2. ¿Quién está ahí para sostenerte, vaquero?

2715 Palabras
2. ¿Quién está ahí para sostenerte, vaquero? Autumn. Mis manos tiemblan ligeramente mientras estoy en la sala de espera. Y es que cuando Hank se desmayó, justo antes de que Beau llegara, vi su pierna. Entierro mi rostro entre mis manos, la histeria lleva una batalla por querer salir de mi cuerpo. Pero la he mantenido a raya, controlándola... controlándome. Su pierna era un desastre sangrante. El hueso sobresalía de su piel y... Me pongo de pie cuando Tessa Boone se acerca. —¿Está bien? — Le pregunto, pues fue ella la encargada de su cirugía. Ella se quita los guantes con calma antes de mirarme. No sonríe, pero tampoco hay alarma en su expresión. —Está fuera de peligro. Suelto el aire de golpe. —¿Y su pierna? —Hank tiene una fractura abierta de tibia. Fue una caída fuerte —explica—. El hueso rompió la piel, pero tuvimos suerte: no hay daño vascular importante. —¿Suerte? —pregunto, todavía temblando. —Dentro de lo que cabe, sí. Limpiamos la herida para evitar infección y estabilizamos el hueso con un clavo interno. No necesita fijadores externos. Asiento despacio, procesando cada palabra, pero también armándome de valor para hacer la pregunta más importante. —¿Va a volver a caminar? Tessa me mira con un brillo de diversión en sus ojos, como si mi pregunta fuera una exageración. Para otros, ese brillo pasaría desapercibido. Pero la conozco... yo todavía la conozco. —Sí. Pero no de inmediato —me explica. —Las primeras seis semanas no debe apoyar la pierna —continúa—. Va a necesitar muletas desde que despierte y bastante ayuda para moverse. —¿Y después? —Si todo evoluciona bien, empezará a apoyar poco a poco. La recuperación completa puede tomar entre tres y cuatro meses. Tal vez más para volver a montar. Aprieto los labios, y digo en voz alta un pensamiento que era sobretodo para mí misma. —A él no le va a gustar eso. —¿Lo conoces bien? —Su pregunta me toma desprevenida, pues hace mucho no tenemos la confianza para hacernos este tipo de cuestionamientos. Siento que me sonrojo, pero me aclaro la garganta y evito responderle. —¿Ya puedo pasar a verlo? —Claro —Tessa se sacude, como si estuviera volviendo a la realidad. —Va a estar adolorido... y probablemente de muy mal humor. Genial. Recojo mi cabello en una alta coleta mientras inhalo una profunda respiración. ¿Por qué carajos estoy nerviosa? Me he enfrentado a este hombre en sus peores momentos. Cuando recién se enteró que no era el padre biológico de Cass, me sacó a media noche de mi casa —gracias a Dios mi abuelita no se despertó— y me obligó a estar a su lado mientras se pegaba la borrachera de su vida. ¿Hank ha sido grosero conmigo después de nuestro desagradable momento años atrás? Sí, pero no cruel. Al menos, no desde entonces. Así que, ¿por qué me siento tan nerviosa? Cuando Tessa me da las indicaciones para ir a su habitación, veo a Cole venir por el pasillo. Maldigo por lo bajo. El rancho de la familia Dawson dirige la operación de algodón mas grande del estado. Sé que Robert le ha estado cediendo gradualmente el control del rancho a Cole, así que guardaba la esperanza de no encontrármelo de nuevo hoy. Pero, por supuesto, si hay algo indiscutible e inamovible en la vida de Cole, es su amor por Tessa. Ella debe estar terminando su turno, así que él debe estar aquí para recogerla. El amor de ellos fue algo que vi florecer desde que eramos unos niños. Lo que me dejó en una mala posición cuando el amorío de mi mamá con Robert explotó. Tessa tuvo que elegir un bando… y no fue el mío. Y lo entiendo. Su lealtad siempre ha estado con Cole. No le guardo rencor por eso. Pero aprendí la lección: ese es el precio de