3. Algodón blanco.

3119 Palabras
3. Algodón blanco. Autumn. Dos días después, cuando me acerco nuevamente al hospital, una de las enfermeras de turno está regañando a Hank. Me quedo detrás de la puerta, escuchando. —Tienes que dormir —ella le dice. —No tengo sueño — su voz gruñona me hace sonreír un poco. —No creas que no nos hemos dado cuenta. No has dormido en ningún momento y hoy es el tercer día que estás aquí. Necesitas descansar para la recuperación, de lo contrario, cuando intentes levantarte, te va a costar más de lo que debería. —No tengo sueño —él repite. Ella resopla y, a través de la pequeña abertura de la puerta, la veo cruzar la habitación con pasos firmes. Revisa la pantalla del monitor como si buscara la confirmación de algo que ya sabe. —Tu cuerpo está cansado… —suspira—. Hagamos algo: la doctora iba a darte el alta esta noche, pero hablaré con ella para que te deje ir antes. Pero prométeme que dormirás en tu casa, ¿sí? Él murmura algo demasiado bajo para que pueda oírlo, y ella no le responde. Antes de que la enfermera salga y me atrape espiando, empujo la puerta con el hombro y entro a la pequeña habitación. —Buenos días —canturreo, sonriendo en grande para él. —Te traje una limonada muy fría y sin azúcar, tal como la recomendó la doctora. —Dudo que ella la haya recomendado. —Me atrapaste, la entré de contrabando —me siento a su lado en la camilla mientras le paso la limonada. La enfermera nos guiña un ojo, lo que significa que nos guardará el secreto—. ¿Cómo estás hoy? —Se niega a dormir —es la enfermera quien me responde. Lo miro mientras saca la pajilla, luego la tapa del vaso plástico, y bebe directamente de él. Sonrío cuando me atrapa mirándolo. Hank parece sonrojarse un poco, tal vez por la prisa con la que lo sorprendí bebiendo la limonada, pero lo disimula limpiándose los labios con el dorso de la mano y dejando el vaso casi vacío a un lado. —Llevé a Cass a la escuela, y anoche volvió a quedarse a dormir en la casa grande con Rose —empiezo a ponerlo al día con lo ocurrido en su ausencia—. Beau está manejando bien el rancho, y ya se confirmó que la alerta de los Miller era falsa. ¡Estamos libres de pinkeye! Veo cómo esa noticia lo relaja visiblemente. —¿Y Becket? —No sabe absolutamente nada de lo que está pasando aquí. —Bien —él asiente. Creo que ninguno de los dos quiere que Becket y Lia arruinen su tiempo juntos por lo que pueda pasar en el rancho. Les costó mucho llegar hasta donde están, y es la primera vez en su vida que Becket está fuera de sus tierras. Estoy segura de que ambos podemos encargarnos de lo que pase aquí, incluso con su pierna jodida. La enfermera revisa un par de cosas más, le hace algunas preguntas y se marcha, dejándonos a solas. Lo miro con paciencia. ¿Cómo es que este hombre sigue despierto? Es la viva imagen del cansancio. Tiene los ojos rojos por la falta de sueño y sus ojeras son tan pronunciadas que no puedo evitar preocuparme. —¿Por qué te niegas a dormir? —Le pregunto. —Ya lo he dicho, no tengo sueño —suspira, como si estuviera cansado de repetir lo mismo, pero sé que está mintiendo. Es evidente que estar en esta posición vulnerable es una pesadilla para él. La incomodidad de estar en esa camilla, sin poder hacer mucho, salta a la vista. Pero dudo que esa sea la razón por la que se niega a dormir. Sé que hay algo más, pero es tan cerrado emocionalmente que no he logrado llegar al fondo de todo esto. Como ha hecho los últimos días cada vez que vengo a acompañarlo, enciende el televisor y pone algún documental de animales para matar el tiempo… y evitar hablar conmigo. —Escuché que te van a dar de alta —empiezo la conversación, hablando un poco fuerte para que se escuche sobre el ruido del televisor. —También lo escuché. —Estoy manejando tu camioneta —levanto las llaves para mostrárselas. Sus ojos brillan con un atisbo de diversión mientras me jacto de ello como si hubiera ganado algún juego. —Así que me quedaré para llevarte a casa, ¿bueno? —Puedes quedártela —dice de repente, minutos después, así que me cuesta entender a qué se refiere. —¿Cómo? —La camioneta —aclara—. Puedes