1. Limones dulces.
|PRESENTE|
Ocho años después.
Autumn.
—¿Qué te parece este pug anal?
Esa es la pregunta con la que mi abuela me saluda cuando me siento esa mañana a desayunar.
La miro mientras le unto mermelada a mi tostada.
—No lo sé, nana, ¿crees que es lo suficientemente grande para ti?
—Pues nunca me he metido nada en el trasero.
—Bueno, yo tampoco, pero... — miro el dicho aparato en su mano. —Está un poco pequeño.
—¿Sí? — sus labios se fruncen. Luce pensativa.
—¿Te lo envió Silas?
—Se lo pedí.
—¿Para qué? —inquiero.
—¿Para qué crees?
Muerdo mi tostada, reprimiendo la carcajada que quiere escapar debido a su picardía.
Mi abuela es una descarada que consiguió novio en Dallas gracias a su obsesión con f*******:. El hombre, mayor, pensionado y viviendo en una residencia geriátrica de la ciudad, no ha dejado de escribirle mensajes ni hacer videollamadas desde hace casi dos años.
Pero nunca había sido tan atrevido como para enviarle, por correo, un juguete s****l como regalo.
—No te puedes meter eso en el trasero.
—¿Por qué no?
—Porque me quiero ahorrar la ida a urgencias cuando se te quede atascado.
Su ceño se frunce aún más, pero deja el aparato a un lado, la vieja cascarrabias.
—Qué aguafiestas.
—No puedo creer que se estén enviando esas cosas por correspondencia, por Dios.
—Pues yo le envié unas bragas mías, usadas y…
—¡Por Dios, abuela! —la detengo, porque no quiero seguir escuchando.
—Autumn, soy una mujer de setenta y cinco años con necesidades. Silas es mi novio, es completamente normal que mostremos nuestro amor de esta forma.
—Nana…
—Tal vez, si te consiguieras un novio, dejarías de escandalizarte por la vida s****l más activa de tu querida abuela. Porque esto de que yo tenga más acción que tú, a pesar de que Silas viva a kilómetros de distancia, es realmente preocupante. ¿Segura de que no tienes telarañas ahí abajo?
—Y es momento de irme —me inclino hacia ella para besar su sien—. Por favor, no hagas picardías demasiado extremas con ese novio tuyo mientras no estoy. Lo último que necesitamos es un vergonzoso viaje a urgencias.
Ella empieza a replicar algo, seguramente ingenioso, pero no me quedo a escucharlo. Me cuelgo el bolso al hombro y salgo de allí casi huyendo.
El calor hoy es insoportable, lo suficiente como para recalentar el motor de mi destartalada camioneta, así que no me queda otra que ir caminando hasta el centro del pueblo.
Mis ahorros siguen creciendo poco a poco. Los múltiples trabajos que he tenido en los últimos meses han logrado levantar esos números que antes rozaban el cero… pero aún no es suficiente como para darme el lujo de comprar un auto nuevo.
Como paso las mañanas en la veterinaria de Wells, es hacia allí donde me dirijo primero. Él ya está en su consultorio cuando llego, y su sonrisa aparece en cuanto me ve.
—Buenos días, Sunshine — le digo, inclinándome para besar su mejilla.
Wells engancha un dedo en mi collar de caracoles y me detiene antes de que pueda alejarme. Mi mirada cae en su boca justo cuando una sonrisa traviesa asoma en sus labios.
—No tan rápido — mira sobre mi hombro a recepción, en donde Lucy aún no ha llegado. —Estamos solos.
—Ya hablamos de esto.
—¿Es así?
—Wells —le digo con suavidad, mirándolo a los ojos. No quiero herirlo. Y tal vez es mi culpa que él no haya aceptado el cierre entre nosotros; después de todo, siempre termino volviendo a su cama. Pero, en mi defensa, sabe muy bien cómo usar sus encantos, y es demasiado fácil caer en la familiaridad y la calidez de su cariño en los días en los que me siento más sola.
Sus ojos bajan a mi boca y, por un segundo, estoy a punto de ceder otra vez… pero entonces ambos escuchamos a Lucy entrar. Es suficiente para hacerme reaccionar.
