Entrar en situaciones incómodas sin percatarme siempre fue uno de mis enormes talentos, era innato, no podía siquiera controlarlo, solo aparecían como por arte de magia. Era un imán y yo lo tenía más que claro, era tan evidente que, podía afirmar sin peros, que cada ser humano consiente que me rodeara lo sabía. No tenía idea si estar de pie frente a cinco chicos, de los cuales no sabía ni sus nombres, iba a significar un problema, eran solo simples personas de mi edad, ¿qué tanto daño podía causar?
De igual forma, no podía bajar la guardia, tomando en cuenta los precedentes de ese entonces, no tenía duda de que cada cosa nueva que saltaba en mi vida contenía un gran letrero de peligro escrito en letras rojas; siempre leía la letra pequeña, aunque al final, sin importar lo que hubiera en esta, me lanzaba de cabeza hacia el desastre inminente.
—Hermanita, te presento a mis amigos. Ellos son: Nick —señaló al primero de la fila.
Nick; ojos azules, pelinegro, algo pequeño, pero no lo suficiente como para ser más pequeño que yo. Lindo, sin duda lo era, tenía ese aire de chico sofisticado e intermedio en cuando a romper corazones, leía en sus ojos que era un buen chico, disfrazado en una faceta de desinteresado por el mundo. Le sonreí, mostrando mis dientes, intentando parecer lo más amable posible, para luego pasar por su lado y seguir con las presentaciones.
—Brent —presentó al siguiente.
Brent; castaño, con ojos tan azules como el mar. Bastante musculoso, a decir verdad. Él, con una larga diferencia al anterior, era lo más parecido a un personaje de película, de esos que te gritan no te enamores de mí en la cara, pero que, aun así, la protagonista cae en sus brazos de forma ilógica luego de una simple y aburrida mirada.
—Hola, preciosa. Soy Brent Stone, y estoy disponible para chicas como tú —tomó mi mano y la besó sutilmente.
Lo que sí estaba más que confirmado era su talento para hacerme reír tan rápido.
—Ella es terreno prohibido, sobre todo para chicos como tú —advirtió mi hermano, haciendo que suelte su mano.
Añadió un guiño antes de que dejara de verlo y pasara al siguiente. De escala en escala, cada chico parecía ser más lindo que el anterior, haciéndome preguntar por qué no quemé un salón de química antes para poder ser enviada a California.
—Mucho gusto, Jessica, soy Ryan —saludó un chico a su lado, estirando su mano.
Ryan; con cabello castaño, casi n***o, con destellantes ojos color esmeralda. Él te daba un aire tranquilo con solo verlo, incluso me atrevía a decir que la calidez que emanaba lograba hacerte sentir a gusto en una situación incómoda; algo hippie, con cabello despeinado y expresión relajada, en su camiseta estaba, literalmente, estampado: viva la fiesta, en letras color amarillo.
—Un gusto, Ryan, puedes decirme Jess —tomé su mano y le di un apretón.
—Y yo soy Luke —el chico número cinco no esperó a que Malkon lo presentara para alzar su voz y sonrisa hacia mí—. Tu hermano nos habló mucho sobre ti.
Luke; un prototipo bastante distinto al del resto, con un brillante y peinado cabello color caoba que hacía juego con sus enormes ojos. No hacía deportes, se notaba desde la distancia y no porque no estuviera ejercitado, si no porque su espalda, a diferencia de los demás, estaba tan encorvada como para parecer desaliñado. Había pasado el suficiente tiempo con Malkon como jugador de fútbol americano para saber qué características específicas poseían los de un equipo parecido.
—Desde que lo conocemos no para de hablar de su pequeña y prohibida hermana —bromeó, carraspeando un poco.
Dejó salir su encantadora y brillante sonrisa.
—Espero que les hayas hablado bien de mí —comenté, dirigiéndome a mi hermano.
—No tienes idea —la voz de una sexta persona resaltó en mis oídos.
