Prólogo: un nuevo hogar.
Reía, no paraba de carcajearme y balancearme en la silla de madera en la que permanecía sentada.
Claro que, lo hacía internamente, puesto a que mostrar aquello ante los ojos de los dos adultos que tenía frente a mí hubiera sido un pasaje seguro a desastrelandia, si es que aún no me encontraba allí. Había demostrado alrededor de los años que los daños colaterales de mis malas decisiones era terriblemente peligrosas para el futuro, no solo mío, también de todos los que me rodeaban, muy a pesar de esa conclusión tan fácil de descifrar, porque siendo sincera, el saber que la acción nos lleva a una reacción es algo que logré aprender desde mis cortos cinco años, sin embargo, entendí verdaderamente lo catastrófico de recibir, no solo la carga de un error, si no también el regaño inevitable de mi madre y los involucrados, unos años más tarde.
Lo entendía, pero, como era de esperarse de mi parte, a la hora de elegir n***o o blanco, escogía encerar una pista de baile.
—¡¿Qué?! —grité aterrada al director—. No me pueden expulsar.
Mala respuesta para aquella insana situación.
—Sí que puedo —dijo, con su típico tono malvado y desafiante.
—¿No hay otra opción, señor director? —inquirió mi madre, preocupada.
—No hay opción, es muy grave lo que hizo su hija.
—Puff, me parece una exageración —bufé, claramente mintiendo.
Con cada respiro que daba dentro de la oficina del director, una piedra caía sobre la inestable balanza que determinaría lo bueno o malo de mi destino, estaba demás preguntar por el resultado que iba ganando, estaba tan claro como el futuro sermón de dos meses sin salidas y celular que me daría mi madre.
—¿Quemar un salón de química, noventa y ocho casilleros, y dejar a dos de sus compañeros calvos, no le parece grave? —se mostró ofendido.
Lo que tenía para decir, tuve que callarlo, no podía excusarme alegando la poca explicación expuesta por el insípido de mi profesor, porque, más que claro estaba que sus instrucciones fueron específicas, pero dada mi poca atención hacia ellas, no pude comprender ni una cuarta parte. Terminé vertiendo el líquido incorrecto en el experimento, haciendo una pequeña explosión, la cual causó una casi invisible chispa de fuego y hasta ahí, todo parecía manejable; fue cuando el tan minúsculo fuego se convirtió en una alta llama que se trasladó a una cercana cortina, hasta todo el salón.
El resto de detalles había llegado solo, a consecuencia.
—Bueno... Se han visto peores —comenté.
Mi madre me dio una mirada fulminante, ordenando que me callara. La pobre, había tenido que salir corriendo al ser llamada por el director, dejando cada papel sin entregar en su importante trabajo.
—Lo lamento, señora Haynes, pero tendremos que expulsar a su hija.
—Discúlpeme a mí, señor director, y también a mi hija, lamentamos mucho lo que pasó —mi progenitora se puso de pie, estrechando su mano con el director.
En el momento en el que esa escena cubrió mi campo visual, mi expresión cambió drásticamente. ¡Me sentí terriblemente ofendida!
Me expulsaban, ¿y ella qué hacía? ¡Darle la mano a el hombre! Me parecía increíble que mi madre atentara de esa forma contra mi orgullo e integridad. Aunque, debía ser clara... La culpa era parcialmente mía, solo parcialmente. Salimos del colegio, directo al auto, sin dirigirnos siquiera la mirada. Me sorprendió el silencio tan largo puesto por mi madre durante todo el camino a casa, eso solo podía significar algo completamente malo. Deseaba con fuerzas no decepcionarla, pero dentro de mí, estaba el pleno conocimiento de que, en ese instante, era muy tarde para arrepentimientos.
—Mamá —me atreví a decir al llegar a casa.
—No digas nada, solo haz tus maletas, te vas a California el jueves, hablaré con tu hermano para que vivas con él y con tu padre, para que te inscriba en la escuela —soltó su orden, sacando un jugo del refrigerador y dejando en mí todo el nerviosismo acumulado.
