03.-

2281 Palabras
Su padre se dio la vuelta, salió de la habitación y Leah tuvo que controlar la necesidad de ir tras él. De intentar razonar con él. Sería más fácil que tratar con Ajax. Pero su padre no cedería. Había dado su palabra y, en el mundo de Joseph Holt, donde los hombres tenían honor y no se rebajaban a utilizar a una mujer como peón en una batalla empresarial, la palabra era lo único necesario. Pero ese no era el mundo real. Ella lo sabía. Ajax lo sabía. Ajax se pasó las manos por el pelo y miró de nuevo por la ventana. –La pregunta es ¿qué hacemos? Hay un acuerdo redactado y listo para firmarse. Hay una boda planeada. Hay mil invitados que vendrán dentro de tres horas. Los medios estarán allí también. Se ha anunciado como la boda del siglo. La pregunta es –se volvió hacia ella–, ¿qué hacemos? Leah se quedó mirando su cara de preocupación y de pronto vio la respuesta. Era evidente y sencilla. Así funcionaban las cosas en los negocios y, al fin y al cabo, se enfrentaban a un problema relacionado con los negocios. Había que firmar un contrato. O, más concretamente, dos contratos. –¿Hasta dónde llegaba el trato? ¿Qué decía el contrato? –Yo pasaría a ser propietario de Holt al firmar el acuerdo matrimonial, con la condición de que el matrimonio durase cinco años. De lo contrario, tu padre recuperaría el control. ¿Y los nombres que aparecen en el documento? –No hay nombres. Son intercambiables. Esa es la cuestión. –¿Cinco años como mínimo? –Sí. –Lo haré yo –dijo Leah. Las palabras quedaron suspendidas en el silencio de la habitación. Por un instante, se sintió desprotegida. Incómoda. No. Ya no era esa chica. Era más fuerte que todo eso. Había aprendido a no exponerse a los demás, a no dejar que nadie la viese llorar. –¿Que harás qué? –preguntó Ajax. –Me... –de pronto, se sintió ahogada por las inseguridades. Por la Leah del pasado, que había idolatrado a Ajax. La chica que buscaba su atención y su afecto. La adolescente idiota que había estado a punto de declararse justo antes de que él declarase su amor por Rachel. «Lo haces por tu negocio. No tiene nada que ver con esos sentimientos. Es por Holt». Ya no era esclava de aquellos viejos sentimientos. Cierto, había soñado con Ajax cuando era una niña, pero, igual que todo el mundo, él había elegido a Rachel. Y ella había aprendido a no volver a exponerse de esa forma. Había aprendido a ocultar el dolor bajo una armadura. Porque la alternativa sería mostrárselo al mundo y destrozar su orgullo. –Me casaré contigo –anunció–. Así todo saldrá bien. No importará que Rachel se case con Christofides el mes que viene o mañana, porque no será él quien se quede con Holt. Todo saldrá bien. Él se carcajeó con ironía. –Todo saldrá bien, ¿no? La perfección. Ese pequeño obstáculo. –Soy consciente de que esto es algo más que un pequeño obstáculo. Pero es mejor que nada, ¿verdad? Ajax no era un hombre expresivo. Había sido bueno con su hermana, pero no abiertamente afectuoso. Leah se había preguntado en más de una ocasión qué tipo de relación tendrían. Si sería más una cuestión de conveniencia que de pasión. Pero era evidente que Ajax parecía un hombre que acababa de perder al amor de su vida. Ajax se pasó los dedos por el pelo y le dirigió una mirada perdida. Le recordó a una versión más joven de él mismo. Al chico que había sido antes de ir a la finca Holt. Un chico al que ella nunca había conocido. Aún recordaba el momento en que le había conocido, cuando habían ido a la finca a pasar el verano. Había sido como si todo su mundo se desvaneciera. Como si ella se desvaneciera. Ella era joven, pero algo en él le había atraído desde el principio. En un instante, Ajax había significado muchas cosas para ella. Y le había hecho caso. Había hecho que se sintiera importante. Especial. Así que se había aferrado a él y le había seguido como si fuese un cachorro perdido. De pronto, volvió a mirarla y su mirada perdida desapareció tan pronto como había aparecido. –Tendrás que servirme tú. El modo en que lo dijo le hizo desear que se la tragase la tierra. De nuevo, estaba