Retrocedo un paso y sonrío ampliamente mientras saludo a la descarada mujer mayor.
—¿Dormiste bien? —le pregunto, tomando el café que me tiende.
—Mi marido me tuvo despierta toda la noche, y no precisamente por la forma en que me gustaría. Se indigestó y estuvo vomitando hasta las cuatro de la mañana.
—Oh, ¿es grave?
—No, cariño, son solo las consecuencias de comer como si no hubiera mañana.
Wells y yo nos reímos. Ella sigue quejándose de los excesos de su marido mientras, al mismo tiempo, le entrega a Wells la agenda del día.
Me muevo por el consultorio mientras los escucho, deteniéndome a mirar, embelesada, los diplomas y las fotografías familiares que llenan el lugar. Siempre me ha gustado verlas, escuchar las historias de su vida en la ciudad. Wells es de Houston, pero llegó hace cinco años a Silver Ridge. Con él, mi vida se volvió más sencilla.
Al principio fue un escándalo que el veterinario guapo y bien preparado del pueblo se relacionara con la paria del lugar, pero poco a poco, su cercanía conmigo suavizó la forma en que el pueblo siempre me ha tratado. Claro, todavía hay pequeños incidentes aquí y allá, pero las cosas no han ido tan mal.
—Autumn, después de darle de comer a los animales, ¿podrías llevar suplementos y vitaminas para el ganado del rancho Callahan? —me pregunta Wells.
—Claro —susurro distraídamente mientras veo su fotografía en el día de su grado.
—Parece que el ganado de los Miller tiene pinkeye, así que estaré toda la tarde atendiendo a sus vacas. Llamé a Hank para ponerlo en alerta, pero nunca me contestó. ¿Podrías ponerlo al tanto de la situación? Espero que los suplementos y las vitaminas ayuden a prevenir que su ganado se contagie.
—Iré tan pronto pueda a decirle —le prometo.
—¿Crees prudente que llame a Becket para informarle? Después de todo, es su rancho.
Becket Callahan está en Japón con Lia —su novia y mi mejor amiga— y dejó a Hank a cargo del rancho. El drama familiar que Hank está enfrentando, después de enterarse de que Cassidy no es su hija biológica, debe estar volviéndolo loco. No quiero ser precisamente la persona que le lleve malas noticias sobre el ganado de los Miller, pero llamar a Becket no es una opción. Él y Lia deben estar en plena reconciliación; no voy a arruinar eso por algo que Hank puede manejar solo. Después de todo, sus vacas no se han contagiado.
—No llames a Becket, estoy segura de que Hank puede encargarse —le digo a Wells, sonriendo con una dulzura casi sospechosa.
Él entrecierra los ojos, consciente de que estoy exagerando solo para convencerlo.
—Pero tan pronto una sola vaca se contagie, lo llamo.
—Sí, señor —le digo, un tanto burlesca.
Él sacude la cabeza y vuelve a lo suyo. Yo, por mi parte, me encargo de los animales en observación, alimentándolos según la dieta establecida. No me toma más de una hora. Cuando termino, recojo las vitaminas y los suplementos para el rancho Callahan y me dispongo a irme.
—¡Espera! —Wells me detiene cuando estoy a punto de cruzar la puerta.
—¿Sí?
Lo observo acercarse con las llaves de su camioneta en la mano.
—Llévate mi camioneta —me dice.
—Wells… —empiezo a negarme.
—Sé que no debiste traer la tuya, no con este clima.
—¿Y en qué vas a ir al rancho de los Miller?
—Earl Miller vendrá por mí.
—Pero…
Me corta colocando las llaves en mi mano. De reojo, veo a Lucy fingiendo que no está escuchando.
Vuelvo a mirarlo cuando me da un apretón suave en los dedos.
—Anda —dice, antes de girarse y volver a su consultorio.
Sería tan fácil enamorarme de él. Creo que la Autumn Skye de antes del gran escándalo de mi madre lo habría hecho sin remedio. Pero esta Autumn Skye, emocionalmente atrofiada y con mil cargas encima, no tiene espacio para el amor. No cuando tengo claro que mi vida no continuará en Silver Ridge. Y lo último que quiero es dejar su corazón roto cuando me marche.
