4. ¿Puedo quedarme a dormir contigo?

2291 Palabras
4. ¿Puedo quedarme a dormir contigo? Hank. Me despierto confundido, no porque no sepa dónde estoy, sino por el dolor ardiente que me atraviesa la pierna. Y es que, por un instante, había olvidado lo jodida que la tengo. Maldición. Vuelvo a dejarme caer en la cama; en mi aturdimiento, había intentado ponerme de pie. Clavo la mirada en el techo, tratando de acallar la vocecilla en mi cabeza que no deja de recordarme lo jodida que es mi situación. Cuatro meses de recuperación. Cuatro. Putos. Meses. Si más de una decada de matrimonio con Loretta no logró volverme loco, esto probablemente lo consiga. ¿Qué demonios voy a hacer sin poder moverme por el rancho? Nunca he tenido tiempo libre, mucho menos vacaciones, y la idea de pasar el día encerrado entre estas cuatro paredes, cargadas de recuerdos amargos, me hace querer arrancarme la piel. Al principio, cuando las cosas con Loretta empezaron a llegar a su final, mi hija y yo nos quedábamos en la casa grande con Becket. Pero después de que la verdad estalló, Cassidy no quiso seguir pasando allí las noches y volvimos a casa. Lo agradecí, aunque me hiciera sentir egoísta. Vivir bajo el techo de Becket, por muy buenas que fueran sus intenciones, me hacía sentir inútil. Le debo tanto, maldición… a veces siento que le debo todo lo que tengo en la vida. Y ese sentimiento es una píldora muy difícil de tragar, incluso si lo quiero como si fuera mi propia sangre. Sin querer que mi mente vuelva a perderse en el caos de los últimos meses, busco las muletas y me aseo un poco en el baño. La férula es un estorbo, pero usar las muletas no se me dificulta, lo cual supongo que es un punto a mi favor. Mientras avanzo por el pasillo, escucho la risa de Cass. Una risa que hacía muchísimo tiempo no oía con tanta claridad. Me asomo desde la pared y me detengo al verla echarle jarabe a su panqueque. Ya está lista para irse a la escuela, con el cabello aún húmedo por la ducha, y no recuerdo haberla visto tan grande como ahora. Tal vez es porque extrañaba ese sonido… o porque apenas ahora caigo en cuenta de que falta poco para que cumpla trece, lo que se siente demasiado cuando juraría que fue ayer que la cargaba en mis brazos. —Eres torpe —le dice Cass a Autumn, que está de espaldas, concentrada en la estufa, claramente quemando algo—. Había olvidado tu inclinación a provocar desastres —añade mi hija. —Hice tu panqueque. —Apenas —dice, echándole más jarabe de forma exagerada, como si así pudiera disimular el sabor de lo que claramente es un panqueque quemado. —Carajo —gruñe Autumn, dejando que otro panqueque se queme. —Carajo —repite Cass, con los ojos brillantes de diversión. Autumn se gira para mirarla, apuntándola con la espátula. —No le digas a tu padre que me escuchaste maldecir. Cass resopla. —Papá dice muchas más malas palabras que tú delante de mí. Solo que las dice tan bajo que cree que no me doy cuenta. —¿En serio? —Además —continúa Cass—, voy a cumplir trece, ¿lo sabes? —Ajá. —Y probablemente todas las malas palabras que tengo en mi vocabulario las aprendí de ti cuando era apenas una niña y tú eras mi niñera. ¿Ahora te vas a reprimir? Porque, si te falla la memoria, puedo recordarte unas cuantas. Mi hija levanta un dedo, empezando a enumerar: —Cara de v***a, hijo de las mil putas, engendro mal hecho de Sataná… —Está bien —Autumn casi grita, escandalizada. —Y no olvidemos mi favorita: desperdicio inútil de seme… —Lo juro por Dios, Cassidy, si terminas esa frase te lanzo como comida a los cerdos. —Dios mío, siempre supe que eras una psicópata. —Mira, cómete el panqueque o te juro que voy a… Me aclaro la garganta para hacerme notar, lo que hace que ambas mujeres me sonrían como si hace apenas unos segundos no hubieran soltado palabras vulgares de sus bocas. Había olvidado que juntas podían espantar al mismísimo diablo. —Buenos días —susurro, con la voz ronca por la falta de uso—. ¿Qué haces aquí? —le pregunto a Autumn con suavidad, sin querer que piense que me molesta. Solo… me confunde. Lo último