Vanea llegó a casa junto a su abuelo. Al encontrar a su abuela en la sala, junto a una empleada que ordenaba los cojines del sofá, Vanea curvó los labios en una mueca de desagrado que se dibujó lentamente, como una herida que se vuelve a abrir. Cuánto detestaba a esa mujer. Cada movimiento de su abuela, cada mirada perdida, despertaba en ella un resentimiento, que ardía en su interior como un fuego. Recordaba que, aquella anciana la había rechazado sin reservas, llamándola la nieta no deseada. Y cada vez que la veía, reaccionaba con rabia y desprecio; no podía evitarlo. El simple hecho de compartir la misma casa con ella era suficiente para despertar en su pecho una tormenta de irritación. Por eso, Halil, su abuelo, había decidido mantener a su esposa encerrada en un centro de rehabilita

