La mañana amaneció con una tibia luz que se filtraba por las cortinas del apartamento. Esra se levantó temprano, como hacía siempre. Aquella mañana, bañó a Ismail, lo preparó para la escuela y para su pequeño mundo, como antiguamente lo hacía con sus gemelos cuando estaban con ella. En el baño, el vapor formó una ligera neblina que empañaba el espejo y suavizaba las líneas del tiempo sobre sus facciones. Ella acomodó una toalla limpia en el gancho, mientras el niño la observaba. Esra abrió el grifo, dejó correr el agua hasta que alcanzó la temperatura exacta, y colocó al niño. Sus manos se movieron con delicadeza, enjabonando el cabello fino de Ismail, restregándolo suavemente hasta formar una espuma blanca que olía a almendras. El niño, quieto, parecía hipnotizado. Sus ojos se perdía

