Capítulo 8: Detalles.

1842 Palabras
Con pasos saltarines una chica comiendo caramelos de limón entró a la papelería San Pedro. —¡Hola! —Saludó muy alegre. Roxana no se iba a rendir. Quería hablarle a Marcos de él pero no había encontrado el momento. Había algo en Aquiles que le llamaba mucho la atención. Le intrigaba no saber quién era. No podía descifrarlo aunque sus personalidades eran parecidas. No entendía por qué le había rechazado un beso justo cuando pensó que estaban sintonizados —Vengo por mi marquesa. —Chaaale —El rizado dentro del cubículo se llevó la mano al cuello mirando hacia el suelo un instante —Lo olvidé... La chica de cabello rosa hizo un puchero —¿Entonces cómo harás? —¿Cómo haré de qué? —Afincó sus codos  en la madera después de echarle un ojo a un par de clientes dentro. —Dije que no te iba a perdonar el comentario y... —Se calló al pensar el papel tan infantil que estaba haciendo y le sonrió —No te preocupes, podemos salir después ¿no? El chico fijó su vista en una mujer que iba a cancelar un papel bond junto a unos marcadores y la más baja se entretuvo viendo los libros que estaban en un estante y que realmente nunca les había prestado atención. Eran libros de filosofía, arte, psicología, y uno en especial. —Pastelería... —Detalló el libro grande al tenerlo en sus manos. Vio el precio y aunque le hubiese gustado comprarlo, necesitaba ahorrar para comprarse temperas de calidad, así que solo lo hojeó y lo dejó en su lugar. —Tómalo. La voz del chico la hizo sonreír, estaba detrás de ella —No tengo dinero para comprarlo, por ahora. —Es por la marquesa —Le arrebató el libro de las manos y con prisa pasó su tarjeta para después envolverlo y entregárselo con una sonrisa —¿No dirás nada? ¿Ni un gracias? El detalle la había sorprendido demasiado. Es decir, Marcos y Bianca solían hacerle pequeños regalos de vez en cuanto y porque eran sus amigos, pero... ¿acaso ya ella y Aquiles eran amigos? ¿Realmente le había gustado pasar la noche con ella a pesar de su impulsividad? —Gracias... —Observó el libro con una gran sonrisa —Es... —Puedes pagarme el restante cuando puedas —Dijo muy serio. —Ou... —¡No seas pendeja, Roxy! —Le dio un empujoncito —Es un regalo, ¿cómo vas a creer que te voy a cobrar? —Ella sonrió sonrojada —Ni que fuera tan cabrón. —Déjame pagártelo con algo ¿sí? Un par de clientes llegaron a la caja, el chico los atendió rápidamente para poder responderle a la más baja —Quiero ser el que pruebe cada intento. —¿Cada intento de qué? Aquiles salió del cubículo quedando más cerca de ella —No te lo regalé para que lo leas, debes hacer cada receta y yo debo ser el consumidor o tu ayudante eh. Roxana sonrió sintiendo sus mejillas arder —¿Y si saben feo? —Sé que sabrán muy rico, así como esto —Le extendió un envase que escondía detrás de su espalda. Dentro del envase había una marquesa. A Roxana se le llenó el corazón de ilusión. —¿No me estás escuchando? El cabrón me dijo que si acaso yo no tenía suficiente nombre para ser parte del proyecto —Le repitió la pelinegra a su mejor amigo por llamada —Me dijo que yo no merecía estar dentro literalmente porque soy hija de mi papá ¿No es un cabrón? —Re cabrón, wey... —¿Marcos qué traes? ¿Te sientes bien? Te escucho como... ¿estás jugando con tus labios, Marcos Andrés? —La pelinegra bufó. Y es Bianca conocía tanto a Marcos como para saber que cada que el chico se encontraba demasiado pensativo o preocupado tenía la manía de ver hacia la nada mientras que con sus dedos jugaba con sus labios. Lo había visto haciéndolo el día anterior cuando estaban en el auto que los iba a llevar a casa, bueno, ese día a ella a la UTPS. —¿Qué pasó con mis labios? —¿Es Sonia? —Le preguntó mientras le hacía una seña a su manager para que la esperara unos minutos más —Hace tiempo no jugabas con tus labios... —Sí, estuve pensando mucho wey... pero tranquila, estoy bien, ¡y sí te escuché! No mames, pienso que es un idiota ese Doctor, pero no te dejes montar la pata, Bianca. Él ni nadie tiene derecho de decirte en dónde debes estar o qué mereces o no. —De acuerdo... gracias —Soltó un poco de aire y sonrió —¡Te quiero un chingo! Si me necesitas escribes o llamas ¿okay, wey? Después de despedirse no muy convencida de su mejor amigo la chica suspiró. Debía hacerse una nota mental de sacarle información a Marcos acerca de lo que le estaba ocurriendo y la otra para el Doctorcito de pacotilla y su misterio. Bianca pensaba que si ese Juan Elías tenía algo en contra de ella pues también tenía algo en contra de su padre. No sabía cómo actuar ¿qué hacer? ¿Qué hacer si era un idiota? ¿Estaba siendo maniática al sentir que ese sujeto no era bueno? ¡Pero bueno sí estaba! Esas facciones finas, ese flequillo, aquella voz ¡Ella no quería pensarlo! ¡Pero lo estaba pensando! —¡Mija arranca! te quedaste en rojo —Daniela, su manager la hizo espabilar. La pelinegra se vio en el espejo