Aquello no era más que una fantasía. No podía ser real. Se trataba de un sueño, el sueño que solía tener cuando era adolescente.
Ajax dijo sus votos con voz fuerte y firme, desprovista de emoción. Aunque así era él. Ella dijo los suyos sin equivocarse, y tuvo la extraña sensación de que cada
palabra era cierta. De que nunca habría nadie más que él. Siempre sería él.
–Puedes besar a la novia.
El corazón le dio un vuelco y, por un instante, el mundo pareció detenerse. Se quedó mirando los labios de Ajax.
¿Cuántas veces habría pensado en besar esos labios?
Fue lo último que pensó antes de que Ajax le pasara un brazo por la cintura, agachara la cabeza y la besara.
No estaba preparada para el calor que recorrió sus venas. Levantó los brazos y le agarró con los dedos las solapas de la
chaqueta del traje.
Había anticipado algo recatado y apropiado para hacerlo delante de miles de ojos, pero no fue eso lo que obtuvo.
Lo que obtuvo fue un beso de verdad. Ajax deslizó la lengua por la comisura de sus labios y ella abrió la boca para saborearlo. Sintió como si se estuviera cayendo, pero él estaba allí para sujetarla.
Nunca la habían besado así. Jamás. Y tampoco se había sentido así nunca.
Como si fuese a morirse si dejaba de tocarla, como si su piel estuviera en llamas.
Los pechos le dolían y el corazón revoloteaba como un pájaro enjaulado. Y aquel
dolor entre los muslos. Un dolor que sabía que solo él podría calmar.
De pronto, Ajax se apartó y ella estuvo a
punto de perder el equilibrio. Los invitados estaban aplaudiendo, el pastor estaba haciendo su declaración, pero ella no
prestaba atención. La cabeza le daba vueltas y las piernas le temblaban.
–Sonríe –le susurró Ajax al oído.
«Nunca dejes que te vean llorar».
Así que puso una sonrisa falsa que no sentía y dejó que Ajax la llevase por el pasillo mientras la b***a tocaba. Subieron los escalones y entraron en la
casa.
Cuando las puertas se cerraron tras ellos, Ajax comenzó a aflojarse la corbata.
–¿No necesitamos...? ¿No deberíamos...? El fotógrafo.
–¿De verdad crees que quiero fotos? –preguntó él.
–Eh... pensaba que... es nuestra...Hemos pagado un fotógrafo.
–Supongo que la prensa ya habrá sacado suficientes fotos. No tengo interés en posar. Lo que quiero es beber.
–Tú no bebes.
–Normalmente no.
Nunca le había visto beber. Aquello no era lo mejor para su ego. Que casarse con
ella le indujese a beber.
–¿Y qué hay del banquete?
–Estoy demasiado ansioso por llevarte a mi villa y consumar este matrimonio respondió él con sequedad–. Tendremos
que saltárnoslo.
–¿Qué?
–Que nos vamos. Ahora.
Ajax volvió a darle la mano y salió con ella por la puerta principal, donde esperaba una limusina.
Abrió la puerta de atrás y ella se montó. Después se subió él y
cerró la puerta.
Miró por la ventanilla, ella siguió la
dirección de su mirada y vio al fotógrafo de pie en las escaleras.
–Vamos a darle una foto–murmuró Ajax.
–Las lunas están tintadas.
–Ya encontrará la manera de solucionarlo. Al fin y al cabo su trabajo es hacer la foto.
La pegó a su cuerpo y, por segunda vez en cinco minutos, la besó.
Deslizó la lengua entre sus labios para saborearla y, una vez más, ella respondió sin poder evitarlo. Enredó los dedos en su pelo y se aferró a él.
No podía fingir que no sintiera nada. No podía fingir que el roce de sus labios no encendiera el fuego en su cuerpo. No podía fingir que jamás hubiera deseado a un hombre como deseaba a Ajax.
Apartó los labios de los suyos, empezó a besarle el cuello y fue bajando.
Después levantó la cabeza.
–Conduce –le ordenó al conductor.
Volvió a besarle el cuello y a dibujar círculos con la lengua sobre su piel hasta que la limusina se alejó de la casa de su familia y comenzó a recorrer la carretera
serpenteante que conducía hacia la autopista.