haber sido siempre la tercera en la dinámica de nuestra amistad. Extrañamente, nunca me sentí excluida. Estaba unida a ambos, de formas distintas, pero igual de profundas. Sin embargo, cuando llegó la tormenta, esta vez sí quedé fuera. Sin querer discutir más hoy —ya tuve suficiente como para una semana—, ignoro la presencia de Cole, incluso cuando siento que me mira de pies a cabeza, como si se estuviera asegurando de que estoy completa. Aún no es tu día de suerte, amigo. Alcanzo a escuchar que le pregunta a Tessa qué hago aquí, pero no me detengo; sigo caminando en dirección a la habitación de Hank. Ni siquiera me molesto en tocar. Entro justo cuando una enfermera parece haber terminado de administrarle algo por la intravenosa. Hank me mira por un instante con sus penetrantes ojos verdes, hoy más oscuros que nunca, antes de cerrarlos. Me abstengo de rodar los ojos. Hoy nada será fácil, ¿no es cierto? —Tampoco es un buen día para mí —le advierto. Su risita áspera me hace poner rígida en el lugar. —¿Qué haces aquí? —Su voz es ronca, mas áspera que su estúpida risa. Me muevo hacia su suero intravenoso y le doy un golpecito al gotero, mirándolo de cerca. —Mi buena obra del día —digo lo más casual que puedo, cuando en realidad quiero arrullarme en el suelo y echarme a llorar. Todo el día de hoy ha sido... demasiado. Los encuentros con Tessa y Cole no han hecho más que recordarme todo lo que he perdido, y el accidente de Hank me tiene tan nerviosa que salto ante cualquier sonido fuerte. —¿En dónde está Beau, Autumn? —Tuvo que volver. Con la alerta roja que hay con el ganado de los Miller, no se puede tomar mucho tiempo lejos de... —Maldición —gruñe, frustrado. —¡Pero hay buenas noticias! —canturreo, sentándome despacio a su lado. —Volverás a caminar dentro de tres o... cuatro meses. Mi voz se va apagando a medida que su mirada se va oscureciendo. —¿Estás jodiendo conmigo? Frunzo el ceño, alisando con cuidado una arruga de la cobija de su camilla. Me está culpando, ¿no es cierto? Porque, por supuesto, es mi culpa. Si lo hubiera escuchado, habría aminorado la velocidad del caballo y él no habría tenido que saltar para salvarme… y ahora no estaríamos aquí, con su pierna en ese estado. —¿Y mi hija? —Rose me llamó —empiezo—, ya volvió de la escuela. No le han dicho lo que pasó porque no quisieron asustarla, así que Cassidy piensa que estás fuera por algún asunto ganadero... ¿Quieres que la llame? —Claro que no. —Oye... —me aclaro la garganta, luchando por sacar las palabras —. Gracias por salvarme y lo lamento por... —Ahorratelo. Asiento, comprendiendo. —¿Necesitas ayuda en algo? —Me pongo de pie y lo encaro. Sus ojos están de nuevo cerrados, y apuesto a que está haciendo lo posible por ignorar mi presencia, pero simplemente yo no soy capaz de marcharme. ¿Cómo podría? —¿Necesitas que te ayude con la almohada? ¿Quieres que te eleve un poco más la pierna? ¿Agua? —empiezo a servirle un vaso de la jarra que tiene al lado, pero cuando ni siquiera mueve un músculo que indique que me escuchó, termino bebiéndomelo yo—. ¿Más analgésicos? Cuando sigue sin responder, capto la indirecta y tomo asiento en el mueble a su lado. Me froto las piernas de ida y vuelta, mirándolo mientras finge que no existo. Me trae recuerdos de esos primeros días incómodos después de esa humillante noche. Por supuesto, seguí siendo la niñera de Cass; él tenía razón y yo necesitaba el dinero, pero Hank me ignoraba todo lo que podía. Justo como ahora. Y eso sólo puede significar una cosa: está enojadísimo conmigo. Cuando pasan los minutos y él sigue sin abrir los ojos, el peso del día empieza a pasarme factura, así que aprovecho su falta de palabras, ya que no me