CAPÍTULO 13Cuando me telefoneó la noche anterior, el consejo de Heidi Canals había sido claro: —No es fácil llegar a donde vivo. Lo mejor que puede hacer es dejar el coche cuando llegue a Sant Celoni y tomar un taxi en la estación de tren. O casi mejor, tome directamente el tren en Passeig de Gràcia. Se ahorrará tiempo y dinero. Y ganará en comodidad. Me decidí por la segunda opción, básicamente porque aquel día Elvira estaba enferma y a mí me daba mucha pereza conducir el coche hasta Sant Celoni. Desde mi época de estudiante no había vuelto a subirme a un tren y tuve que reconocer que era una manera de viajar de lo más placentera. Uno se podía olvidar de todo, excepto de no pasarse de parada. Una vez bajé del tren en Sant Celoni, subí a un taxi camino a Cal Joanet, la masía donde vivía