¿Irme de Madrid? ¿dejar todo atrás?
No mantenía la vida perfecta, eso estaba muy claro para todos, sin embargo, estaba segura de que mis problemas no iban a remediarse con un viaje a un país desconocido, con un hermano y un padre que no veía desde hacía tres años atrás, y ni hablar de la nula comunicación que manteníamos. En eso había acabado un matrimonio lleno de promesas y una familia modelo; en sobras muy difíciles de digerir.
Cuando tus padres acceden a divorciarse, separando sus vidas con miles de kilómetros de distancia, puede llegar a ser superable, pero, si te separan de tu otra mitad, tu hermano, tu única ancla y cómplice, se vuelve más arduo el tema de subsistir.
Mi subsistir no volvió a ser el mismo en cuando ambos se fueron, y dudaba que, volviéndolos a ver, las cosas se transformaran.
—¡¿Que?! ¡Pero, mamá, yo no puedo...!
—Nada de peros, Jessica —me interrumpió—. Te vas a California y no hay nada que puedas hacer.
Su tono enojado me daba escalofríos. Mamá era más que reconocida en cada lugar de Madrid por su carisma, dulzura y el amor que compartía con cada persona que tiene la suerte de cruzarse con ella, pero cuando hablábamos de conocer su lado malo; era totalmente recomendable no hacerla enojar.
—No puedo creer lo que hiciste, esta vez sí cruzaste la línea. Debes entenderlo, Jessica, ya no tienes cinco años —su voz fue clara y recta.
—Ma...
—¿Acaso crees que no me duele que otro de mis hijos se vaya lejos de mí? Eso me destroza, Jessica —no permitió que hablara.
Cada palabra de esa oración fue como un golpe en mi corazón.
—¡Entonces no me obligues a ir a California!
—No te estoy obligando, es la única opción. Ya estamos a mitad de año ya ningún colegio te aceptará... Solo en California, tu padre tiene contactos, él logrará algo.
—¡Pero, mamá! —reclamé.
—Ve a preparar tus maletas, yo hablaré con tu padre —se acercó a mí y me enrolló en sus brazos—. Te quiero, pequeña.
Dejé salir un suspiro, no sé si prefería los gritos, seguido de cualquier otro castigo, o abrazos y cariño, pero con mudanzas repentinas.
—Y yo a ti, mamá.
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El jueves llegó muy rápido, como si el tiempo quisiera que me fuera a California. Mamá y yo compramos algunas cosas, y ella me llevó a despedirme de mis compañeros y amigos, puesto a que nunca me gustaron las despedidas, intenté que todo fuera rápido. No llevaba una gran relación con todos, pero hay algunos que consideraba mis amigos.
Mi madre no paró de llorar durante todo el camino al aeropuerto, me tenía totalmente cansada con su melodrama, pero debía admitir que me dolía lo suficiente como para permitirme sentir un enorme vacío en el pecho del que no pretendía contarle. Lo peor del caso fue que yo también lloré, y no era de esas que lloraba en momentos así, pero la idea de no ver a mi madre por un largo tiempo me destrozada por dentro, aunque por fuera no pareciera.
Luego de despedirme de mi madre, subí al avión, sin mirar atrás, si pensar más; si algo tenía claro era que pensar en tu dolor, lo hacía el doble de potente. El viaje fue largo, dormí todo el tiempo, seis horas en un avión no era nada fácil. Me perdí luego de cinco minutos de haber pisado suelo estadounidense, claro estaba que los aeropuertos de Europa no eran iguales a los de California, pero cuando al fin pude encontrar la salida, no vi a ningún rostro familiar, desanimándome más, sintiéndome como niña cuando no la buscan sus padres a la salida de la escuela.
