5. Tormenta.

3425 Palabras
5. Tormenta. Autumn. Hoy estoy más distraída de lo normal… y se me nota. —¿Estás bien? —pregunta Wells cuando le entrego su café, n***o y con poca azúcar. Hoy tengo turno en la cafetería y él, a veces, viene a pasar el rato. —Estoy bien —intento sonreírle, pero no sé si lo consigo. Echo un vistazo detrás de él, asegurándome de que no haya más clientes esperando. Wells sigue mi mirada y, al comprobar que no hay nadie, se apoya en la superficie de la barra y me observa con un brillo de preocupación en los ojos. —¿Pasó algo con tu abuela? Esa pregunta se gana un pequeño bufido de mi parte. —Mi abuela está estupenda. Cuando fui a verla por la mañana, llevaba un negligé n***o, ya lista para tener una videollamada… íntima con Silas. Ni siquiera se inmutó cuando le dije que esta noche tampoco estaría en casa; más bien pareció aliviada, lo cual es raro, ahora que lo pienso. Supongo que quiere que tenga una vida más allá de ella. —¿Tienes algún problema? —insiste Wells. —No, no —le resto importancia, porque no quiero preocuparlo—. Anoche no dormí bien, eso es todo. Y no es mentira. No dormí… casi nada. Y la razón por la que no dormí es la misma por la que hoy estoy distraída. Aunque reducir a ese hombre a una simple razón se siente mal. Hank es mucho más que eso… y apenas estoy empezando a entender lo inmenso que es por sí mismo. ¿Sonámbulo? No tengo idea de cómo evitar que se haga daño sin que sepa que conozco su condición. Solo sé que tengo que ayudarlo. ¿Incluso si eso implica que duerma con su mano en tu v****a, Autumn? Sacudo la cabeza, irritada por las preguntas llenas de ironía que invaden mi mente. Carajo… voy a enloquecer. Suspiro demasiado fuerte, lo que provoca una risa divertida por parte de Wells. —Es la primera vez desde que te conozco que te veo sin palabras —se queda pensativo un momento—. Bueno, excepto cuando… Su sonrisa divertida se trasforma en una más coqueta, más sugerente... más sucia. Agarro un papel de propaganda de la pila que tengo al lado de la caja y le doy un golpecito que nos hace reír a ambos. Wells y yo nunca hemos sido tímidos con el pasado s****l que compartimos. Después de todo, por encima de cualquier otra cosa, somos amigos. Tenemos una confianza que, dejando de lado cualquier aspecto s****l entre nosotros, siempre va a estar ahí. Es normal que bromeemos sobre eso. Maldición, yo misma he bromeado con él más de una vez. Pero hoy, detrás de mi risa, un poco de ácido se asienta en mi garganta. Porque dormí con la mano de Hank en mi v****a. Santa mierda. Quisiera hablarlo con alguien, pero la única amiga que tengo está en Japón, viviendo su mejor momento con Becket. Aunque Lia y yo nos enviamos mensajes con frecuencia, se siente mal llamarla para contarle mis problemas. En realidad, se siente mal cargar a alguien —a cualquiera— con mis asuntos. Así que empujo mis preocupaciones hasta el fondo, para abrirlas luego en privado, donde nadie más pueda verlas, y le sonrío a Wells justo cuando suena la campanita que anuncia la entrada de alguien. —Buenas tardes, bienvenido a… —me detengo cuando veo que es Tessa. Es imposible que ella no sepa que, ocasionalmente, yo trabajo aquí. Ninguno de los Dawson pisa un lugar en el que yo esté trabajando; eso la incluye a ella, más aún desde que lleva el anillo de compromiso de Cole en el dedo. Puede que todavía no sea oficialmente una Dawson, pero lo será… y apuesto a que muy pronto. Se acerca con pasos inciertos, como si aún no estuviera segura de lo que está haciendo. Wells me mira y yo asiento, indicándole que está bien. Él se marcha, dedicándole a ella un gesto cortés, y yo me quedo allí, esperando