Había algo en ella… algo que dolía reconocer. No veía en Vanea las facciones de Aysel, aquella mujer que amó. Pero en Esra… sí. Había un eco de esa mujer. Y eso lo confundía más de lo que quería admitir. —Si Vanea hubiera sido una buena madre con su hijo —continuó Esra—, ¿cree usted que el niño declararía en su contra? ¿No ha pensado que su hija ha sido cruel con su propio hijo, hasta el punto de querer asesinarlo? Ahmet la observó, dolido, cansado. Negó con la cabeza. —Van… ella nunca haría tal cosa. Esra sonrió, apenas, con ironía. No había nada más que decir. La ceguera de ese padre era profunda. Y, sin embargo, mientras se alejaba, una punzada se formó en su pecho: la nostalgia del padre que nunca tuvo. Cuanto hubiera deseado ella tener un padre que la defendiera, y apoyara, quizás

