡Me sacó de mi clase favorita!
—Es muy raro, tal vez no ha sido un buen día —Le explicó Bianca —Te lo digo porque papá habla maravillas de ella, al igual que el Director Chacón.
—Pues yo no sé qué pedo, pero sí fue bien cabrona —Opinó la más baja.
Marcos se alzó de hombros. Le había molestado en demasía la actitud de la profesora ¡Nunca en su vida estudiantil lo habían sacado de clases! ¿Qué habría pasado con la profesora anterior? Y ¿Por qué esa mujer no había sido capaz de empatizar con él siendo esa la primera clase del año? Lo peor de todo era que el chico se había enterado que ella misma sería su profesora de Cariología, esa de la que todos hablaban. Había empezado con mal pie.
Los tres amigos visualizaron dentro de una camioneta al chofer de Bianca que iba por ellos como todos los miércoles y viernes ya que solían salir muy tarde de clases; pero antes de que pudieran acercarse para subir, Marcos le entregó todas sus cosas a Roxana para ir corriendo al salón de Periodoncia. Había dejado el estuche con sus instrumentos en el escritorio del profesor, pues él los había prestado para que sirvieran de prueba a la clase.
Claro que se le había olvidado tomarlos, porque antes de finalizar la clase la profesora Sonia Chacón había entrado al salón interrumpiendo todo.
Marcos no pudo contenerse a pesar de estar molesto; se mentiría si dijera que no estuvo observando sus perfectas nalgas mientras dándole la espalda a él, hablaba con el profesor. Hasta se había limpiado los lentes porque el panorama estaba borroso. Él era un hombre, y tenía como debilidad muchos atributos de las mujeres, aunque muchos creyeran lo contrario por su forma de ser.
—¡Joven! —Él profesor no se sorprendió al verlo llegar —Aquí están sus cosas, tenga más cuidado la próxima vez; no todos somos honestos.
Marcos le sonrió —Uff, pensé que tendría que esperar a mañana, eso sí es un riesgo ¡hasta luego profe!
Con pasos apresurados el chico dirigió sus pies hacia la salida, pero fue una voz conocida la que lo hizo detener. El salón de Periodoncia quedaba tres salones después de la oficina del director, y era de allí de donde venían las voces. Él no era chismoso, solo era una persona curiosa como cualquier otra, por eso se detuvo a escuchar lo que parecía ser una discusión.
—No te molestes, mira, velo de esta forma... —Marcos no pudo descifrar lo que el hombre decía después.
—¿Y es así como debo estar siempre? ¡Como un títere!
—Ay, Sonia, deja de comportarte como la putita berrinchuda que solías ser...
El chico pegó más su oreja a la puerta. Cómo agradecía que a esas horas nadie se paseara por ese piso, aunque tenía miedo de que el profesor de Periodoncia saliera ¡Ay! Como mínimo lo pondría a limpiar el salón por una semana.
—No... —Se escuchaban gruñidos tras risitas que el chico claramente pudo identificar como llenas de morbo —Por favor...
—¡Buenas tardes! —Entró sin pensarlo a la oficina. Su corazón latía sin frenos. Él tenía que detener lo que sea que iba a pasar.
Bianca se cruzó de brazos tirándole un quinto ojo a la salida esperando por su mejor amigo —Ni que estuviera dándole la vuelta al sol, Dios, seguro se quedó chismeado.
—Relájate —La codeó la chica de cabello rosa —¡Oh mira, wey! Ahí viene...
—¿Esa no es la señorita Chacón? —Bianca achinó los ojos viendo cómo Marcos le regalaba una sonrisa tímida a la profesora y se despedían sacudiendo sus manos.
—Válgame Dios, ya está, ya está ¡Se emperró! —Decía Roxana con una sonrisa —Míralo, míralo, ahí viene ¡Mira esa sonrisa! ¡Galááán!
—No me jodan... —El chico soltó una risita nerviosa —Me ha dicho que no me puso la falta.
—¿Por eso te tardaste? —Alzó una ceja Bianca.
Marcos asintió lentamente sin saber si era correcto decir lo que había escuchado y visto en esa oficina, así que después de agradecerle al chofer por esperar entraron a la camioneta.
—Tengo que decir algo —Roxana tomó de la mano a sus amigos —¡Hoy tengo una cita!
En su pecho no cabía la emoción; quería comentarle a sus amigos que esa mañana había conocido a Aquiles, que a pesar de ser un poco confianzudo, pues le había agradado mucho y la había invitado a comerse algunas fresas con crema, ¡y por supuesto que había aceptado! Tal vez si le hubiera dicho que irían al cine lo hubiese pensando, pero es que la chica nunca se había podido resistir a un jodido postre o dulce.
—Yeiii —Expresó sin mucha alegría la pelinegra —Si es como el anterior no quiero saber.
—¡No seas odiosa! al menos alégrate por mí, ¿hace cuánto que no tienes una cita?
—Hace un mes.... —La chica no despegaba su vista del teléfono.
—¡Ves! ¿Y desde hace cuánto te dije que saldría con un chico?
