EROS El grito rasga la noche como una cuchilla oxidada. Me arranca de mi letargo, de esta maldita vigilia interminable en la que se ha convertido mi vida desde que la recuperamos. No pienso, solo me muevo. Cruzo el cuarto a zancadas y me hundo en la orilla de la cama sin tocarla. Porque si lo hago, ella se apartará. Me rechazará. Y eso... eso me destrozaría más de lo que ya estoy. Ha pasado una semana desde que la rescatamos. Una semana donde los únicos momentos donde puedo estar con ella son cuando duerme. Ya que no ha querido que me acerque, ni mucho menos que la toque. Me siento impotente, porque no sé lo que está pasando por su cabeza. No habla, no sonríe. Se la pasa ida y murmurando no ha querido ver a su madre, ni a su hermano. Tampoco deja que Nikki o Kali se le acerquen. Un n