Me despido de Lucy y salgo a la calle, donde la camioneta de Wells me espera. Desactivo la alarma justo cuando una risita burlona me hace girarme.
Tenso el rostro al verlos.
Robert y Cole Dawson se acercan. Robert luce incómodo; en cambio, su hijo lleva esa sonrisita burlona que desearía, con todas mis fuerzas, poder odiar.
—¿La camioneta es un cambio por tus servicios? —pregunta Cole, sin tacto. No es que alguna vez lo haya tenido.
—Solo un aumento en la tarifa —respondo, haciendo girar las llaves con falso orgullo.
Los ojos de Cole se oscurecen con rabia, y yo sonrío. Aprendí hace mucho que mostrarme débil es darles exactamente lo que quieren, incluso cuando sonreír es lo último que me nace en momentos como este.
—Eres basura —murmura lo suficientemente alto para que yo, y unos cuantos transeúntes más, lo escuchemos. Luego sigue su camino, como si no soportara un segundo más en mi presencia.
Parpadeo cuando un recuerdo me golpea de lleno, como un destello que me arrastra a tiempos más simples, mucho más felices, cuando los secretos de mi madre aún no habían destrozado lo que tenía con Cole.
Pero nunca fuimos solo amigos, ¿verdad? En el fondo, siempre lo supe. Y tal vez él también.
La diferencia es que ese mismo secreto a él le da razones para odiarme… mientras que a mí me vuelve incapaz de hacerlo.
Y eso es lo que más duele.
Robert Dawson se acerca con pasos vacilantes, y entonces hace una pregunta que, sinceramente, me llena de ira.
—¿Necesitas dinero?
Echo la cabeza hacia atrás y lo miro con toda la rabia que tengo guardada para él.
—Atrévete a preguntármelo una segunda vez.
Él suspira, el rostro desencajado, como si el peso de todos sus errores siguiera pasándole factura.
—Solo intento ayudarte. Aunque no lo quieras, sigues siendo…
—Cállate —gruño por lo bajo, asegurándome de que nadie esté escuchando. Cuando confirmo que estamos solos, continúo—. Mi madre y tú ya arruinaron a suficiente gente, ¿no crees? Y eso que solo han salido a la luz la mitad de sus esqueletos.
—Solo intento arreglar un poco este desastre.
¿Arreglarlo?
—Llegas veintisiete años tarde —es lo último que digo antes de subirme a la camioneta.
Cuando arranco, paso por el lado de Cole, que se ha quedado detenido en medio de la acera mirándome. Nuestras miradas se persiguen hasta que ya no nos queda más opción que separarnos, e intento sostener la suya con el mismo odio con el que él me mira.
Pero, en cuanto deja de ser necesario fingir, parpadeo rápido para contener las lágrimas.
Entonces, por el espejo retrovisor, veo por primera vez en años algo más que odio en su rostro, justo cuando cree que no lo estoy mirando.
Tal vez es mi estúpida mente engañándome. Tal vez solo estoy viendo lo que quiero ver. Pero la forma en que su expresión se suaviza, derritiéndose en lo que solo puede ser tristeza… no puede ser solo mi imaginación.
Llevo una mano al pecho, intentando controlar el sollozo que se me queda atascado en la garganta.
Está bien, le digo en mi mente.
Te prometo que me iré, Cole.
Y entonces tu madre y tú finalmente estarán a salvo.
[...]
Cuando llego al rancho Callahan, Beau es al primero que veo cuando estaciono.
—Hoy viniste temprano —me dice con su característica sonrisa coqueta.
—Vine a traer unos recados de Wells.
—Le diré a Rose que te prepare el almuerzo.
El joven peón se va antes de que pueda negarme.
Vengo casi todos los días. Uno de los tantos trabajos que tengo es cuidar el olivo que sembré con las cenizas de Lucas, el hermano de Becket.
Es una sorpresa para Lia. Ella no sabe que fue Becket quien me lo pidió, pero él quiere que, cuando regresen, el árbol ya esté fuerte y hermoso. Y ese es mi trabajo.
La vida les jugó raro. Lia es la viuda de Lucas y, aunque a Becket le costó aceptar que se enamoró de la esposa de su difunto hermano, al final todo terminó encajando.