Todos los pares de ojos presentes voltearon en dirección a aquella voz, deteniéndose en el marco de la puerta, donde modelaba una alta figura masculina con un rostro lo bastante conocido como para hacerme querer salir huyendo del lugar. Entrecerré mis ojos para detallar bien su rostro y poder darme una visualización de lo próximo que me esperaba, porque tal y como lo había pensado luego de notar la extraña actitud de mi hermano mayor, los verdaderos problemas solo estaban por venir.
Con una sonrisa arrogante, una espalda encorvada y sus brazos cruzados sobre su pecho, el chico autor de mi peor encuentro momentáneo en un aeropuerto, se divertía al ver mi expresión de sorpresa en medio de la sala, con una insoportable sonrisa dibujada en sus labios.
—¿Dónde estabas, amigo? Te estuve buscando por todo el aeropuerto —Malkon caminó hacia él, saludándolo con confianza.
Y yo que hasta ese momento creía que las cosas seguirían un curso normal y tranquilo, sin más situaciones e incomodidad, dejé salir un bufido ahogado, caminando junto a mi hermano.
—Y él es Zack, el amigo del que te hablé —Malkon me dirigió una mirada, señalando a su amigo.
—¿Es un chiste de mal gusto? —arrugué mi entrecejo—. ¿Tú, enserio? ¿Otra vez?
—Deberías estar extasiada de verme nuevamente, no todos tienen la misma suerte —relamió sus labios.
—¿Ustedes se conocen? —el rostro confundido de mi hermano no tardó en hacerse presente—. ¿Cómo es eso posible?
—Desafortunadamente, nos topamos en el aeropuerto —le dediqué una mirada de pocos amigos.
—Yo no lo llamaría desafortunado —pasó sus ojos sobre mí, analizándome sin nada de disimulo.
No podía dejar de preguntarme cómo semejante rostro poseía aquella tan insoportable personalidad. Malkon dio dos pasos al frente, quedando un poco más cerca de Zack, en un ambiente de confidencialidad.
—A la cocina, ahora —pronunció, sin dejar de mirarlo.
El castaño oscuro rodó los ojos con fastidio, girando sobre sus talones y caminando hacia lo que imaginé era la ya mencionada zona de la casa. Me aclaré la garganta y tomé fuerzas para dar media vuelta, ajustando mi rostro a el más amable que podía tener en mi colección de expresiones. Eran los amigos de mi hermano, debía portarme lo mejor posible, aunque uno de ellos ya había dejado mi barra de tolerancia en cero, tenía que darle una oportunidad al resto, serían mis únicos rostros familiares durante mi tiempo de adaptación en ese nuevo y no tan desagradable lugar.
Si es que no me derretía al ver a esos cinco rostros antes.
Debía sincerarme en el hecho de que no lograba decidirme qué panorama era más atractivo; el de los amigos de mi hermano, o la calurosa y brillante vista de California. Comencé a caminar hacia el centro de la sala, donde los chicos aun permanecían formados, algunos con la vista en su teléfono.
—Bueno… Cuénteme de ustedes: dónde viven, a qué escuela van, quizá, ¿algo interesante en la ciudad? —rompí el silencio, balanceándome en mi lugar.
—Todos vamos a la misma escuela —mencionó Nick, avanzando hasta uno de los sillones.
—Se llama Mashall High —Luke siguió sus pasos luego de nombrar la escuela—. Te gustará.
—Y hay un lugar, increíble y secreto. Podemos llevarte esta semana —sugirió Ryan, caminando hacia las escaleras—. Iré a buscar un álbum de fotos en mi habitación, así puedes darle un vistazo a la ciudad.
Formó una curvatura en sus labios, subiendo con rapidez las escaleras, cargando sobre mis hombros un mar de cuestionamientos con referencia a su peculiar oración. Volteé de nuevo hacia ellos, con una sonrisa forzada.
—¿Su habitación? —pregunté.
—Sí, donde dormimos, casi siempre. No te preocupes, tú también tienes una —aclaró Brent, con desinterés.
—¿Dormimos? —mi noto confundido llamó la atención de todos—. ¿Te refieres aquí o en sus casas?