Según tenía entendido ese día, mi padre me buscaría, por lo tanto, durante mis ratos consientes en el avión, practiqué repetidas veces mi saludo, mi reacción y cada uno de los movimientos que haría a penas verlo, pero quedó en vano; él no estaba ahí, nadie lo estaba, y no podía evitar preguntarme si mi presencia allí era tan poco importante como para olvidar mi llegada. Fui al baño al ver que nadie llegaba. Necesitaba ver mi aspecto y repararlo, luego de tantos ajetreos mi cabello estaba más que rebelde, así que eso hice, me esforcé por estar presentable y me dirigí de nuevo en mi búsqueda de la salida.
Sin embargo, mis planes fueron cambiados en cuanto un tropiezo me hizo temblar, al hacer contacto con un torso esbelto y bastante fornido. Levanté mi cabeza lentamente, observando el rostro de aquel chico, con cabello color castaño oscuro.
—¿Necesitas un trapito para la baba, linda? —habló en tono egocéntrico.
Y así, sin anestesia, lo que parecía ser un chico guapo, mandó todas mis altas expectativas a la basura. Era una lástima que tanta belleza se desperdiciara.
—¿Y tú qué? ¿Necesitas otro cerebro, idiota? —contraataqué.
—¡Auch! Eso dolió —posó su mano en su pecho, fingiendo dolor.
—Muévete, tengo que irme —solté con ácido, tratado de moverme.
Sin poder lograr mi objetivo, noté como su mano tomaba mi brazo con fuerza.
—Quédate, lindura.
—No gracias, no quiero contagiarme de tu estupidez —me solté de un jalón.
Caminé, ignorándolo por completo, pero como si portara unos enormes deseos de morir ese día, el chico abrió su boca para calentar más mi sangre una vez más.
—¡Que carácter, nena, así me gustan! —lanzó un beso en mi dirección.
Opté por no responder y seguir mi camino, porque si el viaje significaba una nueva vida, debía comenzar por no golpear a nadie; perfil bajo, pocos problemas. Al salir, pude ver un cartel de «bienvenida, Jessica». Al ver esas palabras y a mi hermano de pie, sosteniéndolo, un suspiro se escapó de mis labios, levantando mis ánimos hasta lo más alto.
Olvidé la presencia de mis pesadas maletas y corrí hacia él, saltando para abrazarle. Verlo nuevamente, sentirlo cerca luego de tanto tiempo sin siquiera escuchar su voz, me dejaba en un mar de melancolía, sin saber ni cómo reaccionar, solo dejando el miedo de no saber quién era mi hermano en ese entonces.
—¡Pequeña! ¡Cuánto tiempo, mira lo grande que estás! ¿Cuándo te convertiste en una mujer? —dijo con entusiasmo.
—¡No puedo creer que te esté abrazando! Creí que nunca te volvería a ver.
Siempre fui una fiel creyente de que los hijos no deben verse perjudicados en los problemas de los padres. Para mi desgracia, eso había sido exactamente lo sucedido entre nosotros; padres divorciados que no estaban dispuestos a ceder. Dos años sin ver a tu hermano mayor no te ponía del mejor ánimo, pero definitivamente era un impulso para el mejor abrazo que alguien pudiera dar y el más cálido que otro lograra recibir.
—Ya ves que sí, cuéntame todo, ¿por qué te expulsaron? —me soltó, caminando en busca de mi equipaje y direccionándose hacia el estacionamiento.
—Bueno... En realidad, no fue mi culpa, solo fue un accidente.
—Sí, claro, un accidente —dijo sarcástico—. ¿Y cómo sucedió ese supuesto accidente? —paró drásticamente al llegar al estacionamiento y comenzó a mirar a todos lados.
—¿A quién buscas? —cambié el tema drásticamente.
—Un amigo vino conmigo, pero no sé dónde se metió —replicó, reactivando sus pasos.
—¿Y cómo se llama ese amigo?
—Zack Wilson —paró frente a un auto y abrió la puerta, dando paso para que suba—. De seguro se distrajo coqueteando con cualquier chica.
