Capítulo 4: Citas.

1788 Palabras
Roxana posaba frente al espejo con la autoestima por las nubes. Ella estaba clara de que era chaparra, de que tal vez su nariz no era perfecta pero se amaba así, incluso con su forma de vestir que consideraban rara. Pero es que para ella no había ropa más cómoda; aquellos shorts de jean claro, su camisa rosa manga corta holgada con el deletreado “s**t” en n***o, su sombrero n***o con una pluma verde haciendo resaltar su cabello rosa y finalmente sus converse la hacían sentir genial. Tenía una cita; su mente no dejaba de repetir esas tres palabras. Estaba emocionada. Su última cita no había salido muy bien, pues el chico le había dicho que iría a reclamarle algo al jefe de cocina y jamás regresó. Sí, así tan cliché; el chico que, aunque le llevaba unos cinco años y mostraba verse lo suficientemente maduro como para decirle en la cara: “Roxana, esta cita apesta, me quiero ir”, la había dejado allí. ¿Pero había llorado? Claro que sí, pero de la risa porque se le había acercado a una abuelita que comía sola y esta le había contado tantas anécdotas que de tanto reír había dormido plácidamente sin pensar en el inmaduro de su cita. Ella estaba segura que esa vez sería diferente, pues Aquiles parecía tener la misma energía que ella, nada que no conociese. —¡Rox tiene una cita! —Gritó su hermano de ocho años mientras corría por toda la casa. La mayor logró capturarlo por la camisa cuando pasó por su frente —Quieto, chamaco come moco, deja de gritar, pareces camionetero. —¡Rox tiene una cita! ¡Una ciiita! —El niño hacía muecas, ella solo lo abrazó —Le diré a papá y mamá cuando lleguen, chao. Ese niño sí era bipolar, pensó la chica. Su hermano corrió hasta tumbarse en el sofá, tomar los controles del play y le sacó la lengua. Claro que lo amaba a pesar de que pudiera ponerse insoportable, pues tenía un déficit de atención que estaba bajo tratamiento y terapias. Se aseguró de que no hubiera nada con que el pequeño Tobías pudiera envenenarse y cerró la puerta con seguro. Debía verse con Aquiles cerca de la papelería, pues en las tardes -casi noche- comenzaban a trabajar los puestos de comida callejera. Claro que se le antojaban las fresas con crema, pero quería comerse unos buenos tacos al pastor, y eso se lo iba a invitar a él antes. —¡Hey, hey! —El chico alzó sus manos haciéndose notar entre la multitud de la clientela en busca de las famosas fresas. Ella dando algunos saltitos llegó a su lado —¡Hola! —Le sonrió —¿Ya tienes número? —Hay que esperar —El rizado le sonrió mientras la miraba de arriba abajo  —¡Cool! —Gracias —Se sintió más confiada —Pero entonces... mientras esto se desocupada podemos ir por unos tacos ¡Yo invito! ¿Quieres? Nadie se podía resistir a los tacos, y menos Aquiles con la cara que le había puesto la más baja, y es que se veía demasiado tierna. Tan tierna como para tomarla de la mano y caminar con ella fuera hasta llegar al puesto de tacos. —Unos tacos al pastor. —Que sean dos, seño —Ordenó el rizado sin soltar a la más baja y buscar un lugar donde sentarse —Entonces, Roxana, ¿eres amiga de Marcos? —¿Cuál es tu insistencia, wey? —La chica rió, el contrario se alzó de hombros —Sí, de hecho es mi mejor amigo. —Wow... hace mucho tiempo que no entablo una conversación con él, ¿estudia Odontología verdad? La chica asintió —Y yo cómo quizá te pudiste dar cuenta, estudio diseño gráfico —Se sacudió los hombros en broma, ambos rieron —¿Y tú qué haces? Digo, aparte de ayudar a tu papá. —Bueno, hace unas semanas me vine de Culiacán, así que no he hecho mucho, es que... bueno tenía aproximadamente tres años viviendo con mi verdadera familia. Las últimas palabras hicieron que la chica se sintiera confusa —Chaaale ¿Por qué lo dices así? Cualquiera que te ve piensa que tu familia adoptiva es mala eh. —Lo es... —Se aclaró la garganta —Bueno pero ¿vamos por las fresas después verdad? Roxana asintió con una sonrisa pero con miles de preguntas pasando por su mente. ¿Qué tenía de malo la familia de Marcos como para que Aquiles considerara eso? No lo sabía, pero sabía que pronto lo descubriría. Varios kilómetros alejado del lugar en donde se encontraban aquél par, Marcos se ajustaba los lentes antes de que la puerta de la casa de su mejor amiga fuera abierta para dejarlo pasar. Se sentía bastante ansioso ¿Qué tendría que decirle el señor Luis? Porque seamos sinceros, en su mente no había otra cosa que pudiera unirlos aparte de Bianca y la Medicina. Se había echado su mejor colonia, aunque sabía que no era como las originales que la familia Colmenares usaba, tampoco tenía los mejores zapatos deportivos, ni la mejor marca de camisa de vestir manga tres cuartos, pero a pesar de eso, era uno de los tantos momentos en que se sentía afortunado. Su mejor amiga era un mujeron a su vista; de cara bonita digna de ver sin y con