hablará para prohibirme hacerlo, y me acerco de tal forma que puedo apoyar mi rostro en un costado de su camilla. La cabeza me palpita, así que busco el lugar más acolchado y me prometo que solo descansaré cinco minutos. Solo cinco minutos. Siento que una escurridiza lágrima se desliza por la esquina de mi ojo, así que sorbo y volteo, escondiéndome un poco. Asegurándome de que él no me vea ni se percate, lloro un poquito por el día de hoy... y me duermo. [...] Cuando me despierto, estoy más acolchada de lo que recuerdo. Muevo la mejilla, buscando acomodo, pero entonces caigo en cuenta de dónde estoy. Me enderezo como un resorte, provocando que la suave tela que tenía sobre los hombros se deslice hasta el pequeño mueble donde sigo sentada. Parpadeo, confundida, mirando la almohada sobre la que estaba apoyada, preguntándome de dónde diablos salió. Entonces lo miro a él… y lo entiendo. Hank está recostado rígidamente en la camilla, sin nada bajo la cabeza, en una posición claramente incómoda. ¿Cómo demonios…? Cuando tomo la almohada para devolvérsela, él hace una mueca de dolor, y es entonces cuando me doy cuenta: es tan grande que parte de ella estaba apoyada sobre la férula de su pierna lesionada. Joder. —¿Estás loco? —jadeo, colocándole la almohada detrás de la cabeza, donde debió estar desde el principio. Hank vuelve a tensarse, otra mueca cruzándole el rostro, pero no dice nada. Paso la mano por mi rostro, limpiando los mechones que tocan mi frente. Son tantos, que, cuando levanto mi otra mano para ayudarme, unos dedos mucho más grandes, más cayosos, detienen los míos. Me quedo inmóvil, mirándolo muda porque... ¿Qué está haciendo? ¿Tan mal le afectó la caída? Hank parece comprender lo que está haciendo, porque antes de que pueda tocar mi cabello, lo que supongo iba a hacer, aparta su mano con la misma mueca de dolor que llevaba hace unos segundos. —Tus rizos... —¿Mis rizos? —Repito, sin saber de qué habla. —Ya no son rizos... Lo miro, confusa, intentando entender esta conversación sin sentido. —Ahora son ondas —susurro, creyendo que se refiere a eso. Hace mucho aprendí a controlar mi cabello y ya no lo llevo tan rebelde como años atrás. Él asiente una sola vez, de forma brusca y tal vez distante. Aprovecho la cercanía para observarlo mejor. Está claro que él no ha tenido noches de sueño completo, y la palidez de sus labios debe ser consecuencia de la cirugía, lo que le da un aspecto más demacrado. Sin embargo, sigue siendo el hombre más guapo que he conocido en mi vida. Para la edad que tiene, su cabello n***o, más bien liso, no muestra ni un rastro de canas. Tiene un aire rebelde, pero increíblemente masculino, sobre todo por lo ligeramente largo que lo lleva. Su piel, de tono oliváceo, habla de años de trabajo duro bajo el sol, y el músculo de su mandíbula, oculto bajo la barba, le da un aspecto rudo… siempre tenso. Al menos en mi presencia, como si se estuviera conteniendo. De estrangularme, probablemente. Sin embargo, sus ojos… sus ojos son lo más enigmático que he visto en mi vida. Son de un verde tan particular que podría reconocerlos entre un millón de tonos similares. Un anillo verde oscuro rodea un esmeralda casi puro y, bajo la luz del sol… resplandecen. Y esos mismo ojos son los que me están mirando ahora. Es tan difícil entender a este hombre que apenas habla con palabras, si no es para discutir… porque podría jurar que sus ojos me dicen algo. Pero hace mucho corté la sinfonía que creí que compartíamos. Así que ahora, cuando lo miro, aunque lo intente, ya no puedo leerlo. Hace tiempo aprendí a obligarme a que no me importe lo que sus ojos dicen. Cuando sus labios se abren, contengo la respiración, esperando