Capítulo 7: Sinvergüenza.

1686 Palabras
El hilo dental que Marcos había pasado por sus dientes estaba siendo desechado. El chico se miró en el espejo mientras mostraba una sonrisa Colgate -perfecta- y salió del baño para caballeros para dirigirse a la próxima clase un poco nervioso.  No la quería ver, la quería ver, no quería recordar el pajeo, recordaba el pajeo, no quería recordarla sonreírle ni guiñarle el ojo, pero lo hacía. Su nerviosismo se debía por todas las cosas anteriores y porque en esa próxima clase tendría que ver a la profesora Sonia. Sonia... Marcos sonreía al recordar su cabello castaño con reflejos amarillos, su sonrisa, esas piernas... Sacudió la cabeza al pensar demás. Quiso darse una cachetada para reprenderse pero se iba a ver ridículo frente a la fila de alumnos que estaban por entrar a la clase. Con un suspiro y su corazón latiendo a mil por segundo dejó su mochila a un lado de su silla e intentó contar hasta veinte con los ojos cerrados no queriendo verla tal vez observándolo. Pero el problema se presentó cuando al abrirlos la mujer carraspeó su garganta frente a él. El chico tembló por un instante cuando se encontró con sus ojos;  ella lo notó pero decidió ignorarlo. —Marcos tú... ¿quieres ser mi sujeto de prueba el día de hoy? El chico asintió casi babeando. Esa mujer lo ponía mal. Tenía que controlarse. Se levantó y caminó rápido pasándole por un lado antes de verse en la tentación de observar las pompis que escondían el pantalón n***o que esta llevaba; exhaló estando frente a toda la clase. —Sean todos bienvenidos a vuestra primera clase. Voy a pedirles que por favor me disculpéis por haber faltado el lunes a vuestra clase, como podéis haber visto estuve presente en la conferencia de la UTPS  —La profesora intentó observar todo el panorama y fijó su vista finalmente en el chico que estaba a su lado —Pero sin más preámbulo quiero hacerles una pequeña demostración; he traído mi escáner intraoral  para que todos podáis ver cómo se encuentra la salud dental de vuestro compañero. ¿QUÉ? Marcos comenzó a negar con su cabeza sin ser consciente; la tendría prácticamente encima de él, podría olerla mejor, podría darse cuenta de su corazón acelerado ¡Podría ver rastros del caramelo de la paleta de esa mañana en sus muelas! Sintió flaquear cuando la mujer plantó su suave mano sobre su brazo indicándole que tomara asiento en el sillón especial. Ya el videobeam estaba instalado ¡Le mostraría a toda la clase sus dientes! —Quédate tranquilo, Marcos, no te voy a comer —Susurró la mujer cuando se le acercó mientras se colocaba los guantes. El chico vio sus lentes empañarse, su respiración se agitó. Qué pedo, qué pedo, ¡No podía excitarse con eso! Pensaba que estaba perdido cuando Sonia con sus manos separó sus labios. Sintió el separador de boca casi tocando su lengua, el calor de la luz de la lámpara sobre su mejilla, y finalmente el escáner intraoral.  La cercanía lo puso nervioso,  sin embargo el encantador perfume de melocotón de la mujer lo hizo relajar mientras cerraba los ojos. —¡Hey silencio! —Dijo la mujer al escuchar murmullos de la clase, pues ellos se habían dado cuenta de algo que al menos dos no podían observar —Cuando asistí a mi primera clase de esta misma asignatura, en España, la profesora escogió a un alumno al azar para hacerle este chequeo que le hago a Arteaga; el chico tenía los dientes amarillos, la profe le preguntó el porqué, este respondió que fumaba ¿no os parece un poco ilógico? —Cuestionó mientras le echaba un ojo a todos y volvió con Marcos. —Pero Marcos no tiene los dientes amarillos —Dijo uno de los presentes. —Pero sí tiene otra cosa... —Escuchó un murmullo Sonia, pero lo ignoró. —No, por supuesto que no los tiene amarillos. —Esho esh gue-no —El chico balbuceó, todos rieron. —Muy bueno —Al percatarse de que casi todo estaba en perfecto estado le dio una palmada al chico sobre el pecho que lo hizo reaccionar —Lo que os quiero decir es que no pretendáis seguir calentando la silla con vuestros prematuros traseros si no tomáis  esta carrera  enserio. La odontología no se estudia solamente para que estéis cuidando la salud bucal de los demás y ganar dinero por ello; también debéis cuidar la vuestra, es lo principal. El chico aún sentado sintió la mirada de todos, y después de su profesora. Los alumnos mascullaban entre ellos, Marcos se alarmó al no saber lo que estaba pasando y Sonia trago hondo tensándose al ver cómo un bulto sinvergüenza se levantaba en los pantalones del muchacho. ¿Había sido por ella? Bianca miró su reloj. Faltaba media hora para las tres de la tarde  —El tiempo es oro, tengo sesión... ¿Y sí mejor ponía como excusa un retorcijón de tripas para salir de clase e ir a la UTPS y luego asistir a la sesión de fotos? Sonrió; de igual forma apenas estaban comenzando las clases, pensó que no tenía importancia perderse una hora. Se amarró una cola de caballo después de darle un pretexto al profesor de Bioquímica y pensó escribirle a Marcos para saber cómo le había ido en la primera clase con la fulana profesora. Y es que Bianca no había dejado de pensar en que esa tal Sonia, al igual que su tío, escondía algo muy grande.  