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2229 Palabras
Joseph Holt se había convertido en su mentor cuando era adolescente, y la familia de Joseph había pasado a ser la suya en muchos aspectos. Nunca haría nada que pudiera herir a la familia Holt. Jamás. –No es demasiado tarde para echarse atrás, Leah. No te haré responsable de una declaración precipitada hecha en un momento emotivo. –Es todo muy emotivo. –Me refería a que es emotivo para ti. –Y para ti también. ¿Acaso no sientes nada? –Claro que siento algo. Pero no tomo decisiones basadas en las emociones, razón por la cual estoy dispuesto a casarme contigo en vez de con Rachel. ... Es lo lógico –así mantendría su plan en movimiento hasta que pudiera cambiar las cosas. Hasta que pudiera recolocarlo todo en su cabeza. La planificación le hacía tener el control, y el control lo era todo. Sabía lo que ocurría cuando se perdía el control. Sabía lo que sucedía cuando un hombre vivía de sentimientos. –Sí. Bueno, aunque puede que la situación sea emotiva, no me he ofrecido por eso. - Holt es mía. Por derecho. Me la prometieron. No llevo vuestra misma sangre, pero tu padre me entrenó para esto. –Lo sé. Y yo he trabajado demasiado duro en mi negocio como para ver cómo se desvanece todo. Ajax miró a Leah y se preguntó si la ha- bría subestimado. Sabía que tenía una mente empresarial, mientras que, probablemente, Rachel hubiera utilizado el dinero que su padre le había dado para ser socia silenciosa en algunos proyectos y ayudar así a expandir su red de contactos personales. Esa era una de las razones por las que Rachel había tenido tanto valor en su vida. Hacía lo que él no hacía. Conectaba con la gente, hacía amigos con facilidad y utilizaba su carisma para lograr lo que deseaba. En resumen, era el accesorio perfecto en su vida. Leah, por otra parte, estaba más centrada en los negocios. Posiblemente, desearía que alguien le echara una mano para tomar las decisiones en Holt, y estaría en su derecho, dado que la propiedad la compartirían su esposa y él. –¿Qué más sabes, Leah? –Mucho. Veo cosas. Sé lo mucho que esto significa para ti. Sé que no has pasado años trabajando para mi padre para no acabar dirigiendo Holt. Era cierto. Joseph Holt se había convertido en su mentor cuando tenía solo dieciséis años,sin educación y sin dinero, y había empezado a trabajar en la finca Holt en Rodas. Él acababa de abandonar la mansión de su padre, había huido de la isla en la que había crecido, que estaba llena de corrupción. Joseph Holt y su familia iban cada verano y cada invierno a la finca. Al contrario que otras familias adineradas para las que había trabajado, los Holt eran amables con sus empleados. Sobre todo Joseph, que se tomaba el tiempo necesario para hablar con todos y conocerlos mejor. Y había mostrado un especial interés en él. En muchos aspectos, había sido como un padre. Pero sobre todo le había inculcado el interés por los negocios. Ajax había pasado tres años trabajando para Holt en Estados Unidos. Después había montado su propio negocio, que se centraba más en las tiendas que en la fabricación. Ajax había triunfado gracias a Joseph, sabiendo que, al final, Holt le pertenecería. Igual que Rachel. Aquel día había perdido una de esas dos cosas; no perdería la otra. –Ves muchas cosas, Leah. Y creo que has heredado la habilidad de tu padre para reconocer un buen trato empresarial. Y su incapacidad para dejarlo pasar. –Soy una Holt, Ajax. –Rachel también lo es. –Yo no soy mi hermana. No nos parecemos. Tendrás que recordar eso. –No creo que se me olvide. –Tengo que... –Leah se aclaró la garganta–. Bueno, creo que tengo que empezar a prepararme. A Leah le temblaban las manos cuando agarró el ramo, el ramo que debería haber sido de su hermana. Gracias a Dios, jamás habría podido ponerse el vestido o los zapatos de su hermana. Y era la primera vez que se alegraba de no poder hacerlo. No quería las flores de su hermana, ni su prometido, ni su ves- tido ni sus zapatos. El vestido y los zapatos eran suyos. Las flores y el novio... no. El estómago le dio un vuelco