que recuerdo es que ayer se fue poco antes de la hora del almuerzo, y yo me quedé en la cama, deseando no joderme la pierna si, al quedarme dormido, volvía a tener uno de esos putos episodios. Supongo que el sueño terminó por vencerme… y con fuerza. Debí de haber dormido al menos dieciocho horas, lo cual no está nada mal después de tres días sin pegar ojo. —La encontré durmiendo en el sofá cuando Beau me trajo anoche —explica Cass, dándole un mordisco a ese panqueque chamuscado. Cuando me dejo caer, con algo de torpeza, en una de las sillas, Autumn me pone delante un plato con un panqueque de aspecto similar al de mi hija. Trago saliva, pero imito a Cassidy y lo baño en jarabe para poder tragármelo. En cuanto doy el primer bocado, Autumn me observa fijamente, con un brillo de satisfacción al ver que me lo estoy comiendo. —¿Quieren más? —pregunta, mirando de Cass a mí. Mi hija y yo nos miramos, horrorizados. Dios, no. No me mataron todos esos años con Loretta. No me mató saltar de un caballo en movimiento… pero su comida sí va a hacerlo. —De hecho, mi papá debe querer más. Sus desayunos suelen ser grandes —dice la pequeña diablilla, mirándome con diversión. —En realidad, yo… Autumn ya está poniéndome dos panqueques más en el plato, con ese tierno brillo de ilusión en los ojos. Y, por mi vida, no soy capaz de rechazarla. Fulmino a mi hija con la mirada, aunque me regodeo un poco al verla luchar por terminarse el único —pero enorme— panqueque que tiene. —¿Quieres más? —le pregunta Autumn al ver que ya terminó. —¡No! —grita ella, mientras yo me obligo a comer más rápido para acortar este sufrimiento—. Voy tarde para la escuela, mira la hora. ¿Quieres que me castiguen por llegar tarde? —No es tan tarde… —El tiempo pasa volando y es relativo —mi hija se pone de pie, casi atragantándose con el zumo de naranja—. Para ti es temprano, pero para mí ya voy tarde… ¡voy a terminar de alistarme! Y se encierra en su habitación, dejándome a mí con los malditos panqueques. —¿Entendiste algo de lo que dijo? —me pregunta Autumn. —No… —respondo. Solo que no quiere comerse tus panqueques, pero no voy a decirle eso—. ¿Dormiste aquí anoche? —Oh… —se gira hacia la cocina, limpiando de forma más bien distraída—. Ayer en la tarde vine a echarte un vistazo, pero cuando vi que estabas dormido, decidí seguir tu ejemplo. Y tu sofá se veía tan cómodo que no pude evitar la tentación de dormirme en él. ¿Te molesta? —se estira con un gesto exagerado y deja escapar un sonoro bostezo—. Últimamente estoy tan cansada… tal vez debería hacerme un chequeo en el hospital. Las plaquetas y los glóbulos rojos pueden… —¿Dormiste todo ese tiempo? Se gira a mirarme y asiente varias veces. Juraría que un leve rubor le sube a las mejillas. —Estaba realmente cansada. Si no acabara de despertar del sueño más tranquilo y profundo que he tenido en los últimos meses, ahondaría más en sus divagaciones. Pero entre mi mente nublada por el descanso, el dolor constante en mi pierna y el esfuerzo que estoy haciendo por tragarme estos horribles panqueques, no me queda voluntad para interrogarla. Sabría si tuve un episodio. Seguramente, al levantarme, me habría jodido más la pierna. Pero sigue igual de mal que ayer antes de dormir, ni un poco peor, así que puedo asumir que no me levanté en mitad de la noche como un completo lunático. Y si Autumn lo hubiera visto, ya me lo habría dicho… ¿cierto? Aunque lo último que necesito es esa humillación en mi vida. No quiero que ella sepa más de esta vergüenza constante en la que se ha convertido mi vida. Tal vez, después de pasar tres días enteros negándome a dormir, anoche estaba tan agotado —y demasiado jodido de la pierna— como para tener otro episodio. O tal vez el accidente terminó siendo un mal que venció a uno peor. Los episodios de sonambulismo empezaron cuando me enteré de que no era el padre biológico de Cassidy. Fue Rose, la anciana ama de llaves de la casa principal del rancho, quien me descubrió en la cocina, lavando mis zapatos con azúcar, una noche en la que nos quedamos en la casa