El miedo en su pecho persistía, tenía miedo de ver cómo la reputación de su padre se manchaba. Ese augurio la debilitaba. Le escribió a su chofer y este llegó en pocos minutos, dejándola veinte minutos más tarde en la clínica en donde su padre trabajaba y además, era aliado. —Buenas tardes, señorita Colmenares. Su padre no está, salió hace unos minutos, no dijo si regresa ¿quiere que le deje un mensaje? —Le comentó el recepcionista. —¿Uhm? —Pensó lo extraño que era que su padre tuviera esas salidas repentinas pero aún así sonrió —No hace falta, Adolfo, es mi padre, puedo avisarle. De todos modos no vine a verlo a él ¿Se encuentra el Doctor León? El apellido del hombre lo había dicho casi a escondidas. El miedo de que alguien pudiera mal interpretar su visita y armar un chisme de eso la ponía nerviosa. —¿El Doctor...? —El hombre se mostró sorprendido —Sí, está en una cirugía menor, deberá desocuparse en menos de media hora ¿desea que le deje un mensaje? La pelinegra rodó los ojos irritada —No, Adolfo... lo esperaré. Bianca conocía a la perfección la clínica así que casi dejándose llevar involuntariamente llegó a la cafetería. Suspiró al sacar su teléfono y ver mensajes de varios de sus pretendientes y lo volvió a bloquear.  No era que a Bianca no le gustara ninguno, era que desde un tiempo hasta ese entonces había preferido dejar su vida sentimental y s****l inactiva. Aunque la verdad era que no quería que “un posible novio” tuviera que ser investigado por la prensa amarilla solo por estar con ella. No iba a permitir que se repitiera la historia de Gabriel, su último novio. Sacó sus lentes para leer de cerca y comenzó a viajar por las páginas de un libro referente a la medicina natural, pues ella era una de las pocas estudiantes versátiles sobre el tema. Página tras página se sumergió tanto en la información que no vio el tiempo pasar y  se exaltó cuando un cuerpo masculino se sentó frente a ella con una taza de café en mano. —Si gracias al proyecto tengo que estar con usted, amén a que hagan miles más. La pelinegra sintió sonrojarse por el comentario y en un intento nervioso guardó su libro y sus lentes. Respiró profundo y le sonrió al guapo hombre que no dejaba de verla seriamente. —Bien, vine temprano porque tengo una sesión y necesito saber todo sobre lo que haremos; mi padre no quiso decirme nada, supongo que usted lo sabe todo ¿no? Juan Elías movió su cabeza de un lado a otro mostrándose inseguro, tomó el último sorbo de café y habló: —Son cirugías menores. Es un tipo de... ¿servicio comunitario? Debemos mostrar que nos interesa la salud del país entero, entonces vamos a investigar, a organizar y llevar a cabo al menos cinco cirugías menores por ciudad —Bianca asintió entendiendo —Claro, esto solo serán para personas de bajos recursos —Rodó los ojos, la pelinegra frunció el ceño. —¿Por qué esa expresión en su rostro, Doctor? —Se cruzó de brazos. —¿Cuál? —Ella rodó los ojos señalando su cara y él soltó una risita que la estremeció. No se estaba haciendo ideas: era la risa más ronca y sexy que había escuchado —Solo sé que me costó mucho sacar mi profesión, señorita Colmenares, y no me agrada regalar mi lana. —¿Y entonces por qué aceptó, Doctor León? —Porque... —Inclinó su torso acercándose más a ella —Porque para eso me pagan. —No lo entiendo. —Me van a pagar, pero no la misma cantidad de cada cirugía. Pero señorita, no estamos aquí para hablar de mí precisamente, dígame ¿no tiene acaso usted suficiente nombre para participar en esto? La pelinegra hizo una mueca sin entender —¿Suficiente nombre? —Sí, ¿no debería un estudiante con menos comodidad pertenecer a esto? Porque le comento otra cosa, aunque dije que no estamos para hablar de ello... Me indigna que una persona que no le hace falta reconocimiento sea tan vanidosa. La barbilla de la chica prácticamente cayó al suelo. Su corazón se aceleró, su piel hirvió. Le plantó una cachetada al fulano Doctor y hecha una dinamita se alejó de él, y de todos. ¡¿Primero le coqueteaba y luego la insultaba?! ¡¿Qué carajos le pasaba a ese Doctorcito de pacotilla?!
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