EROS Observo a Masha dormir. Su respiración es pausada, tranquila. Su cabeza descansa sobre mi pecho, su cuerpo encaja en el mío como si hubiera nacido para pertenecerme. Pero yo sé la verdad. Ella no está tranquila. No del todo. Lo que hizo fue desplomarse, agotada por la tormenta que la consumió mientras hablaba. Mientras me relataba el infierno en el que estuvo atrapada. Logré que pudiera abrirse conmigo y contarme todo lo que vivió en el encierro. La aprieto más contra mi cuerpo. Como si quisiera que su cuerpo se fundiera con el mío. Las palabras que salieron de su boca se repiten en mi mente como un eco maldito, como una película de terror que no puedo detener. La forma en que su voz se quebraba. La manera en que las lágrimas surcaban su hermoso rostro. La desesperación en sus ojo