quedártela. —¿Qué? —Yo no la voy a usar —señala su pierna—. Y Cass necesita que la recojan de la escuela… puedo pagarte por hacerlo. —No lo hice estos días esperando un pago. —Lo sé, pero me doy cuenta de que has perdido mucho tiempo en mis asuntos, lo que debe interferir con tus tantos trabajos… Necesitas el dinero, ¿no? Frunzo el ceño. Sí, necesito el dinero, pero no tiene que señalarlo cada vez que puede. —Hablaremos de eso después, cuando estemos fuera de este hospital y no me arresten por golpearte en ese cráneo. Él rueda los ojos, pero cede. La enfermera debe tomarse muy en serio la promesa que le hizo, o quizá le preocupa de verdad la falta de sueño de este hombre, porque no mucho después regresa anunciando que ya puede marcharse a casa. Hank se queja cuando empiezo a guardar sus cosas. Beau le trajo una mochila con ropa cómoda y sus objetos personales el primer día, así que me aseguro de que todo esté dentro. Cuando encuentro un bóxer, atrapándolo de lleno en mi mano, lo miro. Es curioso darme cuenta de lo tímido que puede ser, porque, de nuevo, sus mejillas se enrojecen y lucha por quitármelo de las manos. —Madura —le digo, evitando reír mientras lo meto en su bolsa. —Mocosa. —Yo no soy la que se sonroja por insignificante ropa interior. Su ceja se arquea con sugerencia, y puedo jurar que sé exactamente lo que pasa por su mente. "Dame tus bragas." Su voz se repite en mi mente como un eco, en un recuerdo que, sinceramente, poco pasa por mi cabeza. Creo que toda esa noche fue tan humillante, que bloqueé todo lo sucedido... incluso esa parte. Me aclaro la garganta. —Calcetines —los levanto, haciendo una mueca fingida de desagrado, como si olieran mal. No huelen mal, y solo ha estado usando uno, porque la férula que tiene en la pierna también cubre su pie izquierdo. —Jesús, había olvidado lo mocosa que puedes llegar a ser. Se estira para quitármelos de las manos, pero me muevo un paso hacia atrás y los guardo yo sola. —Por algo me llevo bien con tu hija. —No me lo recuerdes, juntas causan el apocalipsis. Me río al recordar cómo, años atrás, cuando Cass tenía tal vez siete años, dejamos la puerta de los cerditos abierta y el rancho se volvió un completo caos. Juro que Becket, Hank y los peones terminaron cubiertos de algo más que barro mientras intentaban meterlos de nuevo en el corral. Cass creció, ya no necesitó de una niñera y los demás trabajos ocuparon mi tiempo, pero juro que los momentos más divertidos de mi vida los he pasado con esa niña. —Por cierto, iba a traer a Cass después del almuerzo para que te visitara, pero supongo que ya no será necesario. —Gracias a Dios —creo que murmura. Es bastante obvia su desesperación por irse de aquí. Tal vez saber que está a punto de irse es lo que lo tiene de mejor humor, a pesar de la falta de sueño. A Cass le avisaron al día siguiente del accidente de Hank, cuando él ya estaba fuera de peligro y su situación era estable, así que no se lo tomó mal. Después de todo, no es grave… salvo por los meses que va a estar sin poder caminar. Veo la impotencia con la que Hank acepta la ayuda de los enfermeros cuando lo pasan a una silla de ruedas, y como él no parece prestar atención a las indicaciones que la dulce enfermera de antes le da sobre los medicamentos y la fisioterapia que debe seguir, soy yo quien escucha y se lo guarda todo. Ya afuera, frente a su camioneta, observo divertida cómo Hank se irrita cada vez más por la ayuda que necesita de los enfermeros para subir al asiento del copiloto. Una vez estoy detrás del volante, con su mochila en el asiento trasero, él me dice: —Por amor a Dios, Autumn, no digas nada. —No iba a decir nada —me quejo, encendiendo el motor. —Te puedo escuchar pensar… burlándote de mí. —¡No es cierto! —jadeo, pero pierdo la batalla contra la risa cuando una pequeña sonrisa se extiende por sus labios—. Es un poco divertido ver que tienen que alzarte. —Al menos no me tienes lástima. Y sus palabras parecen esconder más de lo que quiere dejar ver. —Nunca podría —lo digo muy en serio, así que me aseguro de mirarlo a los ojos cuando lo digo. Hank aparta