6. Café.
Hank.
Mi pierna duele como el infierno, joder.
El dolor es insoportable, así que estoy seguro de que esa es la razón por la que me despierto.
Abro los ojos lentamente, tratando de adaptarme a la luz del día que ya ilumina la casa. La posición en la que dormí anoche es incómoda, pero aun así me las ingenié para dormir profundamente toda la noche. Lo sé porque me siento completamente descansado.
Suspiro, mirando hacia el techo.
El rostro de Autumn sigue escondido en mi cuello. Sus dedos, ahora un poco más flojos, continúan aferrados a mi camiseta, como si no hubiera querido alejarse de mi consuelo en toda la noche.
¿Qué pudo haber pasado?
No puedo dejar de pensar que tal vez discutió con Wells; es la única razón que se me viene a la cabeza. Estoy seguro de que, si hubiera sido un problema de salud de su abuela, Autumn no habría venido anoche, así que esa es una opción descartada.
Cuando Autumn se remueve un poco sobre mí, su nariz haciéndome cosquillas en la garganta, me controlo apretando y soltando el puño.
Apretando y soltando el puño que…
Carajo.
Miro hacia abajo, por encima de sus rizos, hacia donde mi mano descansa bajo su short, aferrada a lo que estoy bastante seguro es el lateral endeble de la tela de sus bragas.
Qué. Demonios.
La respiración se me queda atorada en la garganta y siento cómo el maldito calor me sube al rostro.
¿Qué demonios hice dormido?
Despacio, cuidando que ella no se despierte, desenrosco lentamente mis dedos de la tela, uno por uno, al ritmo de los inestables latidos de mi corazón.
¿Por qué sigo buscando sus bragas?
Parece que ya no me basta con las que me robé hace años. Ahora, como muestra la evidencia de anoche, parece que me contento con agarrar las que tiene ya puestas.
Maldito infierno.
Esta mujer me va a terminar volviendo completamente loco.
Cuando mis dedos se sueltan de la tela y consigo sacarlos de su short, no sé qué demonios hacer con mi mano. No quiero tocarla sin su consentimiento, no cuando está vulnerable, así que dejo la mano en el frío suelo, a su lado.
Justo cuando mis dedos rozan el piso helado, escucho un par de pasos que identificaría en cualquier parte.
Cierro los ojos, tragándome una maldición.
No entres en pánico, carajo.
Pero, con esta pierna inútil, no puedo hacer más que quedarme ahí, como un faro bajo las luces, cuando mi hija se asoma por el pasillo, con el rostro aún adormilado… y se detiene en seco, como si hubiera visto un choque de trenes al encontrarnos a Autumn y a mí allí, en el suelo, en una posición que claramente exige explicaciones que no sabría darle.
—¿Qué…? —empieza a preguntar Cass.
Llevo un dedo a mis labios, pidiéndole que no haga un escándalo.
—No la despiertes, cariño —le pido.
De inmediato, los ojos de mi hija se suavizan mientras observa a Autumn, derritiéndose en algo que solo puede ser cariño.
—¿Le pasó algo?
—Mmm —respondo evasivamente, porque no estoy seguro de saber la respuesta—. Anoche estaba llorando. Mientras la calmaba, se quedó dormida.
—Tiene las mejillas manchadas de lágrimas.
Como Autumn sigue con el rostro parcialmente escondido en mi cuello, no puedo verla bien. Aun así, no es difícil imaginar en qué estado debe estar.
Cassidy sigue mirándonos fijamente, y estoy, en igual medida, asustado y preocupado por lo que pueda estar pasando por su cabeza. Quisiera saberlo… pero al mismo tiempo, no.
—No —le digo, antes de que empiece a armar telenovelas en su cabeza.
Desde que me divorcié de su madre, ha intentado emparejarme con más de tres mujeres.
—No he dicho nada —se encoge de hombros, inocente.
—Tráeme los analgésicos para la pierna, por favor.
Cass obedece y me trae las píldoras junto a un vaso de agua fría. Cuando termino de beber, se lo paso de vuelta.
Cierro los ojos, apoyando la cabeza en la pared detrás de mí. Joder con mi pierna. Esta posición no es precisamente la mejor, y estoy seguro de que anoche me la lastimé con todas las maniobras que hice para llegar hasta Autumn y consolarla.
—¿No la podemos despertar? —la voz de mi hija me llega lejana, desde la cocina.
—No —niego.
Autumn se veía tan devastada anoche… también cansada, con el rostro pálido y ojeras profundas.
Necesita descansar.
—¿Puedes desayunar cereal, cariño? —pregunto, sin moverme de mi posición ni abrir los ojos.
Supongo que su respuesta es una afirmación, pero no me muevo de donde estoy.
