Vanea no había podido dormir durante toda la noche. El insomnio la había acompañado, enredado en sus pensamientos, impidiéndole conciliar siquiera unos minutos de descanso. Su mente no dejaba de repasar, una y otra vez, la astucia, la frialdad y la precisión con que Esra había movido las piezas del tablero, hasta poner a Burak de su parte. Sentía rabia, frustración, una punzada amarga. Durante horas, se revolvía entre las sábanas, su respiración entrecortada, tratando inútilmente de encontrar una posición cómoda mientras todos sus recuerdos parecían encenderse en su cabeza como brasas que se negaban a apagarse. Pensaba en cada palabra de Esra, en cada mirada de Burak, en cómo todo podía desmoronarse si no hacía algo pronto. Cuando al fin sonó el primer canto de los pájaros y una lín