—¿De qué hablas? —Nick se puso de pie—. Esta es nuestra casa, nos mudamos aquí hace un año.
El balde de agua fría que esperaba desde que pisé la entrada llegó en ese instante, sacando mi más grande asombro a flote. Tragué saliva e intenté recopilar la conversación desde cero, analizándola una y otra vez en mi cabeza para intentar comprender la lógica y sentido a la información que el ojiazul me había dado. No podía ser cierto, papá, siendo el molesto cascarrabias que siempre fue, no hubiera permitido jamás que Malkon realizara la tonta idea de vivir bajo el mismo techo con seis de sus amigos, ¿qué era esa casa? ¿una fraternidad acaso?
De una forma u otra, de ser verdadera su afirmación, ¿por qué no lo sabía? Mi madre, la que conocía e intentaba que no me metiera en problemas, no me enviaría a un país alejado de ella a vivir con seis personas desconocidas de género masculino, por más que mi hermano estuviera presente. Era una locura, un desastre, un inminente dolor de cabeza a causa de problemas el resto del año, no podía comenzar un nuevo estilo de vida aprendiendo a llevarme bien con el triple de chicos con los que conviví una vez en el mismo entorno familiar. Ya era lo bastante difícil el estar de nuevo con Malkon, sin mencionar que aún no pasaba por la complicada conversación con mi padre que seguro tendría al verlo.
—Lo sabías, ¿cierto? —Nick se acercó a mi posición.
—Por supuesto —mentí, sin dejar de sonreír.
No esperé una replica de su parte, giré mi cuerpo y emprendí mi camino en busca de mi hermano, dando grande pisadas, cada vez más fuerte conforme me acercaba. Quería darle la oportunidad de que, oyendo mi llegar claramente exaltado, dedujera que ya sabía lo que sucedía e inventara con rapidez una enorme explicación que no me hiciera realizar una rabieta.
Al verme llegar, su espalda se tensó. Estaba detrás de la encimera, a punto de morder una tostada, pero dejó de hacerlo cuando me detuve frente a él y crucé mis brazos, intentando parecer al menos un poco amenazante.
—¿Algo que quieras contarme, hermanito? —no tardó en negar repetidas veces—. No te gustaría verme enojada, ¿o sí? Mi carácter cambió de forma drástica estos últimos años.
—Yo… solo quiero verte feliz, hermanita —sonrió con inocencia.
—Ya me dijeron —mascullé—. Y, ¿me ves feliz?
—Es muy difícil saberlo, luego de tantos años…
—¡Malkon Haynes! —alargué una queja—. ¿Por qué no me lo dijiste antes?
—Vamos, Jess, no te enfades —tomó mis manos—. Demonios, hace casi dos años y medio que no te veo, discúlpame por no querer espantarte a los dos segundos de volver a tenerte conmigo —hizo un puchero—. Ellos son buenas personas, no te causarán problemas, yo me encargaré de eso.
Sus ojos de perrito abandonado se clavaron en los míos, revolviendo mi estómago y haciendo bajar mi mal humor rápidamente. No podía culparlo por no querer interrumpir nuestro lindo y tan esperado reencuentro, yo, en su lugar, probablemente hubiera hecho lo mismo, sin embargo, muy a pesar de que mis molestias desaparecieron, el inconveniente seguí allí y debía tratar de sobrellevarlo.
—Bien, confiaré en ti —accedí finalmente—. Eres, literalmente, con quien más he deseado estar desde hace mucho, lidiar con seis chicos extras no será un problema para mí.
—Te amo, pequeña —se abalanzó sobre mí para abrazarme—. Estoy tan feliz de que estés aquí.
—Yo también lo estoy —acomodé mi barbilla en su hombro izquierdo.
—Así que, ¿vas a contarme por qué te expulsaron o tendré que preguntarle a mamá? —su pregunta me hizo separarme de él en segundos.
—Tal vez luego —ensanché mi sonrisa—. Iré a ver el resto de la casa.