siendo comparada con Rachel. –Gracias. Y de nada. –No esperes que me alegre por esto. Mi novia acaba de dejarme plantado. Ha elegido a mi rival antes que a mí. Y ni siquiera ha tenido el detalle de escribirme para decírmelo. En vez de eso, te ha escrito a ti. –Soy su hermana. –Y yo soy el hombre al que se suponía que debía amar. Leah le puso la mano en el brazo y un torrente de calor recorrió su cuerpo, así que se apartó como si se hubiera quemado. No se lo esperaba. No esperaba sentir aquel calor tan intenso. Al fin y al cabo, hacía años que había dejado de sentir algo por él. Aunque eso no cambiaba el hecho de que era una hombre increíblemente guapo. El calor se debía solo a la atracción física. Cualquier mujer reaccionaría de igual modo. –¿Por qué, Leah? ¿Qué ganas tú con esto? –Bueno, Ajax, es evidente que Rachel ha perdido la cabeza. Se ha fugado con un hombre que, tú y yo sabemos, no está con ella por casualidad. Un hombre capaz de hacer esto solo para hacerte daño. Lo haría, ¿verdad? –Sí –respondió él. –Mi padre quiere a Rachel, pero no ve sus defectos. ¿Acaso los tiene? –Creo que es demasiado confiada, y ambos sabemos que eso es un defecto. Alexios se aprovecharía de eso para quedarse con Holt e impedirte a ti expandir tu negocio. Le hará daño. No puedo permitirlo. Y creo que tú tampoco. –Por supuesto que no. –Entonces está decidido. Tenemos que casarnos antes de que lo haga ella. Así podrás meterte en nuestra familia, cosa que ambos sabemos que deseas. De lo contrario, los dos perderemos Holt. Y tú eres el que más pierde. Christofides se quedaría con Rachel y con Holt. –No sabía que Holt te importase tanto, Leah. Me importa porque es mi legado familiar. No puedo dejar que un desconocido tome el control. Pero, además del legado, mi padre posee la mitad de las acciones de mi negocio, y todo está bajo el control corporativo de Holt. Así que, de pronto, un desconocido tiene el control sobre mí y sobre mi negocio. –¿Y si Rachel desea quedarse con Holt? –No lo desea. Para ella no significa lo mismo que para ti y para mí, ya lo sabes. Ella iba a ser tu mano derecha socialmente, pero dudo que pasara un solo día en esas oficinas por voluntad propia. –Eso es cierto. Pero yo no quería eso de ella. Quería una anfitriona, alguien que me hiciera parecer más cercano. Eso era lo que necesitaba. Bueno, pues eso ya no va a ocurrir. ¿Quieres que otro hombre se quede con tu mujer y con tu negocio? Ajax dio un paso hacia ella, la miró fijamente con sus ojos oscuros y Leah sintió que algo en su interior se derretía. –Además de Holt, ¿qué es lo que deseas, Leah? –Mantener Las Piruletas de Leah. Holt posee un cuarto de mis acciones. Y, aparte de que mis tiendas de caramelos están vinculadas a Holt, yo soy una Holt. Es mi legado. Es nuestro, no solo tuyo. –Iba a ser mío y de Rachel. –Lo sé. –¿Y tú me confías tus acciones? Alexios es un genio de las finanzas. Tal vez él te sirva más que yo. Rachel parece pensar eso. Tú harás lo correcto por mí y por mis tiendas, Ajax. No me cabe duda. –No sé. Tal vez venda mis acciones. ¿Crees que me darán beneficios? –Claro que lo creo. Vendo cosas caras y malas para ti. Creo que estaré en el negocio toda mi vida. Él arqueó una ceja y algo en su expresión cambió. –Entonces es un éxito asegurado. Hay poco que a la gente le guste más que entregarse a los vicios. –Sí. Y permíteme que siga argumentando por qué me parece buena idea lo de casarnos. –Por supuesto –contestó él. –Tienes razón. Todo está preparado. Todo. Los invitados. El cura. La tarta. Yo he donado muchos caramelos como regalo. –Qué amable. –Bueno, ahora dono una novia. Eso es algo más que amable. –Si acepto. –Ah. Ajax se quedó mirando a Leah, la mujer que, hasta hacía diez minutos, iba a ser su cuñada. Ahora estaba hablando de ser su esposa. Leah. Apenas pensaba en ella como en una mujer. En su cabeza seguía siendo la chica rechoncha de dieciséis años con aparato y afición por los dulces. Aún recordaba con claridad encontrarse un caramelo esperándole con sus herramientas de jardinería todos los días cuando había empezado