maquillaje, cabello liso n***o largo, alta, de contextura delgada pero bien distribuida. No obstante,  él hasta ese momento había sido incapaz de sentirse totalmente atraído sexualmente por ella, aunque pensó: “todos en algún momento de nuestras vidas fantaseamos con uno de nuestros amigos”. Y en su caso lo había hecho con sus dos amigas, nada de qué preocuparse. Nada de qué preocuparse como con la mujer que en ese preciso momento con una sonrisa abrió la puerta. —¡Marcos! —Profesora Sonia... —Pasa —La mujer le sonrió con amabilidad. El chico con pasos lentos se adentró a la gran casa de su mejor amiga y lo próximo que sintió fue a Bianca dándole un abrazo, pero él era incapaz de corresponderle. Se había paralizado con la presencia de aquella mujer.  Su perfecto cabello castaño con ondas y reflejos amarillos adornaba su rostro, y ese, y ese... ese vestido de jean por encima de sus rodillas... Sus labios pintados de chocolate jugando con su piel blanca. Podrían saber a chocolate. Qué pedo, qué pedo, sintió cómo algo subía en sus pantalones. Ardió avergonzado; la mujer que estaba caminando delante de él tenía un tumbao al parecer natural que la hacía ver tan sensual. Lo que faltaba era que... la mujer giró un poco su cabeza regalándole una sonrisa y Marcos sintió que se iba a desmayar. No estaba exagerando, ¡era la mujer más hermosa que había visto en su vida! —¿Qué hace ella aquííí? —Casi gimió al seguir viendo el cuerpo de la mujer caminar. Era algo demasiado sorpresivo, jamás le había pasado. —Tiene una cita con papá y contigo. —¡¿Conmigo?! Se quería morir ¡Oh!, pero en los labios de esa mujer. Marcos sacudió su cabeza, la cantidad de pensamientos pervertidos que se adueñaron de él en esos segundos eran más de los que en su adolescencia había tenido. ¿Cómo podía una persona perder así la cordura por otra sin siquiera hacer nada? ¡Porque no estaba haciendo nada! —No me preguntes para qué, sabes cómo es Luis de misterioso. —Uhm... Seguían caminando rumbo a las escaleras, pues comerían en la terraza, pero fue peor esa vista. Cada que la mujer levantaba un pie tras otro subiendo, su vestido de jean dejaba ver con más detalle sus piernas y cada cierto tiempo esta los miraba como asegurándose de que siguieran allí. —¡Dios! Pero es que las escaleras eran interminables... —Pensaba Marcos. Quería desviar sus pensamientos. Vamos Marcos, piensa en lo que viste en la tarde, piensa, piensa... Imposible; la mujer se agachó cuando su cartera de mano se resbaló de sus dedos. El chico comenzó a sudar frío. —Llévame al baño, pendeja ¡Llévame al baño! —¿Te estás haciendo del dos? —Bianca le susurró pero él negó señalando sin pena su problema. Pero justo cuando estaba por halarlo para que tomaran otra dirección los padres de Bianca caminaron hasta ellos. —¡Marquitos! —Hola, muchacho... ¿te pasa algo? La pregunta de la madre de Bianca hizo que la mujer castaña lo observara, y por si fuera poco ya su desdicha y la vergüenza: su mirada se había ido a los pantalones del chico. Los ojos avellanas de la mujer se encontraron de abajo arriba con los cafés de Marcos y mostró su cara de sorpresa para después sonreír con picardía, logrando que el chico sintiera un escalofrío que lo dejó tieso. —Marcos no se siente bien, comió tamales con chile en el almuerzo, disculpen. Su mejor amiga lo sacó de lo que pudo ser una de las escenas más vergonzosas por las que hubiera podido pasar frente a los Colmenares. Agitado, segundos después exhaló encerrándose en el baño en donde Bianca lo empujó. Se miró al espejo, vio su compañero queriendo salir, necesitaba calmarlo, así que lo hizo. Viajó tratando de llevar su mente a un lugar que no fuera la casa de Bianca, yendo más bien a las curvas, sonrisa y labios de aquella mujer. Se la imaginaba bañada en miel, oh, no, no, ¡chocolate!, ¡sí, sí, sí! Él pudiendo chupar cada parte de su cuerpo mientras saboreaba el más delicioso cacao. Era la primera vez en su vida que algo así le pasaba. —¡Diablos! —Exclamó sintiendo el fuego quemarlo. Esa mujer lo prendía más que cualquiera en aquellos videos adultos. Y es que sí, Marcos no tenía novia, Marcos no había tenido sexo desde la secundaria, Marcos había reprimido muchos deseos, Marcos fantaseaba con las piernas de Sonia encima de él. No le causaba ningún mal ético o moral, no había nada de malo hacer lo que hacía. Al menos que esa mujer entrara y lo viera, lo cual obviamente era imposi... —¡Voy a potar, niña permiso! —¡Es que no puede...! —¡Marcos! Oh... joder ¡Marcos! El chico tomó sin pensar lo primero que encontró; un par de batas de baño fueron las que taparon su mano encima de su compañero. La garganta se le había secado, Bianca por supuesto se había rehusado a presenciar algo así, pero por otro lado... ¿Qué hacían esos ojos avellanas observándolo?
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