2.— Tu pedazo de carne.

1413 Palabras
—¡Vamos, Jess, levántate! —escuché a mi hermano gritar. —¿Qué te pasa? ¡Déjame dormir! —soné adormilada. —Vamos a llegar tarde. —¿Llegar tarde a dónde? —solté un bostezo. —A clases, por si no lo recuerdas, hoy es tu primer día —me recordó. Dio media vuelta y salió de mi habitación. —¡Cierto! —me dije a mí misma. Di un salto levantándome de la cama y entrando al armario. Después de casi media hora escogiendo que me pondría, por fin conseguí algo. Decidí ponerme una falda ajustada de cuero negra, en conjunto con top holgado de color blanco con un corazón n***o en el centro. Luego de cambiarme, bajé a desayunar. —Hasta que bajas —dijo Ryan, mientras colocaba su plato en el lava vajillas—, pensé que te había tragado el armario. —Ya vez que no me trago nada —me senté en el comedor—. ¿Qué hay de desayunar? —Panqueques —Luke colocó uno en mi plato. —¡Que delicia! —tomé un panqueque y le di un mordisco—. ¿Tú los hiciste?  —Claro —habló en todo egocéntrico. Mi vista giró hasta la basura, y noté que una bolsa de comida rápida se encuentra dentro de esta. Me levanté cuidadosamente, y caminé hasta la papelera, tomando silenciosamente la bolsa. —Claro, la hiciste tú —dije, con un tono de voz bajo. —Sí, ya te lo dije, soy un genio de la cocina —se alabó, estando de espaldas. —Ah, claro, ¿y sabías que hay un restaurante con ese nombre? «Genio de la cocina». Su comida es deliciosa, deberías ir alguna vez —caminé hasta él, y me coloqué detrás. —¿Ah, sí? No lo sabía, gracias por el dato. —Qué raro que no lo sabías, he visto esta bolsa del mismo restaurante en la basura —coloqué la bolsa encima de la mesa. —¡No es mía! —se defendió. —No —alargué la «o»—. Tienes razón, no puede ser tuyo, eres un maestro en la cocina. —Qué bueno que me creas —se alivió, automáticamente le di un golpe por la cabeza. Zack, quien estaba del otro lado de la mesa, comenzó a carcajearse, tanto, que casi se atraganta. —¡¿Y eso por qué fue?! —reclamó. —Por mentiroso —dije, dándole otro golpe. —¡¿Y eso por qué?! —Para que no lo vuelvas a hacer, odio las mentiras y, si vamos a convivir bajo el mismo techo, debes tenerlo claro —advertí—. Lista —anuncié. —Perfecto, vámonos —Zack se puso de pie. Tomé mi bolso, lista para irme. Caminamos hasta el frente, donde se estacionaban los autos. Al salir, me quedé impactada al ver una hermosa cuatro por cuatro de color plata, estacionada de forma perfecta frente a la entrada. —¿De quién es esta camioneta? —inquirí, inspeccionándola. —Mía —Zack agitó las llaves en sus manos, presumiendo. —No me lo creo —hice énfasis en cada palabra—. Siempre me gustaron estas, ¿puedo ir aquí? —Ni lo preguntes —advirtió Brent—. No deja que nadie se suba en ella. —¿Y eso por qué? —Ama esa camioneta —me aseguró Ryan. —Si le haces algo te matará —Brent adaptó una expresión de susto fingido—. Y si lo hace, ¿quién será la madre de mis hijos y mi futura esposa? —De cualquier forma, no seré tu esposa, mucho menos la madre de tus hijos —lo empujé lejos de mí. Di unos pasos hacia Zack, y le puse ojitos. —¿Sí puedo? —Te dirá que no —aseguró Malkon. —¿Y tú qué sabes? —habló él, sonriendo de lado—. Si ella quiere ir, es bienvenida. —¡Perfecto! Adiós, que les vaya bien —me aproximé hacia la camioneta, con ojos brillantes. —Un momento —nos detuvo Nick—. Una vez me subí a tu camioneta y me sacaste a palazos. ¿Pero llega ella, dice que quiere ir ahí, y sin pensarlo, aceptas? —¿Qué quieres que te diga? Ella es una linda chica, y tú eres un idiota. —Espero que recuerden que es mi hermanita —Malkon hizo su aparición, dando unos pasos hacia Zack—. Te la encargo, y por favor, mucho respeto que es mi sangre. Te lo advierto, si le tocas un solo pelo, te mato, ¿entendido? —Entendido —rodó los ojos y se subió en el auto, pero no sin antes voltear y calmar un poco la actitud de mi hermano—. Tranquilo, está segura conmigo. No me despedí, solo subí al puesto del copiloto, admirando todo dentro del automóvil. No era mucho de interesarme autos, sin embargo, ese modelo en específico nunca dejó de llamarme la atención; mi padre siempre soñó y prometió comprarme una igual, o mejor, al cumplir mis dieciocho años, y, aunque él había olvidado todas lo prometido hacia mi persona, dejó plantado en mí el gusto por ciertas cosas. —¿Quieres qué te la regale? —luego de un corto avance, Zack me sacó de mis pensamientos. —Nada me haría más feliz, pero sé que no lo harás —bufé, recostando mi espalda en el asiento. Zack dejó salir sus carcajadas, contagiándome en menos de lo que pude contar. Me sorprendía que estuviera riéndose conmigo, tomando que cuenta cada mirada fulminante intercambiada entre nosotros la noche anterior, como si quisiéramos enviarnos al otro mundo. —¿De qué te ríes? —cuestioné, anclando mi mirada en él. —Eres muy tierna —confesó, mirándome a los ojos durante unos cortos segundos—. Mejor dicho; eres la ternura andante. —Sí, claro, como no —chasqueé la lengua—. Si esa es la forma más original que tienes para seducirme, vas por mal camino. —No intento seducirte —intentó sonar ofendido. Era lo bastante simpático como para dejar que lo hiciera, pero en la descripción que tomé de él al momento de conocerlo, me daba la impresión de que dejarlo hacerlo sería un grabe error. Mi vista se opacó por una gran estructura, con un alto y enorme letrero con el nombre de la escuela. Tomé una bocanada de aire mientras sentía mis piernas temblar, él adentró el auto en el estacionamiento y aparcó con facilidad. Siempre había sido sencillo adaptarme a cosas nuevas; sufrí cuando el rotundo cambio de mis padres se hizo presente, pero sobreviví. Por alguna razón, la presión de tener que tener la mayor precaución a la hora de tomar mis decisiones me ponía nerviosa; no podía darme el lujo de arruinarlo esa vez. —¿Y qué si intento seducirte? —retomó el tema, antes de que pudiera tomar mi mochila—. Si alguien no ve la magia que emanas está loco. —Gracias por alago, pero no estoy interesada en tener coqueteos en este momento —guiñé un ojo. Se relamió los labios, tal y como lo hizo la ves que no visto en la casa, acercándose con lentitud a mi rostro, con sus ojos fijos en mis labios. —Ah... —traté de decir algo, pero tenía miedo de tener un contacto no apropiado con él. Entonces, fue ahí, como si ni cambiando de país lograba alejar mi pasado, recordé a Will, mi en ese entonces ex novio. Will y yo nos conocimos un día como cualquiera, yo iba por los pasillos del colegio y, ¡bum! Me tropecé con el chico más agradable nunca antes visto; su sonrisa, sus ojos, su simple risa, era algo a lo que no pude resistirme con facilidad, le di mi número, luego de unos cuantos minutos de insistencia, y, hasta esos momentos, era lo mejor de mi semana. Citas y citas, largas conversaciones nocturnas y mágicos momentos, hasta que formalizamos nuestra relación, el peor error de mi año, en definitivo. Al cabo de un año, éramos la pareja perfecta, sin embargo, como suele suceder, algo salió mal y acabó con todo lo bonito de la historia. Un día, cuando habíamos planeado ver una película, me canceló, asegurándome que estaba enfermo, y yo, como buena y tonta novia ciega, le creí. En la noche, mientras estábamos en la fiesta de uno de nuestros amigos, lo vi, junto a una pelirroja, con su lengua muy adentro de la garganta de la chica. Él me vio e intentó remediarlo, pero estaba lo suficientemente herida como para ni siquiera atreverme a enfrentarlo. Al siguiente día me dijo que no fue nada, que era sólo para pasar el rato. Claro que, preferí ignorar su presencia el resto del año. Había pasado mucho desde eso, pero aquel presentimiento que había tenido con Will, estaba haciéndose presente con Zack. —Aléjate —le di un empujón—. ¿No entendiste la parte de le tocas un pelo a mi hermana y te mato? —Si violencia, muñeca —elevó sus manos, en señal de paz—. No te toqué, ¿o sí? —Si lo vuelves a intentar hacerlo sin mi permiso, te prometo cortaré ese pedazo de carne que tienes que tienes entre las piernas. —Está bien, está bien —repitió, relajando su espalda—. Prometo no hacerlo, hasta que me des permiso, pero te aseguro: lo harás. Se encogió de hombros, quitando las llaves de la camioneta y proponiéndose a bajar del auto. ¿Quién se creía para hacer esa afirmación? El que asegurara algo así dejaba al descubierto que, obviamente, no conocía nada sobre mí. Yo jamás le daría esa satisfacción. —Ya lo veremos.
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