a trabajar en la finca Holt. Y, lo que había empezado como un juego de niños, se había convertido en una tradición. Cuando había empezado las prácticas en las oficinas de Nueva York, allí había un caramelo sobre su escritorio. Y después, al establecerse por su cuenta, un enorme surtido de bombones en su despacho. - Sí, cada vez que veía alguno de sus regalos, se imaginaba a Leah, la niña. La dulce y sencilla Leah, que le miraba y veía a alguien a quien merecía la pena sonreír. Pero aquella imagen no encajaba con la realidad que tenía ante él. Ahora era una mujer. Tenía veintitrés años. Parte de sus curvas habían desaparecido, aunque no todas. Seguía teniendo el pelo oscuro y rizado, pero más elegante que cuando era adolescente. Y había una determinación en ella que jamás había visto antes. Aun así, no se parecía en nada a Rachel. La hermosa y esbelta Rachel. Rachel, la mujer en la que se había fijado tantos años atrás. La mujer con la que había planeado casarse. Había sido su objetivo al final del camino durante tanto tiempo que ahora se sentía perdido. Sin un propósito. Era la única mujer a la que alguna vez había amado. Y ella le había abandonado. Se había llevado consigo Holt, y toda su vida quedaría hecha añicos a sus pies. Si permitía que ocurriera. Si no aceptaba la oferta de Leah. Rechazarla no le reportaría ningún beneficio. No sería lógico. Sin embargo, le costaba imaginársela como esposa. Como la mujer con la que compartiría su vida, a la que se llevaría a los eventos y a la cama. Leah no era la mujer con la que se había imaginado. Jamás. –Vamos, Ajax, no hagas esperar a una chica –dijo ella con una leve sonrisa. Como si estuviera tranquila. Como si aquello no fuera más que una interesante distracción. Ajax se preguntó en qué momento se habría vuelto tan calculadora. Cuándo habría dejado atrás la dulzura para convertirse en una fría mujer de negocios. –Acepto –contestó al fin–. Haré una llamada para que venga la costurera y te ajuste el vestido de Rachel. A Leah se le sonrojaron las mejillas, aunque mantuvo una expresión fría. –¿No podría quitarle treinta centímetros al dobladillo y añadirlo a la altura de la cintura? Estaba exagerando, pero, aun así, tenía razón. Rachel era alta y angulosa, mientras que la cabeza de Leah le llegaba por debajo del hombro. No podía ignorarlo; tenía una talla mayor que la de su hermana. Aunque sus proporciones no carecían de atractivo. Tenía curvas donde debía tenerlas. Simplemente, nunca había pensado en ello demasiado. –Entonces, ¿qué talla? Te encargaré uno nuevo. –Haré una llamada –dijo ella, aún con las mejillas sonrojadas–. No será a medida, por supuesto. Solo tenemos dos horas, pero puede hacerse. De todas formas, mi vestido será lo menos escandaloso de la boda. –Sigues siendo una heredera Holt –dijo él. –Sí, prácticamente somos intercambiables. Salvo por la talla del vestido, claro. –No me refería a eso. No sois intercambiables. Tú no eres Rachel –Rachel, que en su cabeza representaba su vida perfecta. Había imaginado que, cuando llegase aquel día, habría llegado a su destino en vez de caminar sin cesar. Nunca la había tocado, no más de un beso inocente, pero, durante los últimos seis años, había existido un entendimiento entre ellos. No habían pasado todo su tiempo juntos, no habían actuado como una pareja. Rachel no deseaba sentirse encadenada. Había querido vivir su vida. Pero él había estado convencido de que, al final, regresaría a él. Se había equivocado. Y no le gustaba equivocarse. –Lo siento –dijo Leah–. No siento no ser Rachel, sino que se haya marchado. Lo siento. –Claro que lo sientes. Ahora te toca quedarte conmigo. Ella lo miró con brillo en sus ojos tostados. No sabía por qué parecía como si fuese a echarse a llorar. ¿Sería por la situación? Aunque ella hubiese ayudado a crear la situación, tampoco era que él le hubiese pedido que reemplazara a su hermana. ¿O sería quizá por sus comentarios? En cualquier caso, no le gustaba. Si te esta gustando la novela, le deja un #voto lunar
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