a que hable. —¿Ya sabe qué desea ordenar? Tessa aprieta los labios, mira el enorme televisor detrás de mí —donde anuncian la bebida del día— y la pide sin pensarlo demasiado. Mientras la preparo, puedo sentir su mirada persistente sobre mí. ¿Qué quiere? —Mañana Hank tiene su primera sesión con la fisioterapeuta —me recuerda. Levanto la vista mientras termino la bebida, añadiendo la crema chantilly por encima. —Sí, lo tengo presente. Aunque dudo mucho que haya venido desde el hospital solo para decirme eso. —¿Son muy cercanos? —me dice mientras yo le extiendo su descafeinado, confundida por la pregunta. Parece estar buscando un tema de conversación, y Hank es lo único que tenemos en común ahora mismo. —Fui niñera de su hija durante muchos años —respondo. Tessa asiente y da un sorbo a su bebida, visiblemente incómoda. Hay un silencio breve. —Son cuatro dólares con cinco. —¿Podemos hablar un momento? Ambas hablamos al mismo tiempo. Intento sonreír, cuando en realidad no tengo ni la menor idea de qué podría querer hablar conmigo. Caemos en un silencio incómodo mientras recibo su pago, le doy el cambio y la factura. Cuando se da cuenta de que no tengo intención de hablar con ella, traga saliva y asiente, como si comprendiera mi respuesta… o la falta de ella. Ninguna de las dos nos miramos a los ojos cuando se da la vuelta y empieza a marcharse. Raspo con la uña una grieta de la barra de madera, y destellos de una conversación nuestra inunda mis recuerdos. —¿Estarás siempre a mi lado? —me preguntó una noche, después de que su madre muriera. Estaba acostada junto a ella en su cama, ambas envueltas en su cobija de felpa, mientras mirábamos los garabatos que, junto a Cole, habíamos dibujado en el techo de su habitación. Afuera, todo era oscuridad. Me había escapado de casa después de que mamá y nana se durmieran. Salté por la ventana y casi me rompo un brazo al caer en la maleza, pero había valido la pena. —Te lo prometo, Tess —susurré, jurando que nada podría separarme de ella. Era muy ingenua a los doce años… pero mi promesa fue real, incluso cuando el mayor obstáculo para cumplirla terminó siendo ella misma. —Tessa —la llamo justo antes de que cruce la puerta. Cuando se gira a mirarme, el brillo de esperanza en sus ojos termina de solidificar mi decisión—. Podemos hablar afuera. Le hago una seña a Dustin, el adolescente que está de turno conmigo, para que me cubra. —Autumn, si el señor Park llega y te encuentra fuera de tu puesto… —Está bien, lo sé —le digo a Dustin. Me había saltado varios turnos desde el accidente de Hank para acompañarlo en el hospital, así que el señor Park ha estado un poco susceptible conmigo. Sin embargo, el lugar está casi vacío, salvo por un hombre tomando un capuchino al fondo y la señora River, una dulce anciana que viene todas las tardes con su perro mientras lee el periódico del pueblo. Estará bien. Le indico a Tessa que me siga y salimos por la puerta trasera, donde generalmente tomo mis descansos. El pequeño espacio da al callejón, pero hay una banca de concreto que nos permite sentarnos. —Así que… —empiezo, cuando veo que el tiempo pasa y ella sigue sin decir nada. Se ve nerviosa. No ha dejado de retorcerse los dedos desde que salimos. —Estoy embarazada. Me quedo completamente en blanco. Muda. Sus palabras logran mover el suelo bajo mis pies, así que no tengo idea de qué decir. Hasta que logro soltar un suave: —Oh. Me giro hacia ella para mirarla mejor, pero Tessa sólo me mira de reojo. —¿Cole no lo sabe? —pregunto, llevándome la mano al pecho, donde el corazón empieza a doler a medida que comprendo lo que significan sus palabras. Embarazada. De Cole. Lo que