Entonces, se apartó de ella y el calor del momento desapareció, como si le hubieran echado un jarro de agua fría.
–¿A qué ha venido eso?
–No estaba de humor para responder preguntas. ¿Y tú?
–Eh... No. Supongo que no.
–Tendremos que inventarnos una historia antes de hablar con la prensa.
De acuerdo. Tiene sentido.
–Tendremos que explicar por qué me he casado contigo y no con Rachel.
–¿Y la verdad no sirve? Que se ha dado cuenta de que está enamorada de otro hombre.
–No. No sirve –respondió él con actitud feroz–. ¿Para ti sería tan sencillo?
–Supongo que no. Pero, por favor,
inventémonos una historia que no acabe con mi orgullo. Ya he tenido bastante con los medios de comunicación.
–Parece que ambos tenemos problemas de orgullo. No pretendo hacerte daño, Leah, pero nada de esto formaba parte de mi plan.
–Obviamente.
–Me imagino que tampoco formaba parte del tuyo.
–Bueno. Esta mañana estaba preparándome para la boda de mi hermana y ha resultado ser la mía. Y ahora estoy casada
y en una limusina camino de... Ni siquiera sé de dónde. Tal vez me lo hayas dicho, pero lo he olvidado con todo este lío.
–A mi casa. No habíamos planeado irnos de luna de miel hasta que las cosas empezaran a asentarse en Holt.
–¿Vas a Nueva York?
–Aún no. Pero trabajaré aquí desde mi despacho para arreglar algunas cosas. Tu padre lo ha dejado todo bien organizado y
el cambio está yendo bien, pero aun así...
–El negocio es lo primero. No tengo nada que ponerme –dijo ella–. Tengo este
vestido. No tengo... bragas. No llevo desodorante. Mi maleta está en la casa.
–Haré que te envíen ropa nueva si quieres. Y tus cosas de Nueva York.
–¿Mis cosas de... qué?
–Vivirás aquí conmigo.Viajaremos a Nueva York, claro, pero allí nos alojaremos en mi ático, no en tu apartamento, o piso, o lo que sea que tengas.
–Es un apartamento muy bonito.
–Viviremos juntos. Al fin y al cabo,
somos marido y mujer.
–Oh, sí. Claro. Lo somos.
_ Pareces sorprendida.
–¿Acaso tú no lo estás?
–Es difícil sorprenderme, Leah, pero sí, un poco sí.
–¿De verdad quieres que viva contigo?
–Más bien lo necesito –respondió él–. No quiero arriesgarme a que esto no parezca real –apoyó el codo en el reposabrazos del coche y se llevó la mano a la
frente. Era la primera muestra de que no estaba tan tranquilo como pretendía aparentar.
Permanecieron callados el resto del camino y, a medida que subían por la montaña, Leah fue sintiéndose furiosa. Era una
furia que ayudaba a fortalecer su coraza.
La limusina recorría el camino hacia la casa de Ajax. Se dio cuenta de que nunca
había estado allí. Él iba a las fiestas que hacía su familia en Rodas y visitaba el ático de su familia en Nueva York, pero
ella jamás había ido a visitarle.
Divisó entonces unas puertas dobles, que se abrieron cuando la limusina se acercó. Al otro lado había una casa moderna con enormes ventanales.
Detrás estaban las montañas; delante, el océano.
Las flores rosas trepaban por los muros de la casa, la única nota tradicional de una villa griega.
El resto era todo nuevo. Se trataba de un diseño limpio y, sin duda,muy caro.
–Nunca había estado aquí–comentó ella.
–¿No? –preguntó él, extrañado.
–No. Nunca me has invitado.
Bueno, tampoco es que pasemos mucho tiempo juntos. Parece que, en las fiestas, nos evitamos. Sí que nos cruzamos dos o tres
veces a lo largo de la velada, lo justo para decir: «me alegro de verte. ¿Qué tal el cóctel de gambas? ¿Delicioso? ¡Sí, delicioso!».
Pero no, no pasamos tiempo juntos.
No era casualidad. Después de su
desencuentro con él, había tenido que alejarlo. Necesitaba tiempo para levantar barreras más fuertes.
–Yo no celebro fiestas –contestó él con voz cómicamente seria.
