Leah ignoró el vuelco que le dio el corazón y se quedó mirándose las uñas.
–¿Es el pago de los servicios prestados?
Ajax palideció y, por un momento, pareció haberse ofendido.
–Este no es ese tipo de acuerdo. Eres mi esposa. No una mujer que yo haya comprado.
–¿Y durante cuánto tiempo seré tu esposa? –eso era lo que quedaba por decidir.
¿Sería su esposa solo sobre el papel?
–He jurado unos votos –respondió él–. Pienso cumplirlos. ¿Y tú?
–¿En qué sentido?
–En todos los sentidos. ¿De qué serviría divorciarnos cuando esta unión podría beneficiarnos a ambos?
–No estamos teniendo en cuenta el amor.
–No me pareces el tipo de mujer romántica.
Tenía razón. Aunque no siempre había sido así. Su optimismo había empezado a evaporarse el día que vio a Rachel con Ajax.
–No lo soy especialmente, pero ¿qué saco yo de todo esto, Ajax?
Además de un marido resentido que pensará en otras mujeres si hacemos el amor.
Ajax la miró y algo cambió en sus ojos, como una chispa en sus profundidades.
Una chispa que encendió una hoguera en su vientre. Una chispa que le recordó lo fuerte que era su atracción hacia él.
–¿Qué saco yo? –repitió.
–¿Qué es lo que deseas?
Como ambos habían señalado, su orgullo estaba destruido.
¿Por qué aferrarse a él? Leah no iba a quedarse parada y enfadada por no tener lo que deseaba solo
porque no lo había pedido. Iba a poner sus propias condiciones.
Si Ajax quería un matrimonio, ella se lo daría.
No necesitaba amor. ¿Y el sexo con Ajax? Bueno, al fin y al cabo, se sentía atraída por él. Y, francamente, estaba harta
de ser virgen.
–Si vamos a seguir casados, entonces d***o un matrimonio. Te d***o en mi cama todas las noches, nunca con otra
mujer. d***o que me apoyes personal y profesionalmente. No viviré mi vida a medias solo por una decisión precipitada.
–Naturalmente –contestó él–. Yo d***o tener hijos, como ya te he dicho. Siempre ha formado parte de mi plan. ¿Y tú?
Ella no lo había pensado mucho, porque el matrimonio le había parecido algo lejano. Pero una parte de ella siempre había
dado por hecho que algún día sería madre.
–Sí quiero tenerlos –respondió.
–Y, dado que eres mi esposa, acostarme contigo me parece lógico. ¿Qué sentido tendría buscar sexo en otra parte?
–Me alivia que pienses así. Supongo que es lo mejor para nuestra salud, nuestro bienestar y nuestra imagen pública.
–Sin embargo, sigo diciendo lo mismo que al principio.
Tendremos que elaborar
los detalles de nuestra relación cuando todo esto se haga público. Cuando asistamos a eventos como recién casados, sería mejor que nuestra relación personal
fuese lo más simple posible. No quiero que Christofides piense que existe alguna debilidad que pueda aprovechar. No quiero que se vea desesperado e intente seducirte.
–¿A mí?
–Puede que lo haga si se da cuenta de que con Rachel no podrá destruir mis objetivos.
–Oh, seducida como venganza por un matrimonio que es solo cuestión de negocios. Qué chica tan afortunada soy.
–Es la realidad, Leah. No lo digo para ofenderte.
–Claro que no.
–Además, necesitas tiempo para acostumbrarte.
–¿Tiempo para acostumbrarme ¿Qué quieres decir?
–Ayer ibas a ser mi cuñada. Hoy eres mi esposa. Dudo que estés preparada para el
cambio.
A pesar de que he dicho que no eres mi prisionera, y aunque sé que te has metido en esto por voluntad propia, fue
un momento muy intenso y había muchas razones por las que nuestro matrimonio tenía sentido en términos empresariales.
Pero el hecho de que todo eso tuviera sentido no significa que tú y yo tengamos sentido como pareja. Obviamente, necesitarás tiempo antes de estar lista para
consumarlo.
–¿Tiempo?
–Obviamente.
–No tienes ni idea de lo que d***o ni de si estoy preparada. No te atrevas a pensar que puedes decírmelo. El sexo me parece
bien. La idea de que nos acostemos me
parece bien. No accedí a casarme contigo sin pensar. Sé lo que significa estar casados.
–Eres joven, Leah. Ingenua. No me
aprovecharé de eso. Todos necesitamos tiempo para ajustarnos a la nueva situación.
–Yo no necesito tiempo, Ajax. Podrías poseerme sobre esta mesa ahora mismo si quisieras. Piensa en mi hermana. Piensa
en Inglaterra, no me importa. Sé lo que d***o. He dicho exactamente lo que d***o. Te d***o a ti.
Las palabras quedaron suspendidas en
el silencio de la habitación. Lo había admitido. Había confesado que lo deseaba.
Que quería acostarse con él. Eso le hizo sentirse más fuerte.
–El caso es –dijo él– que yo no te d***o a ti. Para mí eres una niña. Te miro y veo a una cría. No veo a una mujer.
Aquellas palabras no le dolieron tanto como podrían haberlo hecho, porque se
daba cuenta de que se debían al dolor que sentía. No a ella.
–Tengo veintitrés años. No soy una niña.
–No... no he tenido tiempo para acostumbrarme al nuevo plan.
–Y el plan lo es todo, ¿verdad?
–era algo que había aprendido de él en las últimas veinticuatro horas.
–Sí, Leah. El plan lo es todo –admitió él–. ¿Cómo vives tu vida sin un plan?
–Sigue a tu corazón. A tus pasiones...
–La pasión es el elemento más destructivo de la vida.
–¿No sientes pasión?
–La niego.
–¿Ni siquiera por Rachel?
–Por nada ni por nadie.
–Pensé que la amabas.
–¿Qué tiene eso que ver con la pasión? –preguntó Ajax.
–Todo.
–En eso te equivocas, Leah. La pasión es egoísmo. La pasión es satisfacerse a uno mismo. Y ese camino... ese camino
puede volverse muy oscuro.
Entonces, Ajax se dio la vuelta, salió de la habitación y la última pizca de fantasía se evaporó ante sus ojos.
A Leah no le quedó nada más que la cruda realidad y la certeza de que el hombre al que creía conocer no era más que un desconocido.