7. Coraza.

1985 Palabras
7. Coraza. Autumn. Hank ya me está esperando fuera de su casita, en el porche, cuando me bajo de su camioneta. Tiene la pierna estirada mientras se balancea en la mecedora, el ceño fruncido marcándole los labios más de lo habitual… y no es difícil adivinar por qué. —¿Café? —Gruñe. —¿Es la única palabra que hay en tu vocabulario? —Cuando su respuesta es fulminarme más, suspiro y saco de mi bolsa el termo que le preparé en mi casa—. Si te portas bien, te daré más. —¿Qué soy? ¿Un perro? —No tendrías tanta suerte. Le sonrío con todos mis dientes, un contraste bastante divertido con el gruñido que deja escapar por lo bajo. Este hombre. Entro a la casa y voy directo a la cocina para sacar una manzana. Entonces me doy cuenta de que mi cobija y mi almohada no están en el suelo, donde las dejé anoche. Por la mañana estaba tan furiosa que ni siquiera me fijé si seguían ahí. Probablemente Cass las recogió al levantarse… aunque juraría que las habría dejado en el sofá. Mientras le doy un mordisco a la manzana, camino hacia la habitación de Hank y, en efecto, ahí están: la cobija doblada y mi almohada sobre la cama. Salgo todavía comiendo. Hank ya se ha bebido la mitad del termo que le preparé, y su ceño se ha suavizado un poco. —¿Llevaste mis cosas a tu habitación? —Pregunto, sentándome con cuidado frente a él, en el asiento en donde descansa su pierna. —Te dije que te daría mi cama. —No puedes dormir en el sofá —le señalo su pierna—. Retardarás tu recuperación, entonces tendremos que someternos más tiempo a este infierno. Un resoplido se le escapa y yo muerdo lo último de mi manzana para evitar reír. —¿De qué querías hablar? —Mmm… —evito mirarlo a los ojos, así que me enfoco en la férula rígida de su pierna—. ¿Has podido bañarte bien? No me responde, así que alzo lentamente mis ojos hacia él. —Por favor, no me digas que… —Me ducho, Autumn. No tan exhaustivamente como quisiera, pero me ducho. —¿Te quitas la férula? Asiente, pero no se deja engañar por mi charla trivial. Él vuelve a preguntar: — ¿De qué querías hablar? Decirlo en voz alta me sabe mal. Sobre todo porque, al principio, estaba dispuesta a hacerlo gratis, sin pedirle nada a cambio. Pero hablar con Tessa cambió eso. Necesito acelerar mis planes. —Yo… —mordisqueo mi labio inferior, pero lo miro a los ojos, porque no voy a tener esta conversación evitando su mirada—. Vengo de arreglar una grifería en la casa de la señorita Misty. ¿Sabes que mis trabajos son así, cierto? —No son contratos fijos. —Exacto. Lo más fijo que tengo son mis mañanas en la veterinaria con Wells, pero ese es más un favor de su parte. Está lo del olivo, pero tampoco podría llamarlo un trabajo real. En la cafetería estoy tres días a la semana, pero estoy segura de que el señor Park me va a despedir muy prontito… —¿Cuánto dinero necesitas? Así de simple, él hace la pregunta más importante. Le murmuro el valor muy rápido, tan rápido que no estoy segura de que me haya entendido… pero él sí entiende. Sus ojos se abren como platos, muy sorprendido. Sé que Hank no es rico, así que me siento aún peor por estar haciendo esto. —Joder, Autumn, eso es mucho… En realidad, no es tanto, teniendo en cuenta que es sólo lo necesario para pagar alquiler y comida de al menos tres meses en Dallas con mi abuela, mientras consigo un empleo. También añadí lo que me cuesta cambiarle el motor a mi auto. Comprar uno nuevo saldría más caro, lo que requeriría más tiempo… y tiempo es lo que no tengo. No podría explicarle todo