–Entonces, misterio resuelto. Por eso nunca he estado aquí.
El coche se detuvo y ella salió, pues no quería esperar a que Ajax o el conductor le abrieran la puerta. Cuanto más avanzaba
el día, más extraña se sentía con aquel vestido.
Cada vez que Ajax la había besado, la fantasía les había envuelto y había hecho que todo pareciera un sueño. Pero, ahora,
de pie frente a su casa de cristal y acero, con la luz del sol bañándole la piel y la brisa procedente del mar colándose por debajo de la falda, todo parecía demasiado
real.
–¿Podemos entrar? –preguntó–. Tengo mucho calor.
–No me extraña, con ese vestido –la guió hacia la casa.
Ella le siguió y se sintió aliviada al entrar en el frío recibidor de piedra.
–¿Ya te encuentras bien?
_ Mejor, gracias.
– Con suerte, tus cosas estarán aquí dentro de poco. Supongo que es un poco incómodo.
Sus cosas. Porque tendría que vivir allí.
Tendría que dejarlo todo por aquello. Por él.
Porque Ajax deseaba que pareciese real.
–Bueno –murmuró con voz tensa–. ¿Vamos a consumar el matrimonio? –preguntó casi sin pensar.
–¿Qué?
–Dijiste que estabas ansioso por consumar el matrimonio y vas a hacer que me envíen mis cosas aquí. ¿Quieres que nos
pongamos con eso?
–Creo que no –respondió él con el ceño fruncido–. Desde luego, no esta noche.
–¿Cómo va a ser el matrimonio exactamente? Y, si no es esta noche, ¿crees que ocurrirá en el futuro?
–Quería aparentar frente a la prensa, nada más. Según el acuerdo que hemos firmado, hemos de permanecer casados
cinco años antes de sellar el trato, o la propiedad de la empresa irá a parar a...
–A Alex, ¿verdad?
–Teniendo en cuenta la salud de tu padre, y si Alex se queda todo ese tiempo con tu hermana, es probable. Eso significa
que, pase lo que pase, este matrimonio no será fácil ni rápido. Incluso entonces... quizá lo mejor para nosotros sería hacerlo
algo permanente. Sin embargo, tú acabas de subirte al barco. No voy a llevarte arriba para violarte.
–No me refería a...
–Has sido tú la que lo ha preguntado.
–Solo estaba dejando las cosas claras.
Nos hemos casado y es cierto que has hecho un comentario sobre consumar el matrimonio–respondió ella.
–Entonces, ¿estás ofreciéndome también tu cuerpo? ¿Ahora mismo? ¿Aquí?
Podría echar a mis empleados. ¿Quieres que te arranque el vestido y te posea
contra la pared? Podría hacerlo, Leah. A algunas mujeres les gusta eso.
O, si lo prefieres, podría llevarte arriba y convertirte en mi esposa a todos los efectos. Pero el caso es que lo haría porque estoy enfadado. Con ella. Pensaría en ella. Ella es la única mujer a la que he amado y me ha dejado el día de nuestra boda para irse con otro. Con alguien a quien odio. Si me acostara contigo, sería para devolvérsela. Soy un hombre, no lo olvides. No te haría sentir especial.
Sí, podría poseerte. Pero la pregunta es, ¿desearías que
lo hiciera?
Sus palabras no deberían hacerle daño, pero eran tan frías y duras que le llegaron directas al corazón.
–¿La querías? –le preguntó.
–La quiero –respondió él–. Los años de amor no se borran en un solo día. Por muy conveniente que pueda parecer.
–Supongo que no.
Aquello le hería el orgullo. Que admitiera con tanta naturalidad que no la deseaba. Y, al mismo tiempo, le miró a los ojos y supo que su orgullo también estaba
herido. Se dio cuenta de que para él convertirte en mi esposa a todos los efectos.
supongo que para él también era difícil.
–Entonces creo que me iré a mi habitación, ya que no te interesa consumarlo deprisa –murmuró ella con expresión neutra–.Buenas noches.
–Mañana pensaremos un plan.
–Estoy deseándolo.
Tal vez una noche de descanso le ayudara a entender lo que estaba haciendo. A entender qué le había sucedido. Y qué iban a hacer al respecto.