—¿Es una...?
—De hecho son dos muelas rotas desde la encía —Respondió Marcos, seguro pero con una mueca, viendo las muelas de su paciente.
—¿Sabes lo que hay que hacer? —Sonia sacó el separador de boca del paciente y miró a Marcos, el menor asintió con una sonrisa.
Sonia no necesitaba que el menor le diera una respuesta concreta; tenía fe en su inteligencia. Y entonces sonrió porque Marcos, el primer día y lo que iba de ese en curso, no se mostraba para nada desinteresado o perdido. Le gustaba que tuviera ganas, ganas de aprender, pero sobretodo que no se hiciera el listo.
—Muy bien, Arteaga. Atento a todo lo que te pida ¿okay? —Marcos asintió, ansioso —¿Se encuentra bien Señor Márquez?
El hombre acostado sobre la silla especial alzó el dedo meñique en afirmación. Sonia procedió a inyectarle la anestesia dental y posterior a eso comenzó a pedirle los instrumentos que iba necesitando a Marcos, el cual no titubeaba al tomarlos y entregárselos.
Minutos después en cuanto la reparación terminó y tras tomar la foto de evidencia del servicio ambos salieron de la casa del hombre satisfechos.
Un carro especial se llevó los aparatos junto con los instrumentos a la UTPS.
Marcos amaba su carrera, Sonia también.
Marcos deseaba tener el valor para cuestionar muchas cosas referentes a la vida privada de la mujer, y Sonia se lo facilitó.
—Marcos... —Cuando subieron al camaro, ella exhaló tras pensar lo que diría —¿A qué hora debes entrar a Honey honey?
El chico se removió en el puesto y fijó su vista en el camino —No di hora de llegada...
—Perfecto.
—¿Por? —La miró, Sonia dejó de observarlo cuando sus ojos se encontraron.
—No preguntes...
—Pero...
En un arrebato dejándose llevar por los nervios Sonia tomó la regla de juguete de su hijo y la pegó no con mucha fuerza en la pierna del joven.
Marcos brincó asustado. Pero cuando sus ojos se encontraron con los avellanas brillando su respiración se agitó al igual que su corazón.
¡No! Sonia pensaba que no podía dejar salir ese lado suyo que tanto le causó problemas en España.
—Con Marcos no, ¡con él no! —Pensó apretando el volante —Disculpa, me he pasado... —Carraspeó la garganta devolviendo la regla al tablero —Se lo hago a Máximo cuando se pone preguntón.
—Ay... —Marcos suspiró. Estaba impresionado, pero le había encantado porque no pudo dejar de pasarle por la cabeza alguna escena de sadomasoquismo entre ellos.
Lo que no le encantaba era lo que estaba comenzando a sentir en su abdomen bajo. Así que cerró sus ojos con fuerza, no quería ver lo que pasaría. Su corazón retumbó, su piel se erizó, y tieso, sintiendo que iba a morir, pudo controlar su cuerpo.
En esos escasos y desesperantes segundos creyó sentir la mirada de Sonia sobre él, pero prefirió no avergonzarse más.
—A ver, suelta hombre ¿Qué quieres decirme? —Sonia quiso jugar un poco con él. Le resultaba divertido y tal vez tierno lo que sabía causaba en Marcos -aunque ella pensaba que no era algo tan serio-
—¿Cuánto tiempo tiene que se vino de España?
—... Cuatro años.
Marcos botó el aire que tenía contenido. Definitivamente ese niño no podía ser del Doctor Luis, sintió un gran alivio por ello, pero... ¿Entonces de Sandro sí?
—Eso quiere decir que...
—A penas llegué a México mi tío me puso a trabajar allí y en la UTPS.
—Entiendo —Marcos sintió que debía aprovechar la oportunidad —Profe...
—No tengo esposo, novio o ligue, Marcos —Le dio una sonrisa y volvió a concentrarse en la carretera —¿Te has preguntado por qué estoy sola?
El chico decidió mirarla y no tenía intenciones de dejar de hacerlo al menos hasta que llegaran a su destino —Sí... es que es extraño.
—¿Por qué, hombre? —Soltó una risita divertida —¿Acaso todas las mujeres guapas del mundo deben tener pareja? Qué...
—No pienso eso —Se alzó de hombros con una sonrisa, admirándola —Es que me parece increíble que ningún hombre haya tenido las agallas de conquistarla y la dicha de tenerla.