esto a Hank, así que sólo asiento. —¿Para qué necesitas tanto dinero? —La pregunta no me sorprende; cualquiera con un mínimo de curiosidad la haría. Aun así, había estado deseando que no la formulara. —Me voy a mudar. Él parpadea. Una. Dos. Tres veces. —¿A otra casa? Una risita se me escapa. —No, es decir sí, pero no… me iré a Dallas. Veo que inhala una fuerte bocanada de aire, como si mis palabras lo hubieran tomado completamente desprevenido. —¿Hank? —Pregunto muy bajito, inclinándome hacia él. —Yo… joder —se pasa la mano por el rostro, blanco como la cal. ¿Se le está bajando la presión? Empiezo a ponerme de pie para traerle algo de comer, pero su mano me detiene; sus dedos cálidos se cierran alrededor de la piel delicada de mi muñeca. Lo miro. —No… —se aclara la garganta—. Vuelve a sentarte, por favor. La tensión entre nosotros es extraña, como no la había sentido antes… se siente casi definitiva. Cuando vuelvo a mi lugar, me sorprende que se incline hacia adelante y, con una voz inusualmente suave, me pregunta: —¿Estás en problemas? —¿Qué? —¿Estás huyendo de alguien? Empiezo a negar, así que sus ojos se abren con horror. —Carajo, mataste a alguien… —lo veo asentir, como si estuviera asimilando esta información—. Está bien, estoy seguro de que podemos solucionarlo. ¿Dónde enterraste el cuerpo? —¿De qué estás hablan…? —¿No lo enterraste? —Hank… Él se pasa una mano por su rostro. Luce estresado, como si su mente estuviera tratando de encontrar una solución a un crimen… lo que, supongo, es exactamente lo que él está haciendo. —Te puedo dar una coartada. No debería ser difícil desviar la atención hacia alguien más. Wells es una opción fácil; con los utensilios que usa para operar animales, sería sencillo atribuirle un asesinato. Además, esa imagen perfecta podemos hacerla pasar fácilmente por una fachada de lo que en realidad sería un ases… Agarro su mandíbula con mis dedos, deteniendo su parloteo. Él parpadea, esos malditos ojos verdes, más claros que nunca a la luz de la tarde, se dilatan de una forma que me seca la garganta. Concéntrate, Autumn. —Aún no he asesinado a alguien, pero podría empezar a hacerlo ahora —me acerco un poquito más, inclinándome en la silla—. ¿Te mato? Otro parpadeo de su parte. —Estoy tratando de ayudarte. —¡No he asesinado a nadie, tú, imbécil! Y lo suelto al mismo tiempo que él exhala un suspiro de alivio. Lo miro con ojos entrecerrados. ¿El de verdad…? —Entonces, ¿por qué quieres irte? Me doy cuenta de que su pregunta va en serio. Hank nunca ha sido de prestar atención a los chismes del pueblo, pero es imposible que no haya notado el trato que he recibido aquí. Aun así, si soy honesta, las palabras susurradas a mi paso no serían suficientes para hacerme irme de mi hogar. Porque este es mi hogar y, si no fuera porque soy una bomba atómica andante para los Dawson, jamás consideraría marcharme. Y no confío lo suficiente en él como para contarle mis razones. —Prefiero guardármelo para mí. Hank me mira fijamente, con una intensidad que logra ponerme nerviosa. Aun así, le sostengo la mirada, porque… ¿por qué habría de apartarla? —¿Por qué estabas llorando anoche? Él es demasiado inteligente. Por supuesto, sabe que todo está conectado. —¿De repente somos amigos y no me di cuenta? Noto que mis palabras lo golpean, como si no le gustaran. —Sólo estoy tratando de entenderte. —No tienes nada que entender —le digo—. Pensé que serías la primera persona en saltar de la emoción cuando anunciara mi partida. Necesito dinero y, ya