Salí de la cocina antes de ser detenida por la insistencia de Malkon y comencé a inspeccionar toda la casa, con precisión y detalle, lo cual fue más difícil de lo que imaginé, porque no solo era más linda por dentro que por fuera, también más espaciosa, tal y como esas películas de terror en las que los personajes viven solos dentro de una gran casa donde es muy fácil para el asesino esconderse y atraparla mientras duerme. Prometí jamás vivir en una casa como esa, las películas de terror me advertían que no era buena idea, sin embargo, el tener como conocimiento de que no viviría sola, aminoraba mi tonto temor.
Luego de un tour por toda la planta baja, subí hasta el segundo piso, todo parecía tal cual como un hotel de lujo, pero mejor. Recorrí el largo pasillo, leyendo cada uno de los carteles que se encontraban puestos en las puertas, con diferentes nombres y caligrafía, hasta llegar a uno en específico: el que poseía mi nombre, mal escrito. Reí al ver la extraña forma de escribir de mi hermano, para luego girar la perilla, viendo a la perfección cada parte la habitación.
No pude asimilar los adjetivos correctos para describirla, eran mucho más que simples expectativas, superó cualquier otra que alguna vez hubiera visto.
—Oh, Dios mío, oh, Dios, mío —susurré, adentrándome en la habitación—. ¡No puede ser, me encanta! ¡Está increíble!
Pegué un salto lleno de emoción, lanzándome sobre la cama.
—¿Por qué tantos gritos? —la presencia de otra persona me hizo levantar la mirada.
Nick estaba de pie en la habitación, observándome con diversión.
—¡Esto me encanta! —vociferé.
—Sabía que te gustaría.
—¿Cómo lo sabías? —alcé una ceja.
—Tengo una hermana, ella me ayudo a escoger la decoración —se encogió de hombros, acercándose a mí.
—¿Tienes una hermana? —me puse de pie de inmediato—. ¿Cuándo la puedo conocer? ¿Tiene mi edad? ¿Es amable? Cuéntamelo todo sobre ella.
Él comenzó a reír a ver mi actitud exagerada.
—La conocerás mañana, en la escuela. Es igual a mí, pero rubia, te agradará, tienen la mayoría de las clases juntas.
—Al menos ya conozco a una chica —añadí con entusiasmo, comenzando a recorrer el resto del cuarto.
El baño, en definitiva, era lo más linda de toda la habitación, eso sin mencionar el tan enorme closet en el cual seguramente se podía vivir tranquilamente. Pensé que, quizá, tener una página en blanco en la que escribir desde cero sonaba como la mejor cosa que pudiera pasarme.
Jessica Haynes prometió ser mejor, y lo lograría.
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—Del uno al diez, ¿qué tan bien conoces a Spiderman? —Luke lanzó su pregunta hacia mí, mientras le daba un mordisco a su hamburguesa.
—¿Por qué le preguntas sobre él y no sobre el soldado del invierno? —debatió Ryan, al otro lado de la mesa.
—Porque, dah, es Spiderman —Luke rodó los ojos, para luego posar sus ojos en mí—. ¿Y bien?
—La pregunta ofende, Lu —arrugué mi rostro.
—¿Lu? —se extrañó—. Malkon, tu hermana me cae super bien —sonrió, dándole un pequeño empujón a mi hermano.
Observé la situación, soltando un par de carcajadas. Luego de darme un baño y descansar como un bebé, bajé al comedor, atraída por un fuerte y delicioso olor proveniente del lugar, encontrándome con todos los miembros de la casa haciendo el intento de cocinar para mí, hasta que, luego de muchos intentos y de tener que ayudarlos a dejar crujientes las papas fritas, pudimos sentarnos a cenar y conversar más a fondo sobre cada uno.
—Hey, niña, ¿puedes pasarme la mayonesa? —Zack no despejó sus ojos de mí—, por favor.
Adapté una mirada neutral, cargando el ambiente de una presión bastante indescriptible. Tomé la mayonesa y se la extendí, recibiendo una sonrisa como agradecimiento. Algo malo pasaría si no enmendaba las malas vibras entre nosotros.
Y no era momento para eso.