La pelinegra bajó las escaleras encontrándose segundos después con un Juan Elías de traje gris oscuro, camisa manga larga rojo pasión, zapatos de vestir negros y perfume de Paco Rabanne.
Los ojos de Bianca se agrandaron en sorpresa cuando vio un ramo de rosas rojas en una de las mesas.
Estaba claro: quería su atención y la estaba recibiendo a lo grande. Le sorprendió que no tuviera pavor en presentarse de la nada en la casa de sus padres.
Pero... Bianca pensó: “Esto no puede justificar su actitud.” Así que mostró su cara más seria, esa que solo los Colmenares podían sacar y lo miró de arriba abajo solo como los Pavón podían mirar.
Zas: se dio la vuelta ignorando al Doctor y haló del brazo a su padre llevándolo a la cocina.
—Te juro que no es lo que piensas, papi —Quiso aclarar —Tienes razón, ese hombre es un mamón.
—Hija, tranquila —Le sonrió —Él solo vino a disculparse, dijo que no te había dado el espacio para trabajar el martes y solo quiere compensártelo, no veo nada de malo en ello. Solo intenta llevársela bien contigo, entiéndelo, no tiene amigos que se le acerquen a la edad, bueno... solo Sonia, pero ella no es...
—¿No es qué?
—Nada —Luis colocó sus manos en los hombros de su hija —Anda, diviértete, sé que estás en buenas manos y no hablo en el sentido literal —Le guiñó el ojo.
Bianca suspiró —Está bien, pero tendrás que distraerlo y hablar con mamá. Me voy a cambiar.
Su padre asintió y la pelinegra volvió a la sala pasando directamente a las escaleras sin ver al hombre que esperaba por ella y que además, dejó con las palabras en la boca.
—Tranquilo, ven, tomemos un trago. Ella irá a vestirse.
Escuchó la voz de su padre decirle al guapo hombre otras cosas que no pudo descifrar y cuando llegó a su cuarto subió a la cama y comenzó a dar brincos mientras contenía los gritos completamente emocionada.
Se le olvidó la misión, se le olvidaron los comentarios, se le olvidó todo, al menos por esa noche.
Ya que se había dado una ducha justo antes de ponerse a hacer el informe solo de un saltó llegó a su closet y en un dos por tres sacó la ropa que usaría: un bralette n***o con escote V de tirantes, un pantalón n***o roto en las rodillas, una chaqueta de cuero del mismo color y tacones morados; recogió su cabello abriendo un retiro en medio con una coleta baja, aretes morados, boca del mismo color que los aretes, apenas corrector de ojeras, polvo, sus cejas ya estaban perfectas ¡Y lista!
Oh, no, no. Se regresó tras su salida triunfal para echarse su perfume de Carolina Herrera.
Estaba muy segura de que su forma de vestir estaba siempre acertada con las ocasiones. Sin embargo eso no dejaba de crearle un sustito en el estómago respecto a las criticas ¿Pero eso qué importaba? ¡Qué chinguen a sus madres, carajo! Iba a salir con uno de los hombres más guapos de toda la ciudad.
Pero... ¿A dónde se había ido su miedo de exponer al caballero que la acompañaba? Pues ese miedo se fue al carajo cuando al subir al auto convertible color champagne de Juan Elías este se mordió el labio al verla.
Ese miedo se fue al carajo cuando, en un intento de no ir pegada a él cuando llegaron al restaurante, este la tomó de la mano plasmándole un cálido beso en ella, sorprendiéndola.
Se sentía segura, pensaba que Juan Elías era valiente.
Marcos terminó de sacar las cuentas de lo que había hecho la pastelería todo ese día y suspiró al ver, nuevamente, que su jefe era un desgraciado mano dura. Con lo que la panadería ganaba en dos días podía pagarle un buen sueldo quincenal a al menos la mitad del personal y claramente no lo hacía.
Es decir, Marcos recibía sus bonos y solo trabajaba todo el día los fines de semana por lo que no ganaba lo mismo que los demás; tal vez sentía que no tenía derecho de exigir aumento así que solo le entregó las cuentas a José, su jefe, y caminó por primera vez con María junto a la puerta mientras ella le contaba de sus pájaros.
—Una se llama Lucy y el otro Fernando, vieras, wey ¡Se detestan! Y no me quieren dar pajaritos bebés —Negó con la cabeza —Esa Lucy es una perra, la he captado viendo a los pajaritos que se paran en la ventana todas las mañanas.
El chico estalló a risas. Su sentido del humor le recordaba a Roxana y eso le agradaba.
—¿Tú hacia dónde...?
—¡Aguas! aguaaas —Lo interrumpió dándole la vuelta.
