— Ahora vé, y haz lo que debes hacer...¡Y DEJA EL LLORIQUEO POR AMOR DE DIOS SOPHIE! YA SABES QUE NO LO TOLERO — Le dijo su padre antes de prácticamente aventarla al sótano por la puerta, de hecho fue un milagro que no rodara por las escaleras. Tenía una pequeña bata de seda blanca, la que apenas tapaba sus muslos... y hacía lucir sus piernas más largas. Bajó con cuidado, estaba descalza. Habían puesto una de las camas de hierro del cuarto de invitados y el hombre yacía ahí, aparentemente desnudo y cubierto solo por una sábana. El instinto de la buena Sophie la empujaba a ir corriendo a ver si estaba bien pero por otra parte sentía temor. Se acercó despacio a la cama y lo observó. Tenía el cabello oscuro y su tez clara apenas dorada por el sol. Y un poco de barba aunque no le restaba

