Los ojos de Pablo se abren desmesuradamente, al verme bajar el cierre del vestido. No se levanta, y precisamente eso es lo que quiero, permanece atento y vigilante en la silla, como un depredador analizando y disfrutando el baile indefenso de su presa, frente a sus ojos. Sus iris verdes se oscurecen y su respiración se acelera. No dejo de verle mientras la tela del vestido se desprende de mi piel al terminar de deslizar la cremallera. Retiro, suavemente, las tiras del vestido, descubriendo mi sostén de seda verde jade. Un gruñido escapa de sus labios al notar la protuberancia de mis erectos pezones, ese sonido es tan potente, tan posesivo y erótico; que un estremecimiento viaja por mi cuerpo y humedece mi parte más cálida y necesitada. Contoneo mis caderas, pretendiendo quitar la ceñid

