Marcus retrocedió y se apoyó contra la pared de la ducha. Ella estaba delante de él, empapada por el agua de la ducha, con unas bragas de encaje blanco que se ataban a ambos lados de su cadera con un lazo de seda. Tenía los pezones duros y se veían bajo el sujetador a juego y no pude evitar estirar la mano para tocarlos. —Mierda, eres tan hermosa —dijo pasándole las yemas de los dedos por los pechos tensos. Un estremecimiento visible la recorrió y su mano subió por su cuerpo, por encima de su clavícula, por el cuello y hasta su mandíbula. Podían hacer el amor justo ahí, húmedos y resbaladizos contra los azulejos y tal vez lo hicieran más adelante, pero en ese mismo quería tomarse su tiempo. Su corazón se aceleró al pensar que teníamos toda la noche por delante. Nada de apresurarse ni de