la mirada y, con la mano fuera de la ventana, da un golpecito en el techo de la camioneta, indicándome que arranque. Así que eso hago. [...] Una vez llegamos al rancho, entre Beau y Clay —otro peón—, lo llevan directamente a su habitación. Meto la ropa de su mochila en la lavadora y la dejo funcionando antes de volver con él. Las muletas ya están a su lado, al alcance de la mano, junto a la cama, para cuando quiera ir al baño. Aseguró que sabía usarlas, y no es que tengan mucha ciencia, así que le creo. —Acuérdate de que debes mantener la pierna un poco elevada y no apoyarla ni ponerle peso por ninguna razón. La preocupación brilla en sus ojos, aunque no sé muy bien por qué. Rose y yo estaremos pendientes de él. La mujer mayor ya está preparando el almuerzo en la casa grande, y sé que, al igual que yo, estará viniendo a asegurarse de que no le falte nada. —Todo estará bien, ¿bueno? —le digo con voz suave. Él asiente, pero, una vez más, no dice nada. Es obvio que se siente impotente y vulnerable, así que, segura de que quiere un momento a solas, me dispongo a irme. —Autumn —me llama en el último segundo. Me giro a mirarlo, expectante. Quiero que confíe en mí, que me diga qué es lo que parece tenerlo tan inquieto, porque es evidente que algo lo está atormentando. —¿Sí? —Nada… —sacude la cabeza—. Nada. —¿Quieres que me quede? —Joder, no —su respuesta es tan cruda y definitiva que no deja espacio para la duda. Finjo que su brusquedad no me afecta y sonrío, levantando la mano en un gesto juguetón de despedida. —Más tarde nos vemos, vaquero. Cierro la puerta, solo para murmurar por lo bajo: —Hijo de puta. —¡Te escuché! —su voz ronca me llega desde el otro lado. —¡Bien! Enfurruñada, me dispongo a marcharme, pero entonces, a lo lejos, en los estantes de la cocina, lo veo: el café colombiano que tomaba Loretta cuando yo trabajaba aquí. ¿Todavía lo compra? Un malestar se instala en la boca de mi estómago, porque si lo guarda por nostalgia o por algún tipo de sentimiento cálido hacia Loretta, entonces este hombre es más idiota de lo que creía. De repente, enfadada, salgo de allí dando un portazo que resuena en la pequeña casita. [...] Después de visitar el olivo, voy a la casa grande, donde Rose me está esperando con varios recipientes tupperware. —¿Qué es esto? —le pregunto a la mujer mayor. —El almuerzo de Hank. —Pero tengo que ir a recoger a Cass —le recuerdo. —Beau ya fue por ella, la traerá a almorzar. —Pero… —También empaqué tu almuerzo… —pone los recipientes en mis manos; la expresión de su rostro es de puro estrés—. ¿Sabes la cantidad de peones que tengo que alimentar, Autumn? No me hagas perder tiempo aquí contigo. Vete, vete. —Mujer cascarrabias —le grito, y de mala gana me subo a la camioneta y regreso hacia donde está el amargado hombre de la pierna jodida. Sigo enfadada con él, porque si, por alguna razón, todavía siente algo por Loretta, lo juro que lo golpearé. Hay tantas mujeres ahí afuera dispuestas a hacerlo feliz… ¿por qué rayos seguiría perdiendo el tiempo con alguien como la bruja de su exesposa? Me pregunto si la antigua profesora de Cass sigue interesada en él… Cuando vuelvo a entrar por la puerta de su casa, todo está en un silencio perfecto. Sé que no debería sorprenderme; después de todo, debe estar dormido en su cama. Pero algo se siente… mal. —¿Hank? —pregunto, llamando su nombre. No responde, pero escucho un golpeteo que estoy segura proviene de su habitación. ¿Qué rayos? Dejo los tupperware sobre la mesa del comedor y avanzo con cuidado hacia el ruido. Abro la puerta despacio y me detengo ante lo que veo. Hank está girado hacia la mesa de noche más cercana, rebuscando en los cajones en una posición bastante incómoda. Me adelanto y voy hacia él, cayendo de rodillas mientras evito que el cajón de madera caiga al suelo. —¿Qué buscas? —¿Dónde está? ¿Dónde está? —repite una y otra vez, en una voz ronca y lenta, un poco difícil de entender—. ¿Dónde? Observo sus manos mientras busca con más desesperación, con movimientos bruscos, y cuando alzo la vista para mirarlo por fin a la cara, me sorprende lo que