Podría vomitar del dolor en la pierna. Lo juro, si me muevo un poco, voy a gritar del dolor.
Escucho a Cass moverse por la cocina. Incluso minutos después, cuando ya ha terminado de desayunar, puedo oírla videollamando con Becket y Lia desde su habitación. Últimamente, videollaman cada mañana y cada noche, sin falta.
Rato después, abro los ojos al sentir un golpecito en mi pierna buena.
Es Cassidy, mirándome desde arriba, ya lista para ir a estudiar.
—Beau envió a un peón a recogerme —me dice, cepillando su largo cabello rojo.
—¿Le llamaste?
—Le escribí.
Dios bendiga a ese chico. Podría darle mi pierna buena si la necesitara; así de agradecido me siento.
—Le diré a Beck que le suba el sueldo.
Ella se ilumina.
—Le encantará. Así podrá invitar a salir a más señoritas.
—Joder… —murmuro por lo bajo—. ¿Te habla de sus conquistas?
Lo voy a matar.
—¡Claro que sí! También me enseña a no confiar en los niños que solo buscan una cosa en mí.
—¿Y qué sería eso? —pregunto, divertido.
—Que los invite al rancho a montar a caballo para poder presumir de ello.
Suprimo una risa para evitar que Autumn se despierte con el movimiento de mi pecho al reír.
—Roxy y Betty sí están invitadas. Vendrán al rancho después de la escuela a montar a Canela.
Canela es su yegua.
—Cass…
—Tío Becket me dio permiso —empieza a alejarse, como si yo no tuviera autoridad, lo que me enfada un poco—. Beneficio de tener dos padres.
Da brinquitos hacia la salida y siento que mi corazón se suaviza un poco.
Al principio, pensé que me iba a costar compartir a Cass con Becket. Pero conozco a mi hija, conozco nuestro vínculo; sé que nada ni nadie podrá ponerlo en peligro. Además, Becket ha sido una figura paterna para Cass desde que tiene memoria, así que, aunque el impacto de la verdad al principio fue difícil de asimilar, él supo darle espacio cuando ella lo pidió. Y creo que, en su ausencia, mi hija ha aprendido a valorarlo.
—Por cierto, papá —se asoma una última vez por la puerta—. Mi profesora de primaria no deja de preguntarme por ti. Ahora sabré qué responderle. Le diré que ya tienes tus manos ocupadas con alguien más.
—¡Cassidy! —grito, provocando su risa… y también que Autumn empiece a despertarse por el ruido.
¿A quién demonios salió Cass tan descarada?
Sin embargo, no encuentro en mí las fuerzas para enfadarme. No cuando en los últimos días la he visto más tranquila y feliz de lo que ha estado en meses. Está recuperando su brillo, algo que, en cierto punto, pensé que había perdido para siempre.
Miro hacia abajo cuando Autumn saca perezosamente la cabeza de mi cuello, levantando la vista lentamente, con cierto temor en los ojos.
Le levanto una ceja.
—Joder —maldice, golpeando suavemente su frente contra mi hombro—. Dime que no dormí encima de ti.
—No dormiste encima de mí —digo, con la voz completamente plana, ocultando la diversión que me provoca la evidente mortificación que la invade.
Es linda.
Nos quedamos en un silencio cómodo mientras ella parece poner en orden su adormilado cerebro. Cuando finalmente parece volver en sí, gira con cuidado hacia un lado y cae al piso para dejar de estar sobre mí.
El dolor en mi pierna ahora es solo un ruido de fondo. Los analgésicos parecen haber hecho efecto.
—Cass nos vio, ¿no es cierto?
Dudo, porque no sé qué quiere que le responda.
¿Quiere que le vuelva a mentir?
—No nos vio —digo, mi voz sigue siendo plana.
Autumn y yo nos miramos fijamente, yo tratando de ocultar la diversión, así que ella me golpea juguetonamente en el pecho y deja escapar una risa que me recorre lentamente.
—Ahora seremos su blanco de bromas —gime, echando el cabello hacia atrás con un gesto distraído. Lo tiene más rizado de lo normal, muy parecido al de la Autumn de hace años, la que me miraba con esos ojos llenos de estrellas que no volvió a tener para mí.
Aparto la mirada y parpadeo para volver al presente.
—Creo que podemos aguantar un par de ellas, Autumn.
—O la podría matar.
—Por favor, no.
Resopla, sus labios intentando esconder una sonrisa.
Y, joder, no soy capaz de no preguntarle:
—¿Tuviste una pelea con Wells?
Sus ojos me miran, confundidos.
—¿Qué?
—¿Por eso estabas llorando anoche? ¿Discutiste con Wells?
—¿Wells? ¿Qué? —sacude la cabeza, negando—. Mis lágrimas definitivamente no tienen nada que ver con Wells.