que estamos en esta situación, pensé que podría cobrarte por cuidarte los siguientes meses. Es un ganar-ganar para ambos. Yo consigo lo que necesito y tú por fin te deshaces de mí para siempre. —¡Joder, Autumn! —Su grito me hace sobresaltar, así que lo miro, completamente muda. Su rostro está hecho granito; creo que nunca lo había visto tan enfadado como ahora—. Esto no es una de nuestras estúpidas discusiones, por más que así lo quiera. Esto es serio. Así que deja de evadir y responde mi puta pregunta: ¿por qué estabas llorando anoche? —¿Por qué rayos te importa? —Inquiero, empezando también a enfadarme. —No —gruñe, inclinándose hacia mí en la mecedora—. No responderé esa pregunta porque sé que es sólo tu puto intento de desviarte del tema. Mírame, joder —esta vez es él quien toma mi quijada cuando desvío la mirada. Veo cuando lo nota: las lágrimas en mis ojos. Él se enfada más—. ¿Estás en problemas? —No. —Háblame… —siento su pulgar moverse muy mínimamente sobre mi piel, en una caricia muy imperceptible, pero ahí está, incluso sus ojos persiguen el movimiento—. Ayúdame a entender, am… —se detiene, cerrando por un segundo los ojos, como si se estuviera conteniendo—. Realmente, ¿qué necesitas? Porque sé que no es dinero, no es huir, tú no eres así. ¿Qué. Necesitas? Y lo dice de esa maldita forma, como si estuviera dispuesto a darme cualquier puta cosa que le pida. —Lo solucionaré —susurra—. Pero necesito entender qué rayos te está pasando, de qué estás corriendo. ¿Qué necesitas? ¿Una familia? ¿No sentirme como un puto inconveniente para las personas que más amo? ¿Sólo un poco, un poquito de amor? —Aut —su voz es tan suave, sus ojos un ruego abierto que me piden confiar. Si fuera tan fácil…—. ¿Qué necesitas? Parpadeo mis lágrimas, luchando tanto por no dejarlas caer. Y lo digo. —El dinero —y las palabras salen al mismo tiempo que una lágrima baja por mi mejilla. Hank mira el recorrido de esa lágrima, y juro que el tiempo parece congelarse, pero también estirarse y expandirse en algo que nos mantiene atrapados. Sus ojos se endurecen al mismo tiempo que su agarre en mi quijada cae, pero su rostro se mantiene cerca, evaluando cada mínima parte de mi alma. Como si tuviera el puto derecho de llegar a ella. Y entonces susurra: —Te lo daré. Nos miramos fijamente, ambos respirando de forma un poco ruidosa, como si todo esto fuera más de lo que podemos soportar. Su rostro se inclina otro pequeñísimo centímetro hacia mí, pero ese único centímetro se siente demasiado. —¿Estás feliz ahora? —Muy —susurro. Una sonrisa triste se dibuja en sus labios y, cuando ve la segunda lágrima deslizarse por mi mejilla, niega con la cabeza, como si pudiera leer más de lo que yo misma me permito mostrar. Luego mira por encima de mi hombro, hacia la entrada. —Llegó la fisioterapeuta. Ve al baño a limpiarte las lágrimas… no vaya a ser que alguien más te vea sin esa coraza que siempre llevas dibujada en los labios. Y retrocede, volviendo a caer en el respaldar de la mecedora. Paso las manos por mis muslos, sintiéndome como si acabara de pasar por una trituradora que quiso sacar a relucir y acabar con todos mis traumas y mis penas. Pero cuando escucho el portazo de un auto a mi espalda, me muevo rápido hacia el baño y hago lo que él me dijo. Frente al espejo, me sostengo la mirada. A mis ojos brillosos, cargados de lágrimas que casi nunca me permito tener. Y entonces lo entiendo. La coraza de la que él hablaba. Mi sonrisa.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR