CAPÍTULO 47De La Central a Sant Cugat no había mucho más de un cuarto de hora de trayecto en coche. Le dije a Elvira que enfilara la carretera de Terrassa rumbo al club de golf. La mañana había amanecido tormentosa y seguía lloviendo con ahínco. Unos negros nubarrones que asomaban por el oeste presagiaban que el asunto iba para largo. Los limpiaparabrisas no daban abasto quitando el agua y el ruido de la lluvia al golpear con la chapa del coche producía un curioso sosiego. Me acomodé en el asiento del copiloto, dándole vueltas al caso Canals, mientras Elvira conducía, taciturna. —No puedo creer lo de Olga —dijo—. Es como si estuviera en un sueño del que no puedo despertar. —A mí también me cuesta, pero no te preocupes. El tiempo lo relativiza todo. Es solo cuestión de un poco de pacienci