Ahora, el hombre que nunca había salido de estas tierras está en Japón, acompañando a su novia en el curso que está haciendo.
La extraño.
Lia fue como un rayo de luz en mi vida. Ajena al drama del pueblo, cálida incluso en su introversión, y sin preocuparse nunca por el peso que arrastraba mi pasado.
Hace años, cuando aún era demasiado ingenua, creí que Hank también era así. Fue la primera persona que me mostró un poco de amabilidad en medio de todo el odio que me rodeaba.
Cuando se supo que mi madre era la amante de Robert Dawson, uno de los hombres más ricos y respetados del pueblo, mi mundo se vino abajo como un castillo de naipes. La esposa de Robert, al descubrir la aventura de su marido, cayó en el alcohol, y eso solo empeoró la ola de odio que cayó sobre nosotras. En la escuela nadie quería tenerme cerca, y fuera de ella, apenas si nos vendían víveres en los supermercados. Sobrevivimos como pudimos… hasta que mi madre se cansó y se fue, a Dios sabe dónde.
A los catorce ya cargaba con todo eso. A los dieciocho, cuando Hank me contrató como niñera de Cass y me trató con un poco de amabilidad, me deslumbré.
Y cometí el peor error de mi vida.
Mirando atrás, creo que estaba tan necesitada de amor que confundí su compasión con interés. Lo cierto es que solo era una niña enamorada de un hombre prohibido, porque, aunque su matrimonio fuera un fiasco, él ya estaba tomado.
Y lo único que me queda de esa experiencia es la vergüenza de haber sentido algo que nunca debí sentir.
Cuando lo veo acercarse, con el sombrero protegiendo su piel olivácea del sol, lo saludo con un movimiento de la mano. Su cabello n***o está más largo y desordenado de lo normal, lo suficiente para esconderlo detrás de las orejas. Su barba también está descuidada; es un desastre. Sigue siendo condenadamente atractivo, pero su divorcio y la reciente verdad sobre la paternidad de Cassidy definitivamente le han pasado factura.
—Llegaste temprano —me dice, deteniéndose frente a mí.
—Wells me envió con suplementos y vitaminas para el ganado — le explico—. Parece que el rancho Miller tiene brote de pinkeye.
—Maldición —gruñe, desviando su mirada esmeralda mientras se limpia el sudor de la frente con una mano.
—El rancho no está a los alrededores, no hay que preocuparse antes de tiempo —le digo, entregándole los suplementos.
Él los recibe, pero mirándome de una forma que me dan ganas de darle un puñetazo.
—¿Desde cuándo sabes de ganado? —Y su pregunta está llena de condescendencia.
Hank no es un imbécil con nadie… excepto conmigo.
Desde ese incidente innombrable entre nosotros, me odia. Y eso no hace más que empeorar la vergüenza y la humillación que arrastro por lo que pasó.
Me enamoré de él… y terminé directo en su lista negra. Encabezándola.
Ni siquiera creo que deteste tanto a Loretta como me detesta a mí. Y eso ya es decir mucho. Esa mujer le hizo creer que se acostaron juntos cuando aún era novia de Becket, su mejor amigo en ese entonces. No conozco toda la historia, solo sé que Hank cayó en las garras de Loretta… y que ha criado a Cassidy como si fuera su hija, cuando en realidad no lo es.
La verdad devastó a Hank, y Cass tampoco se lo tomó bien. Ella lo ama demasiado, y su reacción fue rechazar a Becket, su verdadero padre y a quien ha querido como a un tío desde que nació. Fue ella misma quien pidió espacio y tiempo, lo que le dio a Becket la oportunidad de irse con Lia a Japón, aunque ya ha venido dos veces a verla.
Hank, en cambio, se quedó aquí. Cargando con todo.
Así que intento ser paciente... cuando en realidad quiero mandarlo a la mierda.
—¿Y Cassidy? —Le pregunto por su hija de trece años, sobretodo para evitar soltar palabras que tengo atoradas en la lengua.
—Estudiando, lo sabes —dice, mirando de mala gana la camioneta detrás de mí. —¿Viniste con Wells?
