Burak llegó hasta ella, bajó la mirada lentamente, con la respiración contenida, con un peso indescriptible en el pecho. Quería mirar más abajo de los senos, justo en la costilla, donde en otro tiempo había besado y reconocido el lunar que tanto amaba. Pero la toalla que Esra tenía en su mano se ajustó con fuerza al contorno de su cuerpo, marcando sus curvas. En ese instante, la respiración de ambos se aceleró; el aire se volvió más denso, casi eléctrico, y el silencio fue invadido por el sonido rítmico de los latidos de sus corazones. —¿Por qué ha entrado e invadido mi privacidad? —cuestionó Esra, con el pecho subiendo y bajando de manera descontrolada, intentando ocultar la ira, miedo y algo más profundo que no quería reconocer. Burak permaneció quieto, como prisionero en un laberint