—Hombre... —Sonia se ruborizó sin poder evitarlo.
Marcos disfrutó con el corazón saltando lo que le había causado —A ver, me voy a quitar la pena de encima, me pesa...
Sonia lo miró de reojo con una sonrisa divertida mientras este se sacudía.
—¿Qué haces? —Se echó a reír al ver su cara de concentración mientras la miraba.
—Profe Sonia —Endulzó su voz —Es usted la mujer más preciosa de la Ciudad de México.
Ambos rieron, él por vergüenza y ella por nervios.
—Qué original eh, ¿entonces hay una mujer más preciosa que yo fuera de esta ciudad?
—Probablemente... —Marcos sintió su corazón saltar al seguir viendo el sonrojo en ella —Pero a mí no me haría falta conocer a otra más.
Sonia sintió presión en su estómago —¿Qué quieres decirme?
—Que...Entre todas las mujeres del mundo sé que me quedaría con usted, profe —Pensó, y sonrió con nostalgia porque no podía decirle jamás algo así —Ya le dije, que usted es preciosa.
—Gracias, Marcos —Le regaló otra sonrisa —Eres un buen chico.
—Sí... —Suspiró volviendo a ver la ventana de su lado —Qué pena que así sea —Susurró.
Y es que a veces Marcos deseaba ser el tipo de chico rudo que no le tenía miedo a nadie. De ser uno de ellos ya hubiera saltado encima de Sonia, tal vez... aunque al principio solo lo veía de esa forma, en ese momento no se imaginaba una escena tan feroz.
Él se conformaba con poder ser parte de su vida, conocerla y besarla. Así que allí mirándola de reojo cuando pilló una sonrisa en su rostro solo pensó: “Solo béseme, profe... Solo béseme y verá que puedo amarla como nadie lo ha hecho.”
Y como nadie lo había hecho, en Guadalajara, Juan Elías estaba siendo ignorado por Bianca. Eso lo molestaba, lo molestaba mucho. Porque él era el tipo de hombre que moría si una mujer no le correspondía en algo, así ese algo fuera sumamente pequeño.
Una sonrisa, un saludo, una mirada. Nada, Bianca Colmenares Pavón se había jurado no dejarse “montar la pata” por ese guapo hombre y lo estaba logrando. Y aunque odiaba admitirlo: le encantaba ver de reojo el rostro molesto del Doctor por lo que ella hacía, o mejor dicho: por lo que no hacía.
A diferencia de la primera cirugía dermatológica, Juan Elías intentó que Bianca participara lo más que pudiese, pero ella después de negar cada que él le hablaba, solo se dedicaba a tomar notas del procedimiento que veía a unos metros de distancia.
El hombre evidentemente molesto le regaló una mirada retante a la pelinegra tras finalizar la operación.
—Señorita Colmenares, hágame el favor y venga conmigo —La miró de reojo invitándola a seguirlo.
Bianca sonrió divertida al verlo caminar delante de ella muy tenso. Ambos se quitaron todo el material de protección. Ella se recostó del lavamanos cruzando los brazos sin dejar de verlo mientras él lavaba sus manos. Odiaba admitirlo, pero le fascinaba verlo molesto.
—Eres una irresponsable —Opinó concentrado en el jabón liquido en sus manos.
—¿Irresponsable, Doctor León? —Soltó una risita que al hombre le irritó —Creí escuchar que no me consideraba apta para ayudarlo ¿o solo fueron ideas mías?
El corazón de Bianca se aceleró cuando Juan Elías sin siquiera secarse las manos: la pegó del lavamanos asegurándose de presionar su cadera con la de ella.
El hombre gruñó cuando la chica pelinegra en un intento de apartarlo apretó sus tetillas sobre el uniforme.
Los ojos negros de Bianca descifraron el mensaje lujurioso de los cafés.
No necesitaron decirse nada; con las respiraciones agitadas uno de los dos cuerpos se acercó a menos de un centímetro del otro y después de pasar la lengua por sus propios labios: con una sonrisa socarrona se zafó de la presión del otro.
La pelinegra escuchó cómo el hombre gruñó y posterior a eso golpeó algo.
Bianca no se podía mentir: ella quería besarlo. Pero había algo que podía más que su sed de ese hombre, y eso era su propia palabra.