Aparto la mirada, asintiendo.
Por supuesto que el chico de oro jamás la haría llorar.
Bien.
Me alegro.
Simplemente genial.
Cuando el silencio entre ambos empieza a volverse tenso, ella dice:
—¿Podemos olvidar que anoche pasó?
Me encojo de hombros, lo que solo parece irritarla más.
—¿Estás enfadado? —cuando no respondo, continúa—: Mira, no te pedí que me consolaras, ni tampoco…
—Ah, ¿no lo pediste? —se me escapa una risa más bien amarga—. Pero sí te metes en mi casa, aun cuando te he dicho de todas las formas posibles que…
—Solo te estoy pidiendo un espacio en tu sofá, no es como si quisiera meterme en tu cama… Dios me libre.
—¿Dios te… qué? —suelto un par de palabrotas, lo que solo la hace mirarme con más enfado—. Es demasiado temprano para discutir contigo.
—Pienso igual —dice, poniéndose de pie, enfadada.
La miro en silencio mientras me trae las muletas, extendiéndomelas con una energía que irradia molestia.
Me pongo de pie con dificultad mientras ella desaparece hacia la cocina. Cuando la alcanzo, la encuentro recogiendo todo mi suministro de café entre las manos, incluso ese colombiano que, por alguna razón, no he conseguido tirar a la basura.
—¿Qué haces? —pregunto, horrorizado al entender sus intenciones.
La sigo cuando se aleja de mí, dejándome completamente desprovisto de cafeína.
—Autumn, no, espera —la persigo como un perrito faldero, horrorizado de que se lleve mi café—. ¡Autumn!
La sigo a trompicones hasta la puerta, pero la malvada mujer se sube a mi camioneta y se marcha… con todo mi café.
Joder.
[…]
A media mañana, me rindo.
Sentado en el sofá, sin hacer nada y sin haber ingerido ni una gota de café en todo el día, tomo el teléfono y busco su nombre.
Yo: Te daré mi cama y yo tomaré el sofá.
Leído, pero no respondido.
Maldición.
Lo intento una vez más.
Yo: Autumn, lo juro por Dios que me vas a volver loco.
Y no es mentira.
Ayer lo único que me mantuvo cuerdo de estar todo el día en casa, fue el café que estuve ingiriendo durante todo el día.
Yo: ¿AUTUMN?
Yo: Joder.
Más de veinte minutos después y más de quince mensajes míos con su nombre en mayúsculas, ella por fin responde.
Autumn: Si sigues escribiendo mi nombre en mayúsculas, voy a pensar que estás en crisis y voy a mandar a alguien a comprobarte.
Autumn: Un loquero.
Yo: Madura.
Me envía un emoticón enseñando el dedo del medio.
Otros veinte minutos después y más de treinta mensajes míos con su nombre en mayúsculas, ella por fin vuelve a responder.
Autumn: El sofá me basta. No voy a dormir en el mismo colchón donde la bruja durmió por años. Me puede contagiar su maldad.
Yo: Ya tienes suficiente.
Diez emoticones del dedo medio es la respuesta que recibo.
Yo: La cama es nueva. Incluso cambiaré la maldita casa si vuelves con mi jodido café a alimentarme.
Autumn: Pídele a Rose.
Yo: Ocupada con los peones. Ni siquiera contestó mis llamadas.
Autumn: Jajajaja…
Ruedo los ojos.
Mocosa.
Yo: No entiendo por qué te empeñas en dormir con nosotros. Estaré bien, lo prometo.
La veo escribir y borrar. Lo hace al menos cinco veces.
Cuando por fin llega su respuesta, es un texto largo.
Autumn: Lamentablemente, sigo teniendo un poco de decencia dentro de mí. No puedes pedirme que no te cuide cuando estás en esa situación por mi culpa. Y no pierdas el tiempo haciéndome creer lo contrario. Puedo entender que tu temperamento gris y monótono no está acostumbrado a la vida, cadáver, pero podemos llegar a un punto intermedio. Creo que puedo ofrecerte un trato que, a fin de cuentas, te hará extremadamente feliz.
Ahora, eso me da curiosidad.
Pero primero…
Yo: Necesito café.
Autumn: ¿Puedes concentrarte?
Yo: Por amor de Dios…
Autumn: Estoy en la veterinaria, no puedo seguir hablando. En la tarde la fisioterapeuta irá a casa a tu primera sesión. Podremos hablar entonces.
¿En la veterinaria?
Nononono…
Yo: ¿Y mi café?
Leído, pero no respondido.
Suelto el teléfono bruscamente sobre el sofá, tratando de suprimir la irracional e irritante frustración que me recorre el cuerpo.
Y nada de esto tiene que ver con el café.
A la mierda mi vida.