encuentro. Oh, mierda. Su mirada no está aquí. Sus ojos están vacíos. ¿Qué rayos está pasando? —Algodón blanco —murmura—. ¿Dónde está? Y cuando intenta ponerse de pie sin las muletas, como si hubiera olvidado que tiene la pierna jodida, lo empujo de vuelta hacia la cama. ¿ESTÁ LOCO? —Hank… —vuelve a intentar levantarse, así que lo empujo otra vez—. Hank, me estás asustando. Y entonces lo observo mejor. Sus ojos no están del todo abiertos, no. Están más bien entrecerrados, pesados… dormidos. Oh, maldita sea. Es sonámbulo. Por eso evitó dormir en el hospital… no quería que nadie lo supiera. ¿Qué hago? Estoy segura de que debe ser algo reciente, porque, por nada del mundo, Loretta mantendría esto en secreto; lo habría usado como arma para humillarlo más. —Hank… —susurro, un poco más cerca esta vez, como si eso fuera a traerlo de vuelta. Intenta moverse otra vez. Un gesto brusco y descoordinado. La sábana se enreda en su pierna inmovilizada y su respiración se vuelve pesada, casi frustrada. Empiezo a entrar en pánico, sin saber qué hacer, así que, cuando vuelve a intentar levantarse, lo único que se me ocurre para evitarlo es subirme sobre su regazo. Él me mira, aún vacío. —Hank… —susurro. Mi voz tiembla, con un sollozo atragantado en la garganta. —Algodón… blanco… ¿dónde está? —¿Qué? ¿De qué rayos me está hablando? ¿Qué carajos está buscando? Con dedos temblorosos, tomo su rostro con cuidado, intentando que me enfoque lo más posible. —Estás en casa —le recuerdo—. No tienes que ir a ningún lado, ¿me escuchas? —Autumn… —susurra, y por un momento pienso que despertó. Pero no… él no. —Sí —muevo mis pulgares por su mandíbula, dibujando patrones que buscan tranquilizarlo—. Aquí estoy... estás en casa, estás en casa, Hank. Él empieza a respirar con más normalidad. Sus manos toman mis caderas con más firmeza de la que alguien dormido debería tener, y temo que me aparte y vuelva a intentar levantarse. Dios mío, si se pone de pie, se va a joder la pierna otra vez. —Shh… —susurro, apoyando mi frente contra su quijada, mientras una lágrima escurridiza baja por mi mejilla y cae sobre su cuello—. Por favor, no te levantes… estoy aquí, ¿bueno? Su respiración, poco a poco, se iguala a la mía, y pronto todo lo que percibo es su aroma terroso y varonil. Cierro los ojos, bajando mis manos por su cuello, con los pulgares moviéndose suavemente a lo largo de su garganta, en las mismas tiernas caricias que utilizó para tranquilizarme cuando se cayó del caballo. —Estás en casa —le repito—. No tienes que buscar ningún otro lugar. Un suspiro satisfecho se le escapa y, con una lentitud que me roba el aliento, mientras mi corazón parece querer salirse del pecho, su mano derecha empieza a moverse por mi cuerpo. Trago saliva, mis dedos se quedan suspendidos sobre su cuello cuando su mano sigue moviéndose, bordeando mi cintura por un costado, hasta deslizarse directo hacia la pretina de mi short de jean. —Hank —suspiro. Sin un atisbo de duda, sus dedos sueltan el botón, baja la cremallera y desliza la mano dentro. Y él lo cambia todo. No toca mi v****a, no directamente, pero su mano se hace puño en la pequeña tela de mis bragas. Brinco cuando sus dedos rozan un poco mis labios, pero no encuentro la fuerza para alejarme. ¿Esto está pasándome de verdad? Levanto la frente de su quijada y alzo la mirada lentamente hacia él. Finalmente, sus ojos están cerrados y la comisura de su boca se eleva en una sonrisa más bien tierna. —¿Hank? —Pregunto, suavecito, llevando mis dedos hacia arriba, arriba, arriba... hasta que toco las comisuras de sus labios con mis pulgares. Un suave ronquido se le escapa. Me reiría si no estuviera poniendo mi mundo de cabeza. —¿Hank? —Repito, incapaz de moverme de mi posición, porque, ¿y si vuelve a intentar levantarse? Su mano se aprieta más en mis bragas y es inevitable que mi v****a descanse en su puño. Santa mierda. Suspiro, dejando caer de nuevo mi frente contra su quijada, inhalando nada más que su aroma mientras asimilo lo que acaba de pasar. Este hombre se durmió sosteniendo mis bragas.
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