sin nada de maquillaje encima y le sonrió a la mujer para después dirigirse a su estudio fotográfico personal. La estilista esperaba por ella con una de las tantas sonrisas falsas del lugar, y es que, ella sabía que la única persona que realmente la conocía en ese cuarto era Daniela. Unos pensaban que Bianca era igual de déspota que su madre, y otros pensaban que era igual de misteriosa que su padre. A Bianca le preocupaba en demasía la opinión de los demás, y aunque pudo haber tomado la decisión de alejarse del mundo de la moda para no sumarle a su “fama”, era algo que le gustaba. Para ella modelar era la segunda cosa que hacía por pasión. Muchos pensaban que solo estaba estudiando medicina por su padre y modelando para llamar la atención. Vio en el espejo su vestimenta: llevaba unos pantalones al estilo militar marrón con manchas doradas, un bralette de encaje n***o, una chaqueta dorada con color champán, botas negras, aretes dorados, su cabello largo tenía algunas ondas y una gorra negra con el logo de la revista Nova -la razón de aquella sesión- yacía encima de su cabeza. Suspiró mientras caminaba hacia los reflectores y escuchaba murmullos. Que estaba muy delgada, que no tenía busto, que sus piernas eran largas como garza, que su piel era tal vez muy pálida, que si tenía los ojos achinados por tener un bisabuelo Chino, que si no era tan bonita sin maquillaje. Ella lo escuchaba, lo escuchaba todo. Sin embargo, sonreía, lucía provocativa, ruda, sensual, pícara, seria, imponente, diva, divertida, pero no feliz. No estaba feliz hasta que su padre entró al estudio con una cara de pocos amigos y con la mirada le indicó a Daniela que debían parar todo. Bianca no estaba feliz hasta que salió sintiendo un pequeño susto en la boca del estómago y se encontró con un hermoso arreglo de girasoles con una tarjeta. “Su amarillo brilla como tu belleza. No soy tan patán, tengo mi corazoncito. Lo siento :c Atentamente: J.E.L.C.” El mejor amigo de Bianca  terminó de meter al horno tres mezclas para bizcochos y tomó un poco de agua. —Hasta tomando agua te vez sexy —María, aquella compañera de trabajo que literalmente lo acosaba se le acercó mientras escondía un mechón de cabello castaño detrás de su oreja. —Gracias por lo que me toca, tú también eres muy bella —Le sonrió siendo amable. —La neta, les dije que es marica —Soltó uno de los meseros antes de salir de la cocina. Marcos rodó los ojos y María solo se encogió de hombros con una sonrisa mientras le ponía crema pastelera a unas galletas de vainilla.   —¡Claro que es marica! —Escuchó otra voz entrando a la cocina, ese era Carlos otro de los meseros. Marcos respiró profundo —¡Que no! —Salió de la cocina para ponerse a limpiar una de las vitrinas. —Hey, marica, ve a atender fuera la mesa nueve ¡Hoy llueven como arroz! —El jefe de Marcos le dio un empujón y este bufó. El chico de lentes sintiéndose irritado dejó lo que estaba haciendo y sacó de su delantal una libretita y de su oreja tomó el lápiz para dirigirse a la mesa nueve. Le tocaba hacer pasteles, limpiar y además atender, ¡ah! y de vez en cuando también sacar las cuentas. Todo eso solo con el sueldo de pastelero. —Muy buenas noches, bienvenidos a Honey honey ¿Qué desean ordenar? Marcos frunció el ceño cuando notó la mano de un hombre encima del muslo de una mujer, pero al darse cuenta de que la mujer era la misma de ojos avellanas que estaba volviéndolo loco se paralizó. El hombre era el Director Sandro Chacón. —Sí, chavo, quiero... —El hombre parecía no reconocerlo, al contrario de la mujer que tenía metida literalmente la cabeza en el piso. Marcos sintió su corazón romperse cuando vio que ella no hacía nada para quitar la mano de donde estaba mientras Sandro la masajeaba un poco más arriba. —Una torta helada del sabor que me recomiendes y  tres buñuelos rellenos —Habló rápido Sonia dándole una mirada igual de rápida al chico. —¿Por qué siempre haces eso? —Tardas cinco minutos para ordenar lo mismo de siempre. ¿Lo mismo de siempre? Marcos frunció el ceño. Era la primera vez los veía allí, estaba seguro. —Qué chula —El Director le guiñó el ojo. Marcos estaba angustiado por aquella mano y la tranquilidad de Sonia ante el tacto ¿entonces sí era cierto lo que él supuso cuando entró a la oficina? —De acuerdo —Anotó los pedidos sintiendo su mano temblar —¿A-algo de tomar? —Uhm... no, bueno sí, dos cocas. El chico anotó la respuesta de Sandro y con su corazón latiendo veloz volvió a adentrarse a la pastelería para cumplir con su trabajo.  Con las manos temblando tomó los tres buñuelos, los colocó en un plato, tomó un pedazo de torta helada de melocotón con vainilla para ponerlo en otro plato, sacó del refri las cocas  y puso todo en la bandeja; pero justo antes de acercarse a la mesa el perfume de coco de Sonia lo embriagó. —Marcos, necesito explicarte algo...
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