por lo que va a decir, pero la puerta se abre y un característico cabello rubio y ojos azules cortan de raíz la extraña tensión entre nosotros. Supongo que los chismes en este pueblo viajan rápido. —Sunshine —susurro, sonriendo hacia Wells cuando viene hacia mí. Sin darme tiempo de asimilarlo, me envuelve en sus brazos, y yo sonrío, soltando un poco del peso del día al quedar rodeada de su calidez. —¿Estás bien? —me pregunta. Asiento contra su hombro, abriendo los ojos —sin saber en qué momento los había cerrado—, solo para encontrarme con los tormentosos de Hank observándonos en silencio. Cuando Wells finalmente me suelta para tomarme el rostro entre sus manos, Hank aparta la mirada. Yo también la aparto de Hank y le sonrío a Wells, intentando tranquilizarlo. —¿Estás bien? —repite. —Bien —tomo sus manos, les doy un apretón y las suelto. Luego señalo a Hank—. Hank me… salvó. Las palabras suenan extrañas en mi boca, pero eso fue lo que hizo, ¿no? Wells sisea cuando ve la pierna de Hank. La incomodidad se instala bajo mi piel, así que me quedo en silencio mientras, sobre todo, Wells habla con Hank, intentando sacarle alguna palabra al hombre malhumorado sobre lo sucedido. Me he fijado que todo el pueblo, desde lo sucedido con Loretta, ha tratado a Hank con tacto, incluso con lástima o compasión, lo que lo ha hecho encerrarse un poco más en su de por si, ya duro caparazón. No es grosero, ni brusco, pero deja claro que no quiere hablar, así que pronto Wells lo entiende y no presiona por más conversación. Mi plan era quedarme a pasar la noche con él, y sospecho que Hank lo sabe, pero... ¿como rayos lo hago cuando Wells vino a recogerme? Al final, creo que es lo mejor. No quiero que Hank piense que estoy utilizando este incidente para acercarme a él, Dios no quiera que crea que voy a intentar seducirlo, así que asiento cuando Wells me dice que me llevará a casa, pues un peón del rancho Callahan ha traído su camioneta hasta el hospital. —Oye —le digo a Hank, sonriendo. Él parpadea hacia mí, lento, luego me clava su mirada como si fuéramos los únicos en el lugar. —Vendré mañana, ¿bueno? —No es necesario. —Vendré —insisto, rechinando los dientes ante su terquedad —. Enviaré a una enfermera para que te aplique más analgésicos para el dolor. Tomo la manta del mueble y lo cubro con un movimiento rápido, aunque no lo suficiente como para evitar que nuestros dedos se rocen cuando él intenta quitármela para hacerlo por sí mismo. Retrocedo un paso, apretando y soltando el puño para disipar la sensación, y le regalo una última sonrisa. —Hasta mañana, vaquero. Con un leve vaivén de la mano, me doy la vuelta y alcanzo a Wells, que me espera en la puerta. Mientras subimos a la camioneta, dice: —Estar cerca de él es difícil. —¿A qué te refieres? —Los problemas con su exesposa han sido la comidilla del pueblo durante años. Durante su matrimonio, todos sabían que Loretta, a quien de verdad quería, era a Becket… y ahora, lo de la paternidad de Cassidy… Es difícil todo lo que pasó, pero más difícil aún que todo el pueblo lo sepa. —La gente debería meterse en sus propios asuntos. —Lo sé, pero no sé qué decir cuando estoy frente a él… cuando ambos sabemos que sé lo jodida que ha estado su vida en los últimos años. —Hank es más que los problemas que ha tenido con Loretta —le digo, quizá con un poco más de enojo del que pretendía—. Los chismes del pueblo no lo definen. —Lo sé… Dice algo más, pero dejo de escucharlo. Estoy demasiado ocupada pensando en lo duro que ha sido todo para Hank últimamente. Y una sola pregunta me acompaña el resto de la noche: ¿Quién está ahí para sostenerte, vaquero?
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