Vanea seguía conmocionada por la declaración de sus padres. Las palabras aún resonaban en su mente como un eco cruel que no se desvanecía. Aquellos que la habían criado, que la habían visto dar sus primeros pasos, que le habían prometido amor incondicional, la estaban lanzando al agua como si fuera una desconocida. Todo su cuerpo temblaba de rabia y de una impotencia que casi no podía contener. Sentía que el aire se le escapaba de los pulmones, que el mundo entero se había vuelto un enemigo dispuesto a devorarla viva. La sala del juicio parecía cerrarse a su alrededor, como si las paredes se acercaran lentamente para oprimirla hasta que dejara de existir. Mientras ella estaba sumida en sus pensamientos, el juez, con una voz cuya monotonía tenía el peso de una condena eterna, dio el