—No lo sé... —Se alzó de hombros —No ando pendiente de tus cosas, Roxana.
—Marcos lo sabe —La más baja miró a su amigo —Marcos... ¡Marcos Andrés!
El nombrado espabiló —Sí... sí me tardé por eso.
—¿Wey, estás bien? —Bianca tocó su frente al ver que estaba haciendo una de sus manías cuando estaba pensativo y tocó su cuello buscando algún síntoma de fiebre —¿De qué hablas?
—Ah nada... —Miró a Roxana —Yeiii una cita, ¿con quién? ¿Con tus jefes?
Roxana se dio una palmada en la frente, la otra chica solo rió por lo despistado que era su amigo en ocasiones.
Y es que cómo no iba a estar despistado; desde que había subido a la camioneta no había dejado de pensar en lo que sus ojos vieron. Él no quería dárselas de detective, pero al menos iba a acudir al stalker para encontrar información de la mujer de ojos avellanas y su verdadera relación con el Director.
El Director y ella tenían el mismo apellido pero eso solo podía ser una gran coincidencia, no había manera de que fueran familia... ¿o sí? La mente de Marcos iba desde pensar en lo agotador tanto física como mental de su trabajo, hasta las curvas de su profesora ¡Dios Santo! pero, ¿qué hacía pensando tanto en esa mujer y por qué la estaba comparando con un delicioso brownie?
—Chicos, aquí los dejo, ¡se les quiere! —Bianca le sonrió a sus amigos tomando su cartera —¡Nos vemos en la cena, Marquitos!
Tras cerrar la puerta de la camioneta y que sus amigos quedaran desconcertados por aquella parada, la pelinegra guardó su teléfono caminando con confianza a la recepción. Iba a ver a su padre, y cómo no, quizás a ver si el guapo hombre que había visto el día anterior estaba de guardia en la UTPS, una de las clínicas más famosas del país.
—Señorita Colmenares, es un placer verla —El recepcionista le sonrió con falsedad. Claro que Bianca sabía cómo identificar las sonrisas verdaderas y las de compromiso; ella no era un pan de Dios, y además muchos le tenían envidia —Su padre ha salido hace unos minutos, pero puede pasar a su oficina a esperarlo si quiere.
—Gracias, Adolfo —Expresó dirigiéndose a los ascensores.
Por fortuna, la oficina de su padre quedaba en un área en donde no habían pacientes, y es que aunque podría parecer mentira: Bianca Colmenares le tenía pánico a las personas que lucían muy enfermas. Sí, ella era estudiante de Medicina, pero ese lado no había aprendido a superarlo, y menos después de haber visto a su tío favorito morir con lentitud aún estando en manos del mejor dermatólogo del país.
Su padre le había dicho muchas veces que ella no iba a estar en la universidad frente a un profesor todo el tiempo “jugando”, pues debía estar consciente que las cosas en la calle, o mejor dicho, en el quirófano, eran mucho más diferentes de lo que solía ver en los libros e inclusive en los programas de televisión. Todo eso la aterraba, pero sabía cuál era su meta y no iba a desistir de ella.
La pelinegra soltó un suspiró cuando las puertas del ascensor se abrieron y puso un pie fuera caminando a la oficina de su padre, en donde, por sorpresa, se encontró con un hombre saliendo dentro de ella con movimientos sospechosos.
—¿Hola...? —La chica frunció el ceño cuando el hombre aún permanecía de espaldas a ella —Disculpa, ¿qué hacías en la oficina del Doctor Colmenares?
El hombre acomodó su postura volteándose lentamente para sonreírle de oreja a oreja dejándola paralizada. Era el hombre blanco de cara pícara, nariz perfilada, labios gruesos, con flequillo, alto, musculoso pero no pasado, y ojos negros que vio el día anterior en la conferencia. El que le había hecho soltar millones de suspiros durante media hora, ese.
—Ay, por Carolina Herrera... —Logró articular, abrumada por los ojos que la detallaban de pies a cabeza.
—¿Nos conocemos? —El hombre sacó la voz más gruesa y sexy que la pelinegra había escuchado en su vida.
—No... sí... no sé —Tragó hondo, el hombre estaba a pocos centímetros de su cara —Soy...
—¡Hija!
—Papi... —Pronunció, pero mirando a los ojos al hombre que le había quitado el sueño en la madrugada.
—¡Doctor Luis! Estaba esperando con la señorita aquí afuera por usted; hay algo que con urgencia debo comentarle.
Bianca no pudo actuar a tiempo. Ese hombre no estaba afuera con ella esperando a nadie, ¡ella lo había pillado in fraganti cuando salía de la oficina en donde NO estaba su padre! ¿Qué hacía ese guapo hombre allí solo?
—¿Te presenté a mi hija, Juan Elías?
El nombrado tragó hondo y sonrió sintiéndose algo nervioso —No había tenido la fortuna.
La pelinegra lo vio sonreírle con picardía, pero algo le olía mal, y no era su perfume de Chanel y mucho menos el de Paco Rabanne del perfecto hombre llamado Juan Elías.