—No —y sonrío con todos mis dientes.
Él señala la camioneta detrás mío, exigiendo una explicación.
Me hago la desentendida, mirando a los alrededores.
Hasta que él suelta:
—¿Por qué su camioneta está aquí si él no vino?
—Porque me la prestó.
Asiente, desviando nuevamente la mirada con un movimiento más bien brusco.
Me pregunto si él piensa de mí lo mismo que Cole. No me extrañaría.
—¿Y tu auto?
Su pregunta me sorprende, pero no la respondo, porque, sinceramente, eso a él no le importa.
—¿Puedo tomar un caballo? Me gustaría ir a ver el olivo antes del almuerzo, así me voy más temprano a casa.
No espero su respuesta; ya sé dónde están las caballerizas. Pero cuando lo siento venir detrás de mí, me giro un segundo para mirarlo.
—¿Por qué rayos me sigue? —murmuro, más para mí que para él.
—Hubo avistamientos de serpientes en esa zona. Es mejor que te acompañe.
—¿Beau no está libre? —grito por encima del hombro, marcando el paso con más fuerza en mis botas.
No responde. Se detiene con un peón, le entrega las vitaminas y los suplementos, y se queda dándole indicaciones. Para cuando estoy ensillando un caballo, ya me ha alcanzado.
—Puedo ir sola —le digo, concentrada en ajustar la cincha.
—¿Y luego cargar con tu muerte en mi conciencia?
—¿Por qué eres tan imbécil?
—¿Necesito una razón para serlo?
Lo fulmino con la mirada. Él solo me devuelve una expresión aburrida… casi agotada.
Resoplo, monto y hago que el caballo avance al trote hacia el olivo. Puedo sentir a Hank siguiéndome de cerca en su propio caballo, pero no me volteo.
Sinceramente, puedo entender que su mundo se haya puesto patas arriba después de lo sucedido con Cass, pero eso no significa que voy a convertirme en su saco de boxeo.
Durante los últimos años he tenido que lidiar con su hostilidad, y no voy a negar que se la devuelvo. Pero es difícil mantenerle el ritmo cuando sé que está sufriendo.
Aun así, por más que intento mantener las cosas en paz, él parece empeñado en discutir conmigo, como si ganara algo con sacarme de quicio.
¿Se estará volviendo loco?
—¡Baja la velocidad! —Me grita.
—¿Y someterme a más tiempo en tu presencia? ¡Gracias, pero no!
—Se trata de tu seguridad, cabeza de chorlito.
Detesto tanto que me llame así, que bien podría prenderle fuego a su sombrero con mi mirada.
—¡Mira al frente, carajo, Autumn!
Clavo los talones contra los costados del caballo y él responde al instante, pasando del trote a un galope que sacude todo mi cuerpo. Me inclino hacia adelante, aflojando un poco las riendas, dejándole espacio para que corra.
El viento me golpea el rostro, lavando un poco la ira que el hombre detrás de mí despierta.
—¡Autumn, detente! —El grito de Hank está lleno de horror, incluso pánico.
El caballo se tensa de golpe bajo mí. No alcanzo a ver nada al principio, solo siento el cambio brusco en su cuerpo, cómo se pone rígido, cómo frena en seco con un resoplido nervioso. Entonces la veo: una serpiente deslizándose por el camino.
—Mierda.
El caballo se encabrita, levantando las patas delanteras, y el mundo se me viene encima. Pierdo el equilibrio, las riendas se me escapan de las manos y mi cuerpo se inclina hacia atrás.
Voy a caer.
Lo juro que veo mi vida pasando frente a mis ojos.
Unos brazos me atrapan en el aire con fuerza, cortando la caída en seco. El impacto llega un segundo después, pero no es contra la tierra, sino contra Hank.
Caemos juntos.
El golpe le roba el aire en un sonido ahogado cuando su espalda choca contra el suelo, y escucho un chasquido que me pone la piel de gallina. Termino encima de él, con el corazón desbocado y las manos aferradas a su camisa.
Por un instante, todo se queda en silencio.
Entonces mi corazón reanuda su ritmo, loco, descontrolado, a punto de salirse del pecho.