Justo frente a la panadería un camaro moderno azul se detuvo, se apagaron las luces y Marcos sintió que se le iba a caer la baba cuando vio unos zapatos deportivos seguido de unas hermosas piernas conocidas.
Era Sonia ¡Sonia lo había ido a ver!
El chico dejó a María riéndose de su cara de chico emperrado y le pegó un grito a sus demás compañeros para que la esperaran.
Sonia exhaló al darse cuenta de que la panadería efectivamente estaba cerrada y maldijo por no haberse dado cuenta de la hora. Pensó que había perdido el viaje.
—¡Profe!
—Marcos... —La mujer sonrió; la emoción que le había causado verlo le revolvió el estómago y se mentalizó que solo era el no haber cenado —Vine por una torta helada de esas que me vendiste el otro día...
Que le confirmara que no había ido a verlo específicamente de igual manera no lo desanimó ¡Ella estaba allí! Completamente hermosa, sensual con esos jean cortos y su camisa holgada, con el cabello recogido con una gancheta ¿vendría del gimnasio? Sacudió la cabeza aterrizando ¡Ella estaba allí!
—Son las doce la madrugada... —Vio su reloj y frunció el ceño al notar movimiento dentro del auto —¿Hay alguien dentro?
—Sí... es... —La mujer le hizo una seña a la persona que se encontraba dentro y este salió corriendo hasta ella —Es mi hijo, se llama Máximo, pero todos le dicen Max.
—Woao... —Marcos sonrió de oreja a oreja al ver que el niño lo saludó alegremente con la mano —¡Hola Max! Yo me llamo Marcos Arteaga, ¿qué edad tienes?
—Cinco —Respondió el niño extendiéndole la mano con toda decencia; Marcos se sorprendió y se agachó para estrecharla —Mucho gusto, Marcos, mi apellido es Chacón.
Marcos soltó una risita encantado —Eres un niño muy educado e inteligente eh; igual que tu mami.
Sonia no pudo evitar sonreír encantada al ver la escena. Algo le estaba pasando y tenía que detenerlo, pero lo peor era que... no sabía cómo.
Pero por otro lado, no muy lejos de su amigo Marcos: el tablero y las hojas que Roxana tenía sobre sus piernas mientras mordía el borrador de su lápiz cayó al suelo tras una fuerte brisa.
Aquiles brincó de donde estaba y se acercó de inmediato recogiendo todo para colocarlo después en las piernas de la más baja. Posterior a eso, volvió a subir al escalón y se colocó en la pose que Roxana lo estaba dibujando.
Aunque la gente los viera como locos, a ellos no les importaba. Pues el rizado hacía una de las famosas poses de Michael Jackson con su gorra señalando al horizonte a unos metros de distancia de la estatua de Doña Josefa Ortiz de Domínguez en la plaza San Domingo.
Roxana había dibujado primero su rostro concentrado viendo al horizonte, los bellos hoyuelos que tenía, el cabello rizado que le pasaba las orejas y después se concentró en su cuello y su manzana de Adán; sin poder evitarlo al observar su mentón y su boca se pasó la lengua por los labios. No era el frío y que sus labios se resecaron: eran las ganas que tenía de besarlo.
—¿Entonces puedo ya verte, wey? —Cuestionó —Híjole me va a dar tortícolis.
—Pues sí wey pero no armes pedo. Cuida no mover el cuerpo —Le pidió volviéndose a concentrar.
Trazó las líneas que formarían su brazo estirado, dibujó su mano sosteniendo la gorra, la parte izquierda de su torso y los reflejos de la playera que llevaba y pasó al lado derecho; en su mano puesta en la cabeza y su tronco inclinado a un lado... pero paró frustrada ¿Cómo podía concentrarse si no dejaba de pensar en la probabilidad de que el chico la besara y luego ella quedaría con ganas de más y él no? Ya sentía su corazón romperse.
—¿Por qué te detienes pitu-rosa-brillantina? —Aquiles se le acercó viendo cómo estaba quedando el dibujo, y se sorprendió al punto de quedarse un poco en shock —¡No mames, Roxy! ¡Tienes un talento súper chingón!
La chica se levantó del suelo y sonrió con timidez.
Aquiles tras salir de la impresión se acercó a ella y cerrando los ojos le plasmó un beso en los labios rápido.
—¡A ver, pitu-rosa-brillantina, sigue! ¡Sígueme dibujando! —Gritó lleno de alegría —¡Qué cabrón! —Les dijo a un par de personas que lo miraban raro —¡Esa es la futura Frida Kahlo de este país! —La señaló —¡No mamen, tienen que pagarle para que los dibuje!
El rizado seguía gritando a los cuatro vientos y Roxana no escuchaba nada: estaba en shock.