Capítulo 17: 8 besos, una luna (2/3)

1864 Palabras
Marcos se encontraba llamando al teléfono de su casa estando en el camaro de Sonia. La mujer de ojos avellanas lo había invitado a su casa después de que su hijo se enteró de que era pastelero y se encaprichó con que quería comer waffles con mermelada de piña. Por supuesto que Sonia le había dicho a Marcos que no le parara al pequeño, pues seguramente estaba muy cansado y además tendría que madrugar, pero el chico con una sonrisa brillante le dijo que no había problema. Claro que no tenía problema. Allí pensó en el consejo que le había dado María: descubrir qué le gustaba a esa mujer. Y era obvio que Sonia amaba a su hijo, así que seguramente iba con buen pie llevándosela bien con el pequeño Max. —No, ma’ —Dijo el chico con una sonrisa —Es la Profesora Sonia Chacón, la que te conté del proyecto... a ver... ¡Te lo juro! Mami... ¿cómo quieres que te la pase? ¿No confías en mí? Sonia con una sonrisa la arrancó el teléfono de las manos a Marcos —Mucho gusto, señora Lourdes... Sí, soy Sonia Chacón, profesora de Cariología y Salud Colectiva II, puede revisarlo en el pensum de Marcos... No se preocupe... por supuesto, se quedará en mi casa ni más faltaba, mire las horas. Marcos se atragantó con el aire —¿Q-q-qué...? —Sí, lo llevaré a la universidad también —A Sonia le conmovió la preocupación —Es muy amable, muchas gracias. Que descanse, adiós... —Colgó la llamada y le devolvió el teléfono a un Marcos con la boca entreabierta. —¡Marcos! ¿Y haces pasteles como el de Cake Boss? —Preguntó el niño con un brillo en sus ojos sacándolo del trance. El chico de lentes volteó a verlo con una sonrisa —Ehm... no, la verdad no se me da mucho la decoración, pero podría intentarlo ¿cuándo cumples? —Cumplí hace unos días... —Hizo un puchero —¿Me haces un pastel? —¡Máximo Chacón, por favor! —Le regañó Sonia por la confianza. Su hijo por lo general era muy sociable pero por una extraña razón le incomodaba que esa vez lo fuera con Marcos. El chico suspiró al pensar que su apellido era algo extraño ¿Sería que ella lo había presentado sola o...? No. Ese niño no podía ser de Sandro Chacón. Además, lo extraño del caso era que no le encontraba parecido ni a Sonia ni a Sandro. —Puedo hacerlo, claro que sí, pero dime, ¿cuándo cumpliste? —El primero de Marzo ¿verdad mamá? —El niño asintió repetidas veces sonriendo. —¡Oye! —Alzó su mano —¡Yo cumplo el mismo día! —El niño chocó la mano con la de Marcos y ambos rieron. Sonia asintió pensativa sin despegar la vista del camino. No era bueno que llevara ese chico a su casa y que lo involucrara con su hijo. No era bueno que estuviera haciendo planes con él. No era bueno porque él era su alumno y además... era un buen chico. Sonia lo sabía. Sonia siempre sabía todo, y no quería romperle el corazón a Marcos. Segundos después llegaron a la casa. La mujer de ojos avellanas suspiró cuando después de guardar su auto en el garaje su hijo tomó de la mano al chico de lentes llevándolo adentro. Todo le estaba saliendo al revés y no podía hacer nada. Marcos sonrió cuando comprobó que Sonia era una mujer excepcional. Su casa estaba tan ordenada y limpia como su hermosa dentadura. Olía como ella, se sentía como ella; su casa contemporánea al estilo colonial le daba un aspecto demasiado acogedor, tanto, que el chico sintió ganas de pasar mucho más tiempo allí que esa noche, claro... aunque esa no era la única razón. —¿Te ha gustado? —La voz de Sonia lo hizo espabilar. Él asintió acomodando los lentes que le quedaban un poco flojo de los lados —¿Esos nos nuevos? —No... son los que usaba antes —Se sintió un poco incómodo, ella sonrió —¿Tienen los materiales para preparar los waffles? —Dijo viendo al pequeño para huir de la mirada de la mujer. Máximo asintió dando saltitos, lo tomó de la mano y lo llevó a la cocina. —Puedes ir sacando todo, cuida de Max —Comenzó a alejarse —Vengo del gym así que me daré una ducha —Le aclaró. Marcos la imaginó quitándose la ropa mientras él la esperaba en una bañera de chocolate y se cacheteó cuando la mujer se fue. —¡Obra a las manos! —¿No es manos a la obra? —Inquirió el niño. —Sí pero Barbie dice que puedes decir lo que quieras decir así que... ¡Vamos! Máximo rió, ese chico le agradaba. Y le agradaba más porque no recordaba que su madre hubiera llevado ningún hombre antes a su casa, así que supo que estaba bien y era seguro. Por otro lado, Bianca ya se encontraba un poco pasada de copas: lo sabía porque no dejaba de reírse por cualquier estupidez. Hasta del mesero que tenía cara de Calamardo se había reído. Le gustaba pasar tiempo con Juan Elías, resultó no ser muy amargado. —Si comes dulce te pones peor, no lo recomiendo —Le advirtió Juan Elías. La chica negó chasqueando la lengua varias veces —¡Quiero mi helado! —Está bien... —Dijo el hombre algo preocupado. Le ordenó al