Por otro lado, en la Ciudad de México, después de haber almorzado y hecho el mapa mental para su exposición la semana entrante, Roxana se comenzó a preparar la salir. Sabía que si quería llamar la atención de Aquiles debía jugar con sus atributos, pues cada cosa que pudiera sumar a esa atracción que tenían era importante.
La chica de cabello rosa no tenía bonitas piernas a su parecer, pero contaba con algo de trasero y el busco pronunciado de su madre. Usualmente se ponía camisas holgadas, chaquetas o suéter, pero ese sábado decidió colocarse una camisa de chiffon azul rey con corte V resaltando su busto, aunque no de una manera vulgar. También llevaba una falda negra, sus medias de mallas negras y botas color café, ya que las negras se las habían robado aquella noche del beso...
—Ese beso... —Suspiró.
Ese beso que decidió darle había sido el mejor en ambas vidas. Necesitaba volver a sentir aquello. Necesitaba volver a sentir que Aquiles pudiera corresponderle.
Entusiasmada su madre antes de salir le colocó algo de vaselina en los labios ya que su hija no llevaba nada de maquillaje y le deseó suerte.
Ay si su familia materna la viera en eso... Dirían que era una regalada ¡Pero no! Ella iba a luchar por ese chico porque se sentía capaz y porque así lo deseaba.
—Toki toki —Dijo tocando la madera del respaldo de la caja —¿Qué tal, mi muso?
Aquiles tragó hondo y guardó su teléfono rápidamente para regalarle una media sonrisa a la más baja.
—Hey, pitu-rosa-brillantina...
Roxana sintió cómo el cuerpo de Aquiles se tensó; parecía que contenía la respiración, las venas de sus brazos resaltaron y sus facciones no estallaban felicidad como antes al verla. Él no estaba cómodo con su presencia. Pero al carajo, wey, eso no la iba a detener.
—Sales en un rato ¿no? —Colocó sus codos sobre la madera sonriéndole.
El chico se rascó la nuca, nervioso, retrocediendo un poco —Ehm, sí pero...
—¿Tienes otra cosa que hacer? ¿No quieres salir conmigo? —Hizo un puchero.
—Tengo una cita con Alejandro, ¿lo recuerdas?
La chica asintió con la cabeza sintiendo su corazón latir rápido —Y... ¿Cómo vas con él? ¿Es buena onda?
Ella no quería saber de ese tal Alejandro pero sí quería saber a qué se enfrentaba.
—Sí, wey —Mostró una sonrisa y Roxana vio cómo lentamente dejó de estar tenso. Maldijo por eso —Es súper buena onda, pero no sé... Ya sabes, es hermano de mi ex —Hizo una mueca.
—¿Y qué pasó con tu ex eh? —Recostó el mentón en su mano inclinándose más, queriendo que Aquiles viera su escote —¿Es un mamón más?
El rizado no supo si lo que había visto era producto de su imaginación o era intencional, así que para no crear más confusiones se limitó a verla a la cara —Fue la razón por la cual me fui de aquí unos años.
—¿Y no fue para conocer a tus jefes de sangre? —Frunció el ceño.
—Sí pero... a ver, ¿cómo te explico?...
—Se peleó con sus jefes por mí tarado hermano y por eso decidió irse.
Roxana sintió los pelos de su cuerpo levantarse por la impresión ¡No, no, no! ¿Qué hacía Alejandro allí? ¡Cierto! ¡La cita! ¿Qué podía hacer? ¡Debía hacer algo!
—Eso mismo —Aquiles mostró sus hoyuelos al sonreírle ampliamente al chico.
Roxana sintió ruborizarse del enojo, pero respiró profundo calmándose —¡Hola! ¡Qué guapo te ves eh! —Y no mentía, aunque pudo haberse escuchado sarcástica —¿Qué onda? ¿Me invitan a su cita?
El chico llamado Alejandro miró a Aquiles con una sonrisa mientras se alzaba de hombros, y el rizado después de mirarlos con inseguridad a los dos no le quedó otra opción que asentir.
¿Cómo hacía para quitarse a Roxana de encima si no le importaba salir también con el que él esperaba fuera su futuro novio?
El rizado observó a Alejandro y pensó: “Bésame, por favor.”
Tal vez así confirmaba que nada dentro de él había cambiado y sumándose a eso: Roxana dejaría de mirarlo como lo miraba.