—¿Y dejarás a tu amigo Zack abandonado aquí? —arqueé una ceja.
—Eso se lo gana por desaparecer, él tiene un coche, que se vaya solo —chasqueó la lengua.
—Cómo quieras —me encogí de hombros.
Todo el camino a casa la pasamos hablando de muchas cosas graciosas, tristes y demás momentos que habían quedado en la historia al luego de separarnos, agradecí enormemente que no sacara a flote las preguntas sobre mi expulsión, lo que menos quería era tener un momento de discusión sobre mis malas decisiones.
—Hemos llegado —anunció.
Tomé una bocanada de aire en cuanto el auto se detuvo, preparándome para voltear hacia mi lado derecho y ver en dónde me esperaba vivir. Tenía grandes expectativas, mi padre siempre fue un hombre de trabajar las veinticuatro horas del día, siete veces por semana, no solía descansar mucho, cuando no estaba en su prestigioso bufete de abogados, iba al juzgado a defender un importante y casi imposible caso que solo él era capaz de solucionar. Nos dio todo y más mientras estuvo, no dudaba que siguiera haciendo lo mismo por Malkon, muy a pesar de que ya no estaba en su vida.
Mamá no lo mencionaba mucho luego del divorcio, pero para mí se me era imposible no buscar información por mi cuenta, leí páginas enteras sobre sus logros, el gran patrimonio que todos los periódicos decían que tenía, y luego de ver hacia donde se dirigió el auto, a la tan destacada residencia en la que cada casa parecía salida de una película de barbie, pude confirmar que todo eso que una vez leí, era más real de lo que parecía. Le eché un vistazo a la monumental casa frente a mis ojos; enorme, eso sí, pero era más que solo cemento y bloques, era magnifica.
La estructura ocupaba más terreno que cualquier centro comercial que hubiera recorrido, a simple vista podía apreciarse un amplio jardín delantero muy bien cuidado, un garaje donde cabría alrededor de seis carros, si no es que eran más. A la lejanía, se veían un par de pequeñas casas que se unían en la misma propiedad y que me llenaban de intriga por querer preguntar qué papel tomaban en la casa. Si bien tenía miedo de reencontrarme con mi familia, se esfumó un poco en cuando mis pies pisaron el pavimento y mis ojos recorrieron el resto de la calle.
Hidden Hills no era tan mal lugar para comenzar de nuevo, al contrario, mi lado superficial y algo ambicioso se sintió más que a gusto con la situación.
Caminé con rapidez por el extenso camino de piedras que llevaban a la entrada, plantándome en la puerta con inquietud, a la espera de que mi hermano hiciera el gran esfuerzo de traer cada una de mis maletas en sus manos, para que así, pudiera abrir la puerta y acabar con aquella incertidumbre que se formaba en mí por saber qué otras cosas tenía aquella cada en su parte interior. Este llegó a mi lado luego de unos cuatro minutos que parecieron eternos.
Me dedicó una extraña sonrisa curvada antes de sacar sus llaves y girar la perilla, dándome paso para entrar. Había algo muy raro con su mirada, como cuando niños me ocultaba cuando papá no llegaba a dormir por miedo a que me sintiera asustada o desprotegida, quizá habían pasado casi dos años y medio desde nuestro último diálogo, pero estaba segura de que mi instinto de hermana me decía la verdad; había algo que no fue mencionado.
—Adelante —suspiró, luego de añadir aquella palabra.
Le dediqué una sonrisa y posé un pie dentro de la casa, comenzando a admirar cada detalle de ella con cautela y silencio, hasta que la respuesta a mi pregunta se contestó sola. Una línea formada por cuatro chicos desconocidos se encontraba justo en lo que parecía ser la sala de estar, con la espalda recta, sonrisas amigables y con sus miradas fijas en mí. No sabía quiénes eran o qué sucedía, pero algo me decía que no me agradaría el desenlace.
Solo pude pensar: ¿quiénes son ellos y qué pintan en esta situación?