grande. Ella me llevó de vuelta a la cama y me lo contó al día siguiente. Después de eso, por petición mía, me dejaba encerrado por las noches para evitar que saliera de la habitación y provocara algún accidente. Cuando volvimos a casa, no tuve más opción que hacer lo mismo: encerrarme por mi cuenta y esconder la llave en una pequeña grieta del suelo de madera. En mi estado de sonámbulo, supongo que nunca he intentado buscarla, porque Cass sigue sin saber nada y siempre despierto de nuevo en la cama. Pero sé que los episodios siguieron ocurriendo. Me acuesto sin los zapatos, sin nada en las manos… y aun así despierto con ellos puestos, y con un trozo de tela aferrado entre los dedos. Supongo que, mientras duermo, los busco. Que me levanto sin darme cuenta y los encuentro. Miro a Autumn, preguntándome qué diría si supiera que nunca pude deshacerme de sus bragas. Aparto la mirada cuando me doy cuenta de que la estoy mirando fijamente, a ese sonrojo que parece volverse más intenso con el pasar de los segundos. Termino el último bocado del panqueque que me preparó. —Estaba pensando… —dice, con voz suave—, ¿puedo quedarme a dormir contigo? Me atraganto con mi bebida, sintiendo que se me van a salir los pulmones por la boca. —Joder —maldigo, tosiendo más fuerte—. ¿Qué dijiste? —¿Que quiero quedarme a dormir contigo? —repite, y juro que nunca había visto a alguien lucir tan incómodo mientras hace una pregunta. —¿Qué mierda ingeriste, joder, Autumn? —¡Tú eres el de la mente sucia! —¿Te estás escuchando? Viene hacia mí y me golpea la espalda justo cuando otra tos me sacude. Por poco y me saca de la silla por la fuerza que utiliza. —Sólo digo que puedo quedarme a dormir aquí, con ustedes, mientras te recuperas… — empieza, dando más palmaditas bruscas a mi espalda mientras yo lucho por seguir con vida. — ¿Qué tiene de descabellado? ¿Dormir ella? ¿Aquí? ¿Con nosotros? Ni de coña. Por todo el maldito infierno, no. No soy tan masoquista. —No. —Pero… Alzo una mano, negándome rotundamente. La respuesta a esa pregunta siempre será no. —Eres insufrible —gruñe, volviendo a la cocina mientras rebusca entre los cajones—. Yo las había dejado por aquí… Mira —regresa con unas píldoras en la mano y la jarra de zumo de naranja. La observo en silencio, sin aceptar la medicina cuando me la tiende. —Si no soy yo, ¿quién va a encargarse de que tomes el antibiótico y el analgésico? —No soy un niño. —¿Seguro? Nos enredamos en una batalla de miradas que, siendo sincero, roza lo ridículo. Pero esta es Autumn. Y Dios sabe que discutir con ella, incluso por las cosas más insignificantes, es lo único que me ha hecho sentir un poco vivo en los últimos meses. Cuando ve que me niego a dar mi brazo a torcer, masculla un par de palabrotas y actúa. Me abre la boca a la fuerza, metiéndome las píldoras casi hasta la garganta. Luego llena el vaso con más zumo, me echa el cabello hacia atrás y me obliga a tragar. Cuando Cass vuelve, nos encuentra en esa posición. —Ni una palabra —le advierte Autumn a mi hija, soltando poco a poco los dedos de mi cabello. Yo ya he tragado el zumo de naranja y, con él, todas las píldoras que me metió. —Si me estás envenenando… —empiezo. —¿Hola? —Cass mira de uno a otro, como si estuviéramos mal—. ¿Se pueden seguir matando más tarde, cuando uno de los dos me haya llevado a la escuela? Joder. Autumn mira la hora en el reloj de la pared, suelta un montón de improperios que le ganan la burla de Cass y casi se atraganta con lo que queda del zumo de naranja de mi vaso antes de salir disparada hacia la puerta. —¡Las llaves de la camioneta! —le grito, tomándolas de la mesa y lanzándoselas cuando se asoma para atraparlas. —¡Volveré en la noche, con una almohada y mi manta favorita! —me grita, como si mi negativa no significara nada para ella. Joder, joder, joder. Mentí. No me mató Loretta, no me mató saltar de un caballo en movimiento, no me mataron sus horribles panqueques… me va a matar tenerla durmiendo bajo el mismo techo conmigo. A la mierda mi vida.
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