mesero el postre para ella ya que él no quería y esperaron —¿Nunca bebes verdad? —No... —Ella se llevó la mano a la cabeza sintiéndose mareada —Es que no me dejan, por eso de la pooostura, el protocolo y la prensa amariiiilla... Juan Elías sintió empatía; si él hubiese tenido la fama que ella no sabría qué hacer. —Entonces... —Sonrió levantando el rostro caído de la chica —¿No tienes novio? —Ahm ahm —Negó —Así con todo lo guapa que soy no me interesan los chiiiicos. El hombre rió —¿Entonces te gustan las chiiicas? —Me gustan los hombres, así como tú... —¡Por fin me tuteaste! —Sí... —Bianca prefirió quedarse callada, estaba diciendo estupideces. El mesero llegó con el pedido y ella se quejó —Es muy poquito, wey ¿qué es esto? De broma podré comerlo en tres cucharadas, wey, ¡no mamen! Juan Elías la tomó la mano haciendo que lo viera —Cómelo y nos vamos ¿sí? —¡Es muy poquito, wey! ¡No sean miiiserableees! El hombre se paró de la silla y tomó a la chica por los brazos obligándola a pararse antes de que se pusiera peor. Por suerte, la pelinegra no dijo más, solo se metió el helado de un bocado y sintiendo que su boca quemaba lo escupió haciendo que todo el mundo la viera. Pudo ver flashes por muchas partes. Juan Elías la tomó de la mano y le colocó la chaqueta casi en la cara para que no la vieran más alejándola rápidamente de allí. El gerente del lugar se paró en la puerta antes de que pudieran irse y sin Bianca darse cuenta Juan Elías tomó su cartera de la mano, sacó varios billetes y se los entregó al gerente. —¿Q-qué hiciste? —Preguntó dudosa la chica, le dolía la cabeza. —Nada —La subió al auto. Juan Elías se subió soltando un exhalo. Estaba irritado por el comportamiento de la chica, sin embargo, agradeció que no se hubiera puesto peor. Lo único malo de todo era que iba a recibir jarabe de lengua del lame botas de Luis Colmenares y además su rostro iba a salir en todas las revistas y periodos en la mañana siguiente.  Necesitaba pagar su rabia con algo pero la cara dulce de la pelinegra lo controló. —Oye... —La chica se rascó la nuca —Perdón. —Así no se pide perdón... —¿Entonces cómo? —Inquirió coqueta y comenzó a levantarse el bralette —¿Así? El hombre tragó hondo. Tenía que controlarse, ¿pero qué podía hacer? Bianca lo estaba provocando desde el primer día que la vio. Detuvo el convertible cerca de una calle casi desolada y se lanzó sobre ella para besarla con pasión. Sus manos expertas comenzaron a tocar cada parte del cuerpo de la pelinegra y la haló por el cabello llevando su cabeza hacia atrás sin mucha fuerza haciendo que ella gimiera. —Voy a comerme a la niña linda de papá —Susurró con voz ronca excitado, para después lamer su cuello —¿Eso es lo que quieres no? Bianca asintió sintiendo su cuerpo prenderse en fuego. Así que lo llevó hacia ella besándolo mientras le desabrochaba la camisa y abrió sus piernas dándole espacio al hombre para que se acomodara, pero este gruñó después separarse de ella. —Así no será, lo siento... Aquiles se quitaba la camisa completamente desesperado. Cuando tuvieron la intención de regresarse caminando un tipo en moto salió de repente en el camino y los apuntó con un revólver. —¡Chinga tu madre pendejo! ¿No traen más? —El hombre que los apuntaba frunció el ceño y tomó los zapatos de Aquiles, su camisa, el tablero con el dibujo de Roxana, las botas de esta y ambos teléfonos —Pinche pobretones. Cuando la moto dejó de escucharse Aquiles abrazó a la más baja antes de que esta pudiera caerse. Roxana no tenía una buena historia con los malhechores. De hecho, la mayor parte de su niñez había sido manchada por uno de ellos. Estar cerca de uno, presenciar o vivir una situación como esa  la dejaba fuera de base. —P... —Los recuerdos de su infancia intentaron atacarla. El rizado se dio cuenta de que algo no andaba bien y antes de que su rostro se tornara más pálido y no pudiera hacer nada: unió sus labios con los de ella. —¡Roxy! —La cacheteó un poco y miró a todos lados en busca de ayuda, pero era lógico que cerca de la plaza San Domingo pasado la una de la madrugada no había un alma, bueno, no al menos una que ellos pudieran ver. —¿Ehm? —Comenzó a tomar color y Aquiles exhaló sintiéndose menos preocupado —¿Me acabas de besar? —S-sí Roxy, lo sien... La chica fue más rápida porque antes de que el rizado pudiera hablar lo besó, pero esa vez lo besó de verdad. Lo besó como en las películas de amor, como ella lo había deseado: sin titubeos, sin ir tan lentos ni tan rápidos, jugando un poco con su lengua y chupando sus labios, sintiendo cómo poco a poco su cuerpo se entregaba al momento, soltando un suspiro después de parar y sentir su corazón saltar. —Qué cabrón... —Aquiles se llevó las manos a la cabeza preocupado por lo que estaba sintiendo —Ha sido el mejor puto beso de mi vida...
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