al mirarse en el espejo y enfrentarse a la realidad de lo que estaba haciendo. En la teoría le había parecido la única opción. No podían permitir que Alexios se quedara con Holt. Si estaba utilizando a Rachel, eso no podía ser una recompensa. Pero allí de pie, con el vestido de novia, todo le parecía más real. Más descabellado. Sacó un pañuelo de papel del tocador y se lo llevó a los labios para quitarse el exceso de pintalabios. Se quedó mirándolo durante unos segundos. ¿Se quedarían sus labios marcados en los de Ajax? Entonces se dio cuenta. Iba a besarlo. Aquel mismo día. Se dejó caer sobre la silla situada frente al espejo. Iba a casarse con él. Iba a ser una boda de verdad. Y lo peor era que iba a tener que exponerse a la prensa y al ridículo una vez más. Eso era lo que menos le gustaba. Aquella boda era algo enorme. Un gran acontecimiento. Rachel era muy popular, un icono del estilo para las masas y la favorita de las portadas de las revistas. Y Ajax... exudaba s*x-appeal y misterio, y además era multimillonario. Eso hacía que la boda cobrara tanta importancia. Y ella no encajaba entre tanta fanfarria. Se quedó delante del espejo y se llevó las manos a los pechos, que apenas podía contener el corpiño del vestido. No era su primera opción, pero se trataba de una emergencia, y eso significaba que había tenido que conformarse con una talla más pequeña. Le recordó a una ocasión en la que había ido a un evento con un vestido que Rachel se había puesto aquel mismo año. Y allí estaba, teniendo el clásico tropiezo con la moda que solían tener las chicas de dieciséis años, pero delante del mundo entero. Su figura, lejos de ser esbelta, se veía demasiado gracias a que el vestido era demasiado pequeño y, además, el color no le sentaba bien. Había aparecido en una revista de moda bajo el titular ¿A quién le queda mejor? Y Leah había recibido críticas tanto en el artículo como online. Tomar prestada ropa del armario de su hermana era mucho más difícil para ella que para otras adolescentes. Recordaba que se había quedado llorando en el despacho de su padre y que en ese momento había entrado Ajax. – ¡ Me siento muy humillada, Ajax! –había gritado ella entre sollozos–. ¿Cómo podré superar esto? Ajax se había quedado mirándola con ojos impasibles. –Si no quieres que te comparen con tu hermana, deja de ponerte en su lugar. Tú eres diferente. Nunca serás como ella, así que deja de intentarlo –después, se había arrodillado frente a ella–. Y nunca dejes que te vean llorar. No les des nada que puedan usar contra ti. Un objetivo irrompible no es un objetivo satisfactorio. Tenía razón, entonces y ahora. Ella no era Rachel. Así que había hecho un esfuerzo por convertirse en todo lo contrario. Y nunca dejaba que la vieran llorar. Ni tampoco bajaba la guardia. Salvo cuando estaba con Ajax. Con él se sentía libre de ser como era. Siempre se lo había contado todo. Primero, siguiéndole a todas partes por la finca y, después, pasando tiempo con él en su despacho. Y siempre le dejaba caramelos. Ajax no era una persona afectuosa, pero ella siempre veía el envoltorio de los dulces en la basura a la mañana siguiente. Y siempre recibía como recompensa una sonrisa. Una sonrisa muy leve, pero, viniendo de él, era como si fuese oro. Y, con aquellas pequeñas sonrisas, su encaprichamiento adolescente se había convertido en amor. Incluso había estado a punto de decírselo una noche, cuando quedaban muy pocas personas en el edificio Holt y ellos estaban a solas en su despacho. Pero había perdido el valor. Y, a finales de esa semana, Ajax había anunciado que pensaba casarse con Ra- chel. «Nunca dejes que te vean llorar». Aquel día, sus palabras se habían repetido en su cabeza una y otra vez mientras sus sueños y sus fantasías se hacían pedazos. Después de aquello, ya no había vuelto a su despacho ni le había dejado más caramelos sobre el escritorio. Desde entonces, no había mostrado una sola g****a en su fachada. Pero daba igual, porque seguía sin gustarle lo que la prensa escribía sobre ella y sabía que aquello no sería una excepción. –Leah –su padre entró en la habitación y Leah se dio la vuelta al oír su voz–. - ¿Estás preparada? –Sí. –¿Estás segura? –Sí. Se sentía mareada y la cabeza le daba vueltas. «Ya sabes lo que es esto. Has firmado el acuerdo. Este matrimonio tiene un final. Probablemente nunca llegue a tocarte». Pero la fantasía y la realidad estaban li- brando una batalla en su cabeza y era difí- cil recordar cómo debía sentirse. Quién debía ser ella. Era difícil seguir con la máscara puesta mientras el mundo temblaba bajo sus pies. –Deseo hacer esto –le dijo a su padre. La expresión de su padre cambió, como si estuviera viendo en su interior. –Entiendo –dijo mientras le ofrecía el brazo–. Entonces vamos. Confieso que no estaba preparado para que te casaras aún. –Tengo veintitrés años. –Aun así. Con Rachel, sabía que esto llegaría. Estaba más preparado para que se casará. Y sabía... sabía desde hacía tiempo cuáles eran las intenciones de Ajax. En cuanto sus sentimientos hacia Rachel cambiaron, me lo contó. –Seis años –dijo Leah. Recordaba aquel preciso momento, aquella hora, porque el recuerdo seguía muy nítido en su cabeza. –Rachel quería vivir más. Tenía solo veintidós años cuando Ajax se enamoró de ella. ¿Y tú no quieres vivir? –Puedo vivir con un marido –respondió ella–. Estaré casada, no muerta. –Eso es cierto. Pero sigues siendo mi pequeña. –Papá, hace años que no vivo en casa. –Lo sé. –Y Ajax es como un hijo para ti. Su padre dejó de andar y la miró. –Y, si te hace daño, me encargaré de él personalmente. –No lo hará. Ajax ya no tenía el control sobre su vida. Al menos, en lo referente a sus sentimientos. Quizá siguiera resultándole atractivo, pero ya no estaba enamorada de él. Dejaron de hablar entonces, porque estaban en el recibidor y, más allá, se encontraba el jardín, donde todo estaba dispuesto para la boda. La boda de Rachel. Nada de aquello era de su gusto. Ella era más extravagante y su hermana más sofisticada. En la boda de Rachel todo era blanco. Una pena que no se hubiera presentado. Leah tragó saliva cuando se abrieron las puertas y el sol irrumpió en la estancia para pintarla a ella también de blanco. El único color era el azul del mar más allá del jardín empedrado. Comenzó a bajar los escalones, los invitados se pusieron en pie y comenzó un murmullo generalizado, audible incluso personalmente. por encima del cuarto de cuerda que to- caba en la ceremonia. Leah sabía bien lo que estaban diciendo. Estarían preguntándose por qué ella. ¿Por qué no su preciosa hermana? Sin duda, todos sabrían que Rachel se había marchado. Porque, si no, Ajax nunca la habría preferido a ella. Todo el mundo lo sabría. Leah siempre había imaginado que se casaría allí, en Rodas. Pero en su cabeza había sido diferente. Cuando levantó la cabeza y vio a Ajax al final del pasillo, el corazón le dio un vuelco. Ajax siempre había formado parte de sus fantasías. Claro que, en sus fantasías, él sonreía al verla acercarse. No la miraba como si fuera juez, jurado y verdugo, dispuesta a pronunciar una terrible sentencia. Así era como la miraba en aquel momento. Sombrío. Como un hombre en el patíbulo, no en el altar. –¿Quién entrega a esta mujer en matri- monio? –preguntó el pastor cuando se detuvieron al final del pasillo. –Yo la entrego. Su padre le dio un beso en la mejilla y, después, ella avanzó hacia Ajax. Él le dio la mano y entonces se dio cuenta de que nunca antes se la había estrechado. De hecho, pensándolo bien, no creía que nunca le hubiese tocado la piel. Sintió un intenso calor que comenzó por las mejillas y se extendió hacia sus orejas. Genial. Se estaba sonrojando. ¿Qué diablos le pasaba? ¿Por qué no podía controlarse? ¿Por qué aquello parecía tan real? «No es real. Son negocios. Es por mi negocio. Es por Holt. No es por ti», se dijo. Ajax le dio la otra mano también y la volvió para que le mirase. Leah sintió terror y algo más, una emoción tan grande y tan real que no podía negarla. Florecía en su interior con fuerza. En aquel momento, la realidad se esfumó y ganó la fantasía.
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