MASHA La cabeza me pesa como si un yunque se hubiera fundido con mi cráneo. Siento el letargo corriendo espeso por mis venas, hundiéndome en un abismo sin fondo. Cada intento de moverme es castigado con una ola de dolor que se adhiere a mis músculos como un hierro candente. Aprieto los dientes. No puedo permitirme el lujo de gemir. No puedo mostrar debilidad. Intento abrir los ojos, pero la penumbra es una entidad viscosa que me envuelve. El hedor me ataca antes de que la conciencia termine de asentarse: moho, sangre rancia, excremento... muerte. Es un cóctel pútrido que se adhiere a mi garganta y amenaza con hacerme vomitar. Me obligo a tragar la bilis que se revuelve en mi estómago vacío. El grillete en mi tobillo izquierdo es un recordatorio cruel de mi situación. Se ha incrustado en