¿Cómo rayos llegó tan rápido a mi?
Apoyo la frente en su pecho y, como un ruido lejano, escucho a alguien gritar mi nombre.
—¿Autumn? —la voz de Hank suena desesperada contra mi oído—. Autumn, joder, dime que estás bien.
Respiro con dificultad sobre él, en exhalaciones temblorosas que parecen demasiado grandes para mi cuerpo. Mis manos se aferran temblorosas a sus hombros mientras él sigue llamando mi nombre en mi oreja.
—Autumn, por favor...
Niego con mi frente apoyada en su fuerte pecho. Sus manos suben desesperadas por mi espalda, como si se estuviera asegurando de que estoy completa. Suben y bajan, hasta que se escabullen por mi nuca, hacia los costados de mi cuello. Sus pulgares acarician mi piel, invitándome a levantar el rostro para mirarlo.
—Autumn, mírame... — sus pulgares se mueven una vez más por la extensión de mi cuello, subiendo, subiendo, hasta que levanta mi quijada.
El verde esmeralda de sus ojos está salvaje, lleno de terror.
—¿Estás bien? —Insiste, pero mi voz se niega a salir. —Háblame, ¿por favor? —hay un quiebre inconfundible en su voz.
—Estoy... —empiezo.
—Aut, por favor... —mira mis labios cuando los abro, intentando soltar más palabras. —Háblame, te lo pido.
Sus pulgares vuelven a bajar por mi cuello, presionando, acariciando, insistiendo...
—¡Estoy bien! —Grito, golpeando mis manos contra su pecho para impulsarme hacia atrás y así romper nuestro contacto. Sus manos caen de mi cuello, y él se queda allí, en el suelo, mirándome con un dolor profundo en los ojos.
Al principio, la confusión me hace pensar que ese dolor es por haberme apartado tan bruscamente de su íntimo contacto… pero entonces me detengo a mirarlo mejor.
—No te asustes... — empieza.
Una risa histérica se me escapa.
—No me dices eso y esperas que no me asuste... ¡¿estás loco?!
Intento apartarme más, dispuesta a revisar su cuerpo para asegurarme de que esté bien, pero antes de que pueda hacerlo, su brazo se mueve y su mano vuelve a sujetar un lado de mi cuello, impidiéndomelo.
—¿Hank? —mi voz tiembla.
—Llama a Beau —dice, apretando los dientes mientras el sudor empieza a perlar su frente.
—¿Hank? —repito.
Su agarre se afianza cuando intento mirar de nuevo.
—No mires —murmura—. Solo mírame a mí, ¿de acuerdo? Solo a mis ojos.
Una de sus manos desaparece más allá de su cintura, y de vez en cuando suelta pequeños gruñidos hasta que finalmente me pasa su teléfono.
—Llama a Beau —repite, mientras su pulgar vuelve a deslizarse por mi cuello, concentrado en ese punto—. Dile que estoy casi seguro de que me jodí la pierna.
Mis ojos se abren con horror y un grito lleno de miedo se me escapa.
—Shhh —traga saliva, manteniéndome pegada a su mirada, prisionera, evitando que mire a otro lugar—. Mírame… ojos en mí, amor.
No sé cómo rayos consigo hacer la llamada, pero cuando cuelgo, los ojos de Hank son lo único que he visto y lo único que me ha mantenido cuerda en el lugar.
—Sigues oliendo a limones dulces.
Dios mío, ya empezó a delirar.
¿Cuánto tardará Beau en llegar?
—¿Te duele? —pregunto, y de inmediato me sacudo—. ¡Qué pregunta tan estúpida! Por supuesto que le duele, Autumn, ¡por Dios!
Escucho una risita ronca, casi oxidada, salir de él. Su mano en mi cuello empieza a aflojarse, y pienso que quizá también se golpeó la cabeza.
Lentamente, llevo mis dedos hacia su cráneo sin apartar mis ojos de los suyos, tanteando su cuero cabelludo en busca de heridas. Él cierra los ojos, inclinándose hacia mi tacto hasta que su nariz roza el interior de mi brazo.
¿Se estará desmayando?
—Odio que uses su camioneta.
Es lo último que dice, justo antes de que Beau llegue.