significa que esa pequeña vida en su vientre también es mi… —No —susurra—. Me acabo de enterar, no he sido capaz de decírselo a nadie. —¿Por qué estás tan asustada? Sabes que Cole te ama. Niega, apoyando la cabeza contra la pared de ladrillo. —Lo habíamos hablado, habíamos acordado esperar. Con lo largos que son mis turnos y el trabajo que ahora tiene en el rancho, desde que su padre le está pasando el mando, estuvimos de acuerdo en que un niño era lo último que queríamos en este momento. Joder, ni siquiera sé si quiero ser madre… —empieza a alterarse—. Nos comprometimos hace apenas un mes, aún no he elegido mi vestido de novia y ahora… —Eso es algo bueno —la interrumpo, cortando su balbuceo. Al ver que me mira sin entender, le explico: —Lo del vestido. Es bueno que no lo hayas elegido. Probablemente vas a estar como una ballena cuando te cases; sin duda habrías tenido que cambiarlo, así que… Nos miramos fijamente durante varios segundos y veo cómo sus labios empiezan a temblar. Cuando creo que se echará a llorar frente a mí, se le escapa una risa que, pocos segundos después, me arranca otra a mí. Y entonces allí estamos, riendo a carcajadas, como si el tiempo no hubiera pasado entre nosotras. —¿Cómo te atreves? ¿Una ballena? —¿Has visto a Cole? Si su hijo hereda su tamaño, me apiadaré de tu pobre v****a cuando esa sandía esté lista para salir. Otro estallido de carcajadas que termina con ella chocando juguetonamente su cabeza contra la mía, de una forma demasiado familiar… y al mismo tiempo, extraña. —Estará bien… —le digo, apretando su mano—. Estarán bien. —¿Lo estaremos? —Cole te ama —le recuerdo—. Estará feliz con la noticia y, después del shock inicial, tú también lo estarás. —¿Te imaginas que tenga sus ojos? ¿O su linda manía de revisar debajo de la cama justo antes de irse a dormir? —pregunta, casi soñadoramente—. ¿O esos rizos dorados que tanto amo? Pueden ser tan desordenados y alocados como eran los tuy... Me mira a los ojos y, esa mirada, esa maldita mirada, me lo dice todo. Ella lo sabe. Lo que significa que Cole también lo sabe. Y, a pesar de ello, o tal vez por ello, él me odia aún más. Asiento, mirando hacia otro lado para evitar que ella vea cómo mi corazón se hace pedazos, se estruja de una forma tan dolorosa que no entiendo cómo sigue funcionando. Siempre tuve la duda, pero nunca fui lo suficientemente valiente para enfrentarlo… para preguntarle a Cole si sabía del secreto más grande que nuestros padres jamás dejaron salir a la luz. Porque, claro, su aventura se descubrió. Pero esa aventura nunca fue lo más sucio que Robert Dawson compartió con mi madre. Su secreto más grande y vergonzoso sigo siendo yo. —La señora Dawson no lo sabe… sobre ti —murmura Tessa—. Lleva años sobria. Le costó mucho llegar a donde está ahora. A Cole le asusta incluso que escuche tu nombre. Le da miedo que descubrir toda la verdad la arrastre de nuevo a una espiral de la que ya no podamos sacarla. Vuelvo a asentir, comprendiendo. Y lo entiendo. A Cole, yo lo entiendo. Después de todo, él está protegiendo a su madre… a su familia. Familia. Qué palabra tan grande… y tan dolorosa para algunos. Familia. Suena incluso graciosa en mi mente. —Está bien —la miro, sonriendo—. Dile que pronto no tendrá que tener miedo de mi nombre, mucho menos de mi presencia… te lo prometo —mordisqueo mi labio y, con mano temblorosa, apoyo suavemente los dedos sobre la aún imperceptible curva de su vientre, donde crece alguien que también lleva mi sangre, aunque Cole no quiera ese lazo—. Te lo prometo también a ti, bebé. Puede que para Cole yo no sea su familia, pero, para bien o para mal, él sí es la mía. Ese bebé que está creciendo… es mi familia. Y la familia se protege. Incluso a costa de uno mismo. |…| Cuando estaciono la camioneta de Hank frente a su casita, me doy cuenta de que es más tarde de lo que pretendía llegar. Me tomó mucho tiempo calmarme lo suficiente como para poder darle la cara a nana. Habría sabido, con solo mirarme, si algo iba mal, así que hoy tuve que esforzarme más de lo normal mientras sonreía. No me dejó marcharme hasta que me comí todo lo que preparó para cenar, así que me pregunto si mi actuación fue realmente tan intachable. Mientras salgo de la camioneta y avanzo hacia la puerta de la casita, mis pies se sienten de plomo. Estoy cansada, no solo porque ayer casi no dormí, sino por todo el peso emocional que tuvo el día. Y probablemente hoy tampoco dormiré bien, porque cuidar a un Hank sonámbulo ocupa el primer lugar en mi lista de prioridades. Al girar el pomo de la puerta, me doy cuenta de que Cass ya debe estar dormida, porque la casa está sumida en un inusual silencio. Cuando entro, la luz del televisor es lo único que me permite distinguir al hombre adormilado que yace en el sofá. Hank parpadea al notar mi presencia, y una mirada cargada de frustración le cruza el rostro cuando repara en la almohada y la cobija que llevo en las manos. —Buenas noches, vaquero. —No puedes estar hablando en serio —sisea en voz baja. —Te dije que vendría —le digo, cerrando suavemente la puerta detrás de mí para no despertar a Cass—. ¿Vas a pasar a tu cama o dormiremos juntos en el sofá? Porque eso se ve un poco incómodo… Y, en un intento de aligerar el ambiente, hago una mueca que espero sea graciosa, pero solo consigo que sus ojos brillen con enfado. Trago saliva, quedándome allí de pie, sin saber muy bien qué hacer. —Vete, Autumn —y suena tan jodidamente cansado. Estoy muy segura de que cansado de mí. —No —digo en voz muy baja. Ya no estoy segura de si es para no despertar a Cass o porque no me quedan fuerzas para nada. —Tenerte cerca es una maldita tortura. Y sé que sus palabras no buscan herirme; es solo nuestra lucha de siempre, en la que sacarnos de quicio se volvió casi un juego. Pero hoy no quiero jugar. Y sus palabras golpean con más fuerza de lo que normalmente lo harían. Muerdo el interior de mi mejilla hasta saborear un poco la sangre, luchando con todas mis fuerzas contra el nudo insoportable en mi garganta. —Dios, eres un imbécil —susurro en un tono más bien juguetón, sonriendo, porque lo último que necesito es que me vea débil—. Iré cinco minutos al baño para darte tiempo de bajarle a tu nivel de maldito. Dormiré aquí y, a menos que nos quieras a los dos en ese sofá, estarás en tu cama cuando vuelva. Él es un poco borroso en mi visión, joder, así que no sé muy bien qué expresión tiene en el rostro. Pero dudo que la luz del televisor delate la humedad en mis ojos, así que dejo caer la almohada y la sábana al suelo. Luego me giro en silencio y me dirijo al baño antes de que las lágrimas empiecen a caer. Solo… necesito cinco minutos más para recomponerme. Mientras avanzo hacia la privacidad del baño, donde pueda romperme con tranquilidad, levanto la mano para limpiar la humedad en mis mejillas, pero unos dedos grandes y callosos se cierran alrededor de mi brazo por detrás, con firmeza, pero también con mucho cuidado. Esos mismos dedos me obligan a girar, y yo jadeo, sorprendida al encontrarlo frente a mí. Mi boca se abre de par en par, dejando escapar el aire al darme cuenta de que tuvo que venir dando brincos en un solo pie hasta alcanzarme, porque en su afán por hacerlo no llegó a tomar las muletas. —¿Estás loco? Él sólo me mira fijamente. Sus pupilas bailan un poquito mientras mira en las mías… buscando, buscando, buscando. Su mano aparta suavemente mi brazo hacia un lado, dejándole una vista completa de mi rostro. Casi siento que pasa una eternidad hasta que él maldice, dejándose caer hacia adelante, y eso me obliga a retroceder hasta que mi espalda choca contra la pared. Hank es grande, y mientras su mano libre se apoya en la pared sobre mi hombro para sostener su peso, enjaulándome, yo solo puedo mirar fijamente su pecho. La camisa de algodón que lleva puesta es vieja y está un poco deshilachada. En algún momento fue negra, pero ahora es gris. Me aferro a esos detalles insignificantes mientras ambos respiramos en silencio… pero también demasiado fuerte. Puedo sentir que él me mira fijamente, con el rostro inclinado hacia abajo, tan cerca que puedo sentir su respiración cálida rozando mi sien. Yo sigo mirando esa estúpida camiseta, con los latidos de mi corazón abarcándolo todo. —Estás llorando —susurra. No es una pregunta. —No —niego. —A menos que la humedad en tus mejillas sea una alucinación mía… estás llorando, y dudo mucho que sea por mí. —Dije que no. —Entonces… ¿qué es lo que cae de tus ojos ahora mismo? —Mis ojos son nubes —mi voz suena tensa—, y ahora mismo están lloviendo. —¿Sí? —Sí —levanto lentamente mi mirada hacia él, siendo más consciente de lo cerca que estamos, y la ternura que brilla en sus ojos sólo hace que todo sea más insoportable. Una esquina de sus labios se levanta en una sonrisa más bien cariñosa. —¿Necesitaré paraguas? Parpadeo, sintiendo cómo dos gruesas lágrimas bajan por mis ojos. Hank sigue el movimiento con su mirada. El sonido de su acompasada respiración sobre la mía se siente demasiado íntimo para nosotros… pero no mal. —Creo que haré tormenta —respondo en voz muy bajita, tan bajita que temo que no me escuche. Pero él sí me escucha… porque así de cerca estamos. —Está bien —susurra igual de bajito, casi sin voz—. Creo que podré resistirla. Y me asiente, dándome respuesta a una pregunta que ni siquiera hago. Sólo sé que, lentamente, como si fuera inexperta, levanto un brazo, luego el otro, y los deslizo por sus costados, en una caricia hacia su espalda, hasta que lo estoy envolviendo con fuerza en lo que se siente como el primer abrazo real que he dado en mi vida. Cuando mi mejilla se apoya en la vieja y raída tela de su camiseta, justo en donde su corazón late a salvo, desato la tormenta. Mis ojos llueven… mucho. No es una tormenta ruidosa, ni salvaje, ni arrolladora. Es silenciosa, dolorosa y contenida. Tan discreta y tranquila como sus movimientos al dejarse caer con cuidado al piso, como si no soportara más el peso en un solo pie. Pero Hank me lleva con él, en movimientos que no son bruscos ni incómodos, sino suaves y llenos de calma, como si fuera un ritual que hemos repetido miles de veces. Con cuidado, me jala con él, acunándome en sus brazos mientras escondo mi rostro en el hueco de su garganta, sentada de lado sobre su regazo. —¿Hank? —susurro. —Dime. —Mañana no habrá rastro de la tormenta —sigo hablando muy bajito contra su piel, haciendo puño en el cuello de su camisa, acurrucándome más en él—. Ni siquiera recordarás que llovió. Lo siento presionar sus labios en mi cabello, así que aprieto mis ojos cerrados y me aferro con más fuerzas. —Oh, estoy muy seguro de que mañana el girasol volverá a florecer… y seguirá pinchándome con sus traviesas espinas. —¿Los girasoles tienen espinas? —Este sí, amor —pasa un brazo por mi espalda, rodeando con su mano mi cintura —. Este sí. Sonrío un poco, acariciando mi rostro en su cuello y, en